LA NOVIA DEL MAR

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

 

Por: (Yoxi)

 

La gente del puerto estaba alarmada, pues Marimar se empeñaba en permanecer en un montículo de rocas a orillas de la playa mirando al mar, desoyendo súplicas y regaños de amigas y familiares.

Un día los mayores del puerto, sabiendo que se acercaba una fuerte tormenta, ordenaron el cese a la navegación y el fondeo de embarcaciones en puerto de abrigo, así como llevar a todas las personas de las áreas de más riesgo a los alberges, ante la inminente llegada de un huracán.

El mar, antes plácido y amigo, asustaba ahora con sus encrespadas olas, y las andanadas de fuerte viento y lluvia no se dejaron esperar; pero Marimar permanecía ahí, impávida, absorta en sus pensamientos mirando a la distancia.

Todo comenzó el día que conoció a Delfino, un apuesto marinero que, como muchos, llegó al puerto de Campeche en un barco de carga que comerciaba mercancías de ultramar y tocaba puerto cada seis meses.

Él descendió de la embarcación, era su primera vez tocando puerto en América. Franco por la tarde y noche, se aventuró en la zona de hoteles y bares, donde los marinos suelen encontrar compañía femenina, bebida y diversión durante la estancia del barco en el puerto, para después partir con rumbo desconocido y tal vez no volver jamás.

Marimar era una joven muy bella que, desoyendo las advertencias de no acercarse a estos sitios, considerados peligrosos para las muchachas, por las tardes, llena de gracia y candor, pasaba luciendo sus encantos, causando la envidia de las mujeres y la admiración de los hombres, que disfrutaban al verla pasar camino del mar.

Fue como un sueño, Delfino caminaba despistado y de repente la vio venir, era como una aparición fuera de este mundo. Se encontraron frente a frente y la atracción fue mutua e inmediata, una fuerza irresistible les atrajo el uno al otro.

Ella se sonrojó al sentir aquella sensación desconocida hasta entonces y él, también muy joven, sin remedio se acercó a ella. El miedo al rechazo hizo su trabajo y le mantuvo silente por unos momentos que les parecieron eternos a ambos.

Finalmente él le habló y quedó extasiado con la respuesta de tímida aceptación de la muchacha. Después de un corto periodo de frases inconexas y miradas inquisitivas, comenzaron a caminar junto al mar lado a lado y, sin saber en qué momento, sus manos también se tomaron.

El temor inicial se fue tornando en una dulce aceptación y sus almas quedaron fundidas desde ese momento hasta la eternidad.

Los días pasaron rápido y finalmente se encontraron despidiéndose en el muelle del puerto, antes de que zarpara el barco. Él le prometió volver, y ella esperarlo por seis largos meses.

Desde ese día Marimar salía diariamente de su casa a caminar por la costa hasta un montículo de piedras negras donde se sentaba a mirar el mar y el horizonte, esperando la aparición del barco de su amado, llena de ilusión.

Pasaron meses y pasaron dos años y del barco y de Delfino ni sus luces, sin embargo Marimar llevaba a cabo su ritual de esperanza sin fallar un solo día.

Ese día cuando el temporal se acercaba no fue la excepción; no obstante las advertencias y avisos de alerta a la población, ignorándolo todo salió y se sentó en su puesto de vigía sobre las rocas. Fueron inútiles todos los gritos y señas que le hacían a la distancia para que volviera.

Las olas iban aumentando de tamaño, el viento y el agua le volaban el pelo y le pegaban la ropa al cuerpo. De repente, sola como estaba, observó una especie de borbotones que se formaban en el agua frente a ella.

Fue entonces cuando vio salir lentamente del agua a un inmenso ser antropomorfo, llevaba el torso desnudo y lucía una melena y barba crecidas, donde tenía pegadas ostras y otros pequeños moluscos. En su mano derecha empuñaba un enorme tridente de bronce bruñido, ella quedó inmóvil ante tal aparición pero no se movió de su sitio.

El enorme ser se le quedó viendo extrañado por su actitud y en un momento sus miradas se encontraron. El levantó una ceja y le habló con fuerte voz, que sonaba con la fuerza del mar.

–¡Muchacha lárgate de aquí, te estoy advirtiendo! ¡Tu vida corre peligro! ¿Por qué no te das cuenta?

–No me voy a ir, espero a mi amado, él prometió volver.

–El no volverá jamás, su barco se hundió y murió ahogado, si no te vas ahora no sobrevivirás. ¡Esta es mi última advertencia!

–No me importa, no me iré de aquí hasta que él vuelva por mí.

–Su barco ya es mío, yace ahora en mi reino, en el fondo del mar.

–No es cierto, él prometió volver y volverá.

Neptuno gruñe amenazante, ve en los ojos de la muchacha que está loca de amor, inclina la cabeza y la mueve en desaprobación. Levanta el trinche amenazante.

