NO COMPRE A COPPEL, VENDE CARO (Por: Raúl R. Dzul Paredes)

FOTO OFIC DE RAUL DZUL

 

Quien crea que hay una posibilidad de que el candidato del PRI, Mead, decline en favor de Anaya, puede sentarse a esperarlo porque tal cosa no va a suceder. Lo que sí puede suceder y ha sucedido es que ciertos grupos del PRI, militantes o usufructuarios de su poder, lo abandonen y según sus fobias y miedos, entiéndase temor a perder sus privilegios y/o negocios, opten por el abanderado panista.

Y ciertamente, bajo el argumento del voto útil, cierto sector de la sociedad decide reorientar su intención de voto inicial en favor de un candidato-partido suficientemente fuerte para impedir el triunfo de otro candidato-partido que le es altamente desagradable.

Ello sucede normalmente sin la promoción o el deliberado auspicio del partido o los partidos que se perciben seguros perdedores de la contienda electoral. Sin declinación de por medio, suele bastar la convocatoria de los partidos que pelean con posibilidades de triunfo.

Lo que es anormal, pero igual ha sucedido (testimonio de un ex dirigente nacional del PRI y documentos filtrados) es que durante el proceso, e incluso el día de las elecciones, grupos y dirigentes con capacidad para negociar acuerdos extraordinarios inducen un porcentaje significativo de su votación en beneficio de un candidato o partido que no es al que supuestamente le deben lealtad y disciplina.

El ascenso y llegada de Felipe Calderón a Los Pinos no se puede explicar si no es con la ayuda de los cinco puntos porcentuales que el PRI le cedió al PAN para que con lo justo, 0.37 por ciento, cantara el “haiga sido como haiga sido” con que acompañó su ascenso a la primera magistratura de nuestro país.

Priístas y panistas que fueron testigos presenciales de dicho evento lo han relatado con cifras exactas y los valores de cambio de este episodio (Humberto Moreira en un arranque embarró a Calderón con este dato y por supuesto las llamadas que circularon por las redes, en las que la maestra Elba Esther Gordillo “invitaba” a gobernadores priístas para operar la traición).

Por eso es fuerte la especie que aunque gane AMLO no pasará. Probablemente por lo mismo, durante el debate, el propio Anaya, preocupado, le espeta a López Obrador su posible acuerdo con la “mafia del poder” para dejarlo llegar.

La pregunta lógica que muchos se hacen es: ¿Le es imposible a AMLO alcanzar la Presidencia de la República sin la venia de eso que él mismo llama “la mafia del poder”?

Podemos suponer que todo es posible y la condición principal que se maneja es que el triunfo de AMLO se eleve por encima de los 5 puntos porcentuales respecto al segundo lugar.

Debe haber cuestiones estadísticas, entre otros, el requisito de empate técnico al final de la capaña, que hiciera creible un corrimiento de uno u otro lado y que algunos lo ubican entre más o menos un 1.5 por ciento y otros lo incrementan hasta el 2.5 por ciento.

Claro, tampoco es lo mismo trampear menos del 5 por ciento de las actas que un volumen por encima de esas cifras.

Sin embargo hay otras cuestiones igual de importantes que dificultan la respuesta rápida y precisa a los empresarios de la élite que llaman a una definición más ortodoxa, que es la declinación de Meade en favor de Anaya: el PRI es un partido donde conviven ciertamente los beneficiarios del poder pero también políticos tradicionales y/o convencidos de que su partido representa los ideales de la Revolución, desde el nacionalismo hasta la justicia social. Digámoslo de manera sencilla: Priístas de hueso colorado. Estos y ya rota la disciplina interna no se sentaran a escuchar  pacientemente lo que los ricos empresarios les dicten desde sus obvios intereses: que ahora tendrán que apoyar al candidato de Acción Nacional, desde siempre sus adversarios ideológicos y políticos.

Porque adicionalmente hay una condición delicada que en los anteriores procesos no prevalecían ni con mucho: Históricamente el PRI  está en su punto más bajo de aceptación. De tal forma que inducir a su base a votar por el PAN equivaldría a un haraquiri. Si las encuestas más serias le otorgan un 18 por ciento, mocharse con un 5 o 10 por ciento, según se requiriera en favor de Anaya, lo podría dejar como un partido marginal. Es decir, una auténtica estrategia de pierde-pierde.

Auto-reconstruirse, como cuando perdió la primera vez, no sería nada fácil. Con menos gubernaturas, menos diputados y senadores y menos regidores, podría meterlos en un camino de no retorno. Es un asunto de supervivencia.

Por eso los priístas deben pensar antes de comprarle al empresario Enrique Coppel su urgencia de definirse por un candidato entre Meade y Anaya. Para él, y es un ejemplo, es lo mismo si al final sus intereses prevalecen. Para el priísmo no. En lo personal me atrevería a decir que ni siquiera para México. Es debatible, pero sería en otro momento.

Por cualquier cosa, no sobra advertir, que no le compren a Coppel. Vende caro, es usurero y nos quiere ver la cara.

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