EL AMOR MATERNAL NO OLVIDA

 

 

Por Luis Chay Chuil

 

Mientras la brisa matinal brinda su frescura y juega con el cabello, te saludo después de todo este tiempo que no ha sido fácil sobrellevar, y junto tu tumba, a la que mamá en su día ha querido venir como parte del Día de la Madre.

El dolor embarga nuestro corazón, pero gracias por las cosas buenas que dejaste. Hemos procurado disimular y sobrellevar el vacío interior y dolor que nos acompañará mientras dure nuestra estadía en este espacio terrenal.

Viene a mi mente el 31 de agosto de 1984, cuando mochila al hombro y una maleta café que papá usó cuando fue a trabajar un tiempo a la ahora llamada Ciudad de México, salí de casa en pos de un sueño que anhelaba en ese entonces, pero que a fin de cuentas no concreté y hasta ahora no comprendo la razón y quizá nunca sabré si fue o no la mejor decisión.

Esa partida trajo a cambio vernos sólo algunos fines de semana, hasta que se fue prolongando el alejamiento, pero no rompió el lazo familiar; lo asimilé, pues el motivo valía la pena, así que batallaba con la nostalgia.

Implicó no estar cuando los abuelos paternos y uno materno fueron arropados por el sueño de la paz; tampoco me enteré de tu noviazgo y sólo pude asistir a tu boda. A tu primera hija la conocí cuando tenía meses. De los cuatro hermanitos restantes no sabía nada más que sus nombres, no por egoísmo, sino porque el rol de actividades y labor en varias poblaciones no daban lugar.

A pesar de la distancia era contigo con quien tenía más contacto, aunque las diferencias que desde pequeños teníamos muchas veces salían a flote; a fin de cuentas se nos pasaba, como cualquier berrinche de infancia. Lo importante es que jamás nos guardamos rencor y siempre y hasta el día de tu partida estuvimos bien portados, en paz, como en los mejores momentos.

Es grato traer a la memoria cuando desde niños íbamos a los plantíos de henequén muy de mañana, ya sea a pie o por momentos en el lomo de “Bayo”, como se llamaba el caballo del abuelo. Recuerdo a Beto o “Cochino”, nuestro primo que iba con nosotros y quien, por cierto, una vez cayó del caballo y se “raspó” el pómulo.

Todo el camino de regreso se la pasó llorando, pero disimulando para que el “abue” no se enterara, pero cuando llegó a casa, en lugar de una caricia de consolación su mamá le cayó a fajazos, que para que dejara de llorar… ¡plop!

Lamentablemente un día se fue a pescar y no volvió, perdió la batalla contra la inmensidad del mar.

Después ya nos “modernizamos” un poco y pedaleábamos todas las mañanas para ir a chapear, tú solo, y yo con papá en la parrilla de una de las dos bicicletas de segunda mano que nos habían comprado.

Recuerdo una vez cuando miré para atrás ya estabas “reposando” entre la maleza fuera del camino… ¡no me río, sólo me acuerdo… jeje!

Reconozco y admiro tu fortaleza hasta en tus últimos momentos, pero no supero mi frustración e impotencia de no poder hacer algo para que superaras esos momentos; ni siquiera mi supuesta fe venía en mi auxilio para hacer menos difícil esa situación, nada más permanecí contigo, no sé si sirvió, pero ahí estuve.

¿Dónde está Dios? era la idea que embargaba mi mente en esos momentos hasta tu partida y sin poder decir ¡no nos dejes, resiste, vas a mejorar! o alguna otra palabra de aliento, todo fue tan repentino.

Eso me trajo hasta este lugar donde ahora platicamos, aunque sea en circunstancias diferentes: uno desde el mundo desconocido en el que estás y de aquí, donde aún tenemos que batallar con las dificultades cotidianas.

Acostumbraba escribir cartas para amigos o personas anónimas que creaba con la imaginación, a pesar de eso nunca remití alguna para ti, pero como el alma y el espacio no saben de distancia y de tiempo o cualquiera de esas formas tan complicadas que usamos para relacionarnos, aquí te envío ésta para que leas y conserves en la eternidad de la cual ya gozas.

Estas lías van para ti, para pedirte que aunque no era lo deseado ni lo esperaba tan pronto, descansa, estate sin pendiente, que aunque físicamente no nos veamos, siempre estaremos juntos, porque en el corazón de quienes te queremos nunca te has marchado y permanecerás hasta que todos volvamos a estar juntos.

“Si hubieras estado aquí, mi hermano no se hubiera ido”, reza un pasaje bíblico. A eso Jesús respondió: “Muchas cosas inquietan tu corazón, pero sólo una es esencial…” Tú ya estás en ese grupo que ha llegado a ese lugar en el que cada quien recibe su recompensa, pues el justo juez que dirige la mirada a ese sitio no desampara a nadie.

Saber que estás en paz nos alegrará a quienes somos tu familia, pero más al autor de estos párrafos que no supo ser el hermano que deseabas desde que éramos pequeños; no estoy seguro si lo intenté con ahínco, pero mi meta era que conforme lograra las cosas te echaría la mano para salir poco a poco de la situación que vivíamos, desafortunadamente aún te quedo a deber y cuando cierro la puerta y en la soledad de mi habitación, las lágrimas no pocas veces me traicionan. Hasta luego hermanito, un abrazo permanente que supere toda distancia y permanezca en la eternidad.

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