En eso aparecen docenas de hermosas sirenas que nadan a su alrededor y cantando a voces le suplican:

–¡No señor, no! ¡Ella está enamorada, merece una canción de amor, una oportunidad de vivir!

–¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? ¿Por qué? –exclamó Neptuno.

Baja el tridente y entre gruñidos se va sumergiendo lentamente, entre borbotones de agua hasta desaparecer. Las sirenas que nadan a su alrededor ríen y cantan a coro “Es el amor, sí, es el amor” y desaparecen también bajo el mar.

El temporal empeora, el viento y la lluvia arrecian y las olas se vuelven enormes, de repente se forma una inmensa ola como de tsunami que se acerca amenazante hacia la costa. Ella la ve venir y siente entonces un intenso temor, como un vacío en el estómago. La ola la alcanza, entra en tierra y revienta con terrible estruendo sobre unas casas de la costa, destruyéndolas y cubriéndolo todo, y al regresar nuevamente al mar, se ven ahora sólo las negras rocas vacías. Marimar ya no está ahí, se la ha llevado el mar.

Unas horas antes, el barco donde viajaba Delfino navegaba en el Golfo de México rumbo a Campeche, cuando fue sorprendido por el temporal, que lo zarandeó como si fuera una cáscara de nuez entre las inmensas olas.

La tripulación, asustada, recibió la orden de alijar la carga. Los marineros se acercaron a los contenedores y cortaron las sogas que los sujetaban y al escorar el barco, la carga se deslizó y cayó al mar.

Delfino, que se encontraba descuidado en el lado opuesto de la nave, es arrastrado por la carga y también cae al mar. El barco pierde el timón y cambia su posición de romper olas de frente, quedando de lado a merced del fuerte oleaje.

Una enorme ola le golpea de lado, el barco escora peligrosamente y es golpeado entonces por otra ola mayor, que finalmente entre espumas lo voltea, quedando sólo la quilla al descubierto sobre el mar, un rato más tarde se levanta la proa y entre borbotones el barco se hunde en el mar.

Delfino ve el naufragio a corta distancia y queda helado, mientras se aferra a una tarima de madera que flota a la deriva locamente agitada por la fiereza del mar. Las fuerzas le empiezan a faltar, siente que pronto va a morir y su vida empieza a pasar en su mente como una película a toda velocidad.

De repente se detiene en un remanso de paz, es el recuerdo de su amada Marimar y de su promesa de volver. Siente que no se puede resignar a su destino, siente que el pecho le va a estallar del deseo de verla otra vez.

Es entonces que Stela Maris, la deidad que protege a los marinos, conociendo la grandeza del amor del joven por Marimar, envía un enorme pez para que se lo trague y lo lleve a su morada al fondo del mar.

Delfino ve salir del mar el enorme animal y entra en pánico, el pez sin más, de un coletazo lo lanza por los aires y lo recibe directamente en las enormes fauces, se lo traga y se hunde en el mar profundo.

Ya muy abajo hay calma. El pez llega a una cueva desde donde sale una extraña luz y lo vomita arrojándolo dentro. Cae al suelo marino dentro y se incorpora.

Se encuentra frente a una mujer bellísima, vestida como reina, con cetro, joyas y una corona que es la fuente de aquella luz. Ella entonces le habla.

–Delfino, marino, hombre de fe y amor, he escuchado tus ruegos y sé de tu promesa y del gran amor que profesas por Marimar y te voy a conceder el deseo de tu corazón, estarás con ella muy pronto. He enviado a mi corte de sirenas para que intercedan por ella ante Neptuno, el dios de los mares, y él me permita la gracia para que ella se vuelva como una de ellas y se reúna contigo.

–No sé qué me está pasando Señora, no me siento bien, me parece que estoy muerto, no siento mi respiración, no sé qué pensar ni qué hacer…

–No te preocupes, yo soy la patrona y protectora de los marinos, por causa de tu gran amor he pensado cómo ayudarte para que te encuentres con Marimar y tengo un plan, si quieres volver a estar con ella.

–Sí Señora mía, de mil amores, lo deseo más que mi propia vida y usted lo sabe.

–Muy bien, me alegro de escucharte decirlo, tu vida junto a ella será tan bienaventurada aquí en el mar como lo hubiera sido en la tierra, para ello te convertirás en un hermoso delfín blanco, te encontrarás con ella, que estará bajo la forma de una bella sirena, y serán muy felices.

–Que así sea. ¿Qué debo hacer?

–Sólo espera, enseguida te daré la vida marina en la forma de un delfín, y Tritón, mi servidor, que te trajo a mí, te mostrará el camino para encontrarte con Marimar, no lejos de aquí, en el océano.

