LA ÚLTIMA CUMBIA (Por: Yoxi)

 

FOTO OFICIAL 2 DE YOXI

Fidel llegó caminando con dificultad, como si fuera un anciano, aunque sólo tenía 46 años; calzaba unos zapatones muy viejos sin agujetas, rotos, raspados y aplastados del talón.

Su rostro de tez clara manchado de hollín revelaba semanas sin bañarse ni peinarse. El rostro sin expresión y su lento andar denotaban el endurecimiento de las articulaciones de sus piernas, expuestas tal vez a la intemperie por años.

Llegó así hasta el frente de un populoso restaurante de mariscos en la Zona Rosa, que con altavoces al exterior, gritaban una ridícula “cumbia sinfónica”. Fidel, al escuchar la música y sentir el ambiente festivo que reinaba en el lugar, empezó a sonreír estúpidamente, como si tratara de integrarse al resto de la gente de forma cordial.

Actuando natural -según él- comenzó a contonear las caderas a lo “Ricky Martin”, al ritmo de la música. Esto al parecer se le hizo muy gracioso, pues desplegó una enorme sonrisa, buscando miradas que le correspondieran su fingida alegría, mientras extendía ambas manos abiertas a los lados a los viandantes, esperando que le dieran algo de dinero en compensación por el deprimente espectáculo.

Algunos paseantes sólo lo evitaron y otros de plano cruzaron al otro lado de la calle. Los comensales, desde los balcones y ventanales, murmuraban al percatarse del desfiguro.

Así “agarrando confianza” Fidel se fue acercando a la entrada del restaurante. Era un viernes por la tarde y el sitio estaba a reventar. Había varias personas que esperaban en fila a que les asignaran mesa. Fidel se dedicó abiertamente a limosnear a la gente de la fila, mientras continuaba ejecutando su patética danza. Un hombre le pidió que se alejara y una mujer gritó de espanto, desprevenida al voltear y encontrárselo junto a ella.

En eso, del interior del negocio salió un guardia de seguridad, un gigantón vestido de negro que con cara de pocos amigos le ordenó se fuera. Y como Fidel neceara en quedarse, lo llevó a empellones lejos de la entrada del negocio. Ya a cierta distancia empezó la discusión entre el guardia y él.

–Que no molestes y te vayas de aquí. ¿Qué no entiendes?

–¡Chale mi buen, la calle es libre!

–¡Mira nomás como vienes! ¡Apestas a madres!

–Nel, tampoco me va a ofender, vivimos en un país libre.

–¡Pues sácate con tu libertad a otro lado! Aquí no vengas a molestar a los clientes. Cómo se te ocurre ponerte a hacer tus mamadas aquí enfrente mostrando las nalgas. ¿Dónde crees que estás idiota? Si no te largas voy a llamar a la policía.

–¡Ya chale! ¡Qué pinche delicado! ¡Total de mejores lugares me han corrido!

En eso una patrulla que hacía su rondín se percató de la discusión y de la gente alborotada, prendió las luces de la torreta y echó un pitido para llamar la atención. Se detuvo y un oficial bajó dirigiéndose a los querellantes que discutían y que, por los ademanes, estaban a punto de pasar a las manos. Estos, al percatarse de la autoridad se quedaron quietos.

–¿Qué pasa aquí señores, cuál es el problema?

–Pues nada oficial, este mugroso alterando la paz pública, viene a espantar a la clientela con sus desfiguros, se pone a bailar y a pedir dinero con las nalgas de fuera a las puertas del negocio. Por eso tuve que venir a llamarle la atención y pedirle que se retirara, pero está de necio y se pone a alegar.

–No es cierto mi poli, yo sólo pasaba por aquí pacíficamente y este hijo de Goliat me agredió.

El guarda al escuchar el insulto le hizo una finta de golpearlo y Fidel cabeceó como tratando de esquivar el golpe imaginario.

El policía levantó el brazo como para apartarlos, miró a Fidel y meneó la cabeza en desaprobación, y dirigiéndose al guarda le dijo:

–Puede retirarse amigo, nosotros nos haremos cargo del sujeto.

El guarda agradeció al oficial, dio la media vuelta y se retiró, quedando solos Fidel y el oficial. Mientras a la distancia la gente les veía y murmuraba sin saber en qué iría a terminar el incidente.

–¿Otra vez tú pinche mono? ¿No ya te dijimos que no vengas a joder ni a limosnear por este rumbo güey? ¡Este es el primer cuadro! ¿Cuántas veces quieres que te lo diga? ¿Quieres que te meta a la cárcel otra vez para que te bañen a manguerazos con agua fría? ¡Que buena falta te hace güey! ¡Mira nomás cómo andas! ¡Ya ni chingas!

–No mi jefe, si ya me iba, sólo que el grandote ese se quiso pasar de rosca y no hay derecho, pero ya me voy.

–Pues andando que te estamos vigilando, no te subo a la patrulla porque me la apestas. Llégale antes que cambie de parecer y te meta unos buenos cates para que entiendas güey.

–Ta bien, ta bien, si ya me iba de todas maneras mi jefe.

Al día siguiente lo vieron tirado en una banqueta, cerca de ahí. Estaba boca arriba con los brazos extendidos, los pantalones casi de fuera y ya tenía sólo un zapato. Tenía los ojos abiertos en blanco y a un lado la pacha de licor. Daba miedo.

A la noche, las torretas de una patrulla custodiaban en la calle un cuerpo bajo una sábana.

FIN

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