RELATOS SENCILLOS (Por: José Salatiel Tec Pool)

FOTO OFIC SALATIEL

 

“EL RETORNO”

Ayer se cumplieron dos años de que las fiebres se marcharon. Y Catalina Cocom, quien no perdió a ninguno de sus hijos por las enfermedades, ya que su único hijo -según dijo- se lo había llevado el pájaro que se lleva el alma de los niños, lo recuerda bien.

Pero también lo recuerda bien el hijo de Matías Chacón, el último en sanar de aquellas fiebres que vinieron con la última lluvia de granizo, y que guarda el pañuelo entre sus cosas más preciadas.

Ambos perdieron a sus padres cuando en un intento por encontrar al joven profeta, se internaron en la selva junto con veinte peones de la hacienda. Todos volvieron, menos ellos.

Los peones que volvieron dijeron que posiblemente murieron tragados por una och-can gigante que vive en una cueva oscura en medio de la selva. Otros dijeron que murieron devorados por un tigrillo alado que recorre los árboles del monte, y que posiblemente el joven profeta había muerto por lo mismo, ya que no pudieron encontrarlo…

Toda búsqueda fue infructuosa. Todo intento fue fallido. No se supo más de él desde aquel día en que había llevado el origen de las fiebres hasta el fondo de la selva.

Desde entonces los indios caminan cabizbajos. Hay dolor en sus miradas. Sus palabras se dicen en voz baja. Caminan como hijos sin padre. Como ovejas sin pastor. De cuando en cuando dirigen la mirada hacia el camino que conduce a la salida de la hacienda. No dicen nada.

Pero tienen en el corazón la llama inextinguible de verlo aparecer cualquier día de estos como si no se hubiera ido nunca.

Amanece suavemente en la tierra de Nochén. Las oscuras cortinas de la noche se deslizan al poniente. Las pequeñas golondrinas atraviesan con su vuelo zigzagueante las sábanas de bruma, y se dirigen por el rumbo que conduce a la salida de la hacienda. Luego retornan con sus cantos como si quisieran decirle algo a sus moradores, para luego  alejarse de nuevo por el mismo rumbo por el que vinieron.

Entonces, en medio de la niebla, el sol ha hecho un tramo amarillento por donde el joven profeta camina como saliendo del viento, como si estuviera hecho de espuma y borbotones de nube. Camina como saboreando cada paso.

Cuando los indios lo ven, aun de lejos, lo reconocen con el corazón. Y corren a encontrarlo transidos de alegría. Chicos y grandes se congregan en dos filas para verlo pasar. Cuando se acerca a ellos. El joven profeta les extiende las manos y va tocando con ellas a cada uno de ellos. Hay en sus manos como huellas de ceniza. Como cicatrices de un incendio.

Nadie le pregunta en dónde había estado. Sólo lo hacen en su entendimiento. Pero todos se fijan en sus ojos, hay en ellos como hebras de niebla que se diluyen con el aire. Los mira y les sonríe. Y como entendiendo sus preguntas que no salieron de sus bocas, mira hacia el cielo, y de este modo les responde con el corazón.

Entonces repletos de alegría, entienden el porqué está con ellos. Entienden que ha salido de su incendio para volver con ellos…

Él ha vuelto ¡La paz ha regresado!

Nochén se duerme suavemente como un recién nacido repleto de fragancias. Y un olor a limonarias va cayendo tiernamente sobre las casas de los peones.

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