La diosa levantó su cetro y le apuntó a Delfino, pronunció unas palabras y un rayo de luz azul salió de éste. Se escuchó como una apagada explosión que entre burbujas de colores transformó a Delfino en delfín. La diosa le indicó entonces con su mano la salida y Delfino nadó fuera hasta encontrarse con Tritón, que con una cómplice sonrisa que mostraba sus afilados dientes y moviendo una aleta le indicó seguirle, y se fueron juntos nadando bajo el mar.

Marimar después de desaparecer de la orilla, fue arrastrada y revolcada por la inmensa ola mar adentro, sintió que le faltaba el aire, luchó inútilmente por salir a la superficie a respirar y, entre estertores provocados por la asfixia, quedó finalmente inmóvil con los ojos abiertos.

“Estoy muerta”, pensó cuando se vio rodeada por decenas de sirenas que salieron de las sombras y sonrientes le rodearon y una de ellas, la líder del grupo, le habló.

–Hola Marimar, sabemos que esperas a Delfino, y la fuerza de tu amor ha movido a misericordia a Stela Maris, nuestra ama y señora. Ha intercedido ante Neptuno, Señor de los mares, para que te vuelvas a reunir con Delfino y vivas feliz con él aquí, en este reino del mar. Para eso tendrás que llegar a ser como una de nosotras. Rápido, tómate de nuestras manos y cuando lo sientas canta con nosotras, para que la transformación de vida marina tenga lugar.

Hicieron un círculo con doce de ellas tomadas de las manos con Marimar y con las demás a su alrededor empezaron a cantar todas a coro, el canto de la vida en el mar.

Marimar sintió como un estremecimiento, que su vista se cerraba en un hoyo blanco y sólo alcanzaba a escuchar las voces de las sirenas como a lo lejos. De repente, sintió algo y empezó a cantar con ellas, sintió como una descarga eléctrica y una andanada de burbujas de colores salieron debajo de ella, su vista volvió y quedó convertida en sirena.

Todas rieron alegremente y se la llevaron nadando y jugando al encuentro con Delfino.

Llegaron a un lugar como un jardín submarino, lleno de peces de colores, de corales y plantas hermosas que contrastaban con los alrededores mucho más sobrios. Había en el centro como un tanque de luz, como un campo de fuerza al que las sirenas no entraron, pero le pidieron a Marimar que ella sí lo hiciera.

Al entrar fue transformada en un parpadeo en la Marimar humana. Le pidieron entonces esperar sentada en una banca de roca que ahí se encontraba, frente a una fuente.

Ella miraba azorada lo que sucedía, la belleza del lugar y así esperó pacientemente como solía hacerlo.

Por el otro lado, Delfino llegaba nadando en su nueva forma de delfín, acompañado con el gran pez. Al acercarse al sitio divisó a la distancia a Marimar sentada esperándole, su corazón dio un vuelco.

“¿Y ahora qué voy a hacer?”, pensó. El gran pez escuchó su pensamiento y telepáticamente le dijo:

–No temas, entra al círculo de luz donde ella se encuentra y verás qué pasa.

Delfino se acercó medroso sin saber qué pensar. Tenía la forma de un delfín y ella se veía humana, pero como su amor era más fuerte, tomó impulso, cruzó la pared luminosa y entró en el círculo. Al instante se transformó en el Delfino humano como había sido en tierra. Ella cuando lo vio aparecer dio un salto de sorpresa, se miraron y él se le acercó.

Fue como un sueño, ella era como una aparición fuera de este mundo. Se encontraron frente a frente y la atracción nuevamente fue mutua e inmediata. Una fuerza irresistible les arrojó el uno al otro y se abrazaron. Ella se sonrojó al sentir aquella cercanía, esa singular sensación de seguridad. Se dieron un beso y se fueron caminando cogidos de la mano.

Al salir del círculo de fuerza, retomaron la forma marina, ella una hermosa sirena y él un apuesto delfín. Y se fueron nadando y retozando disfrutando de la vida, las sirenas aplaudieron y se fueron cantando.

Arriba en la superficie, al cesar la tempestad, el puerto volvía a la normalidad, la gente comentaba con tristeza la desaparición de Marimar.

Un viejo pescador, conocedor de los secretos del lugar, les dijo que si ella se hubiera ahogado, su cuerpo aparecería tres días después en una playa cercana, donde las corrientes solían llevar los cadáveres de los desaparecidos, y así fue. Al tercer día apareció como predicho un cadáver femenino, verde, sin pelo, mordisqueado por los peces e hinchado sobre la playa señalada. Recogieron el cuerpo, que también mostraba golpes y lesiones múltiples, probablemente sufridas al golpear en las piedras.

Sus familiares reconocieron el cuerpo y con la asistencia de todo el pueblo, entre cantos religiosos y lamentos de plañideras, en procesión solemne escoltaron el féretro hasta el panteón del lugar, donde le dieron cristiana sepultura.

Así se creó la leyenda de la novia del mar, cuya efigie de bronce aún mira al mar y al horizonte, esperando divisar el barco donde regresará su amado, algún día.

 

FIN

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