EL ODIO (Por: Rafael Hernández Arenas)