SOBRE EL ASFALTO [Ana Leticia Menéndez Molina]

 

foto analeti

La noche del pasado 30 de abril fue luna llena, llamada rosa; se veía espectacular desde cualquier punto. Me sentía emocionado por tan maravillosa luna, brillante y muy grande, realmente hermosa, pero me pasaron cosas extrañas. No creo en fantasmas ni en ánimas, sin embargo, pude sentir una fuerza sobrenatural en mi entorno, en mí mismo. Salí varias veces a la puerta de la oficina para admirarla, y sentía su poder sobre mí.

Serían como las 18:30 horas, terminaba de mi jornada laboral en un despacho de abogados, regresaba a mi hogar en mi moto Vento de 150 cc, a una velocidad 80 kilómetros.

El viento se sentía en mi cuerpo, así como el poder de la luna, aunque uso traje de propano y casco. Al pasar la curva que me lleva hasta mi hogar, me eclipsé con la luna, me hipnotizó, la velocidad subió sin sentir y me fui casi como volando a otro mundo, al inframundo o me atrevo a decir que entré al infinito.

No sé cómo explicar que estaba en otro lado, siempre en mi moto, pero sentía que volaba, podía ver a mucha gente, incluso me veía a mí mismo, escuchaba unos sonidos que no puedo explicar, sentía el poder de la luna, su brillo dominaba el espacio, era rosa, un tono que nunca había visto.

Después de un rato pude ver a mis padres. Mi madre, como todas las madres, se preocupaba y me gritaba:

–¡Cúbrete hace frío!

Y yo, como insensato a los 20 años, le aceleraba más y recorría por los cielos el universo. Escuchaba mi nombre y sentía como si alguien viajara conmigo, pero veía por los retrovisores y no había a nadie, sólo sentía su peso.

Sentía  mucho frío, hablaba en lenguas, y decía muchas palabras que nunca había dicho. En ese momento me respondió una joven súper delgada y guapa, con pelo largo, pero entrecano:

–Bienvenido, estaciona tu moto y puedes pasar a buscar tu lugar.

–Disculpe dama, ¿en qué colonia estamos? No identifico este lugar, es muy brilloso y tiene un magnetismo que me da escalofríos.

–¿Nunca habías estado en el cielo?

–¿En el cielo? No –le respondí. ¿Acaso estoy muerto? –le pregunté.

Y ella, con una dulce sonrisa movió su cabeza dándome un sí.

Confieso que sentí miedo. Un viento frío nuevamente me envolvió. Vi cómo mis familiares se juntaban, hablaban de mí y lloraban.

Yo, sin aliento, queriendo levantarme, pero sin poder moverme, sentía como si no tuviera voluntad.

Estaba aterrado, los labios me temblaban, escuchaba claramente el chillar de mis dientes.

Una señora muy elegante, con un vestido largo, de color negro, con bordados multicolores, un sombrero de ala, y que escuché le llamaran Catrina, me explicaba mi estancia en este lugar. Yo no podía verme, pero ya no sentía nada.

Después de un rato me di cuenta que estaba muerto, pero yo no podía morir, no en este momento, todavía tengo muchas cosas por hacer.

Justo iba a ver qué necesitaba mi madre, y me esperaba Jazmín para ir al cine.

–¡No puedo morir! ¡Noooo!

Y me acerqué a la señora Catrina y ella me sonrió. Le dije que era yo un asistente en un despacho de abogados, que me diera chance, que tenía proyectos por concluir, que apenas empezaba mi relación con Jazmín, que era muy feliz y que le podía ser más útil abajo que ahí arriba.

Ella muy risueña me dijo:

–¿Cuánto tiempo necesitas?

–Mucho, necesito mucho tiempo. Y la Catrina me pidió algo a cambio.

Yo sólo recuerdo que le di algo. Algo, pero no recuerdo qué.

En ese momento me sentí muy golpeado, con dolores por todo el cuerpo, y estaba tirado sobre el asfalto, con la moto casi sobre mi pierna derecha. No podía incorporarme. Después de un rato escuché a un señor decir:

–¡Ya está respirando! ¡Se mueveeeeee!

Era yo que regresaba del más allá. Al abrir nuevamente los ojos, sólo miraba la luna que sentía que me veía.

Como pude me levanté. Recuerdo que sacudí mi ropa, recogí mi casco y volví al camino. Evitaba ver a la luna, pues sentía que me dominaba, y estaba muy pero muy nervioso.

Al llegar a casa, bajé rápido y entré bruscamente gritando para que supieran que había llegado, pero todos lloraban.

–¡No lloren! ¡Estoy vivo!

Y al acercarme, era mi madre quien había fallecido.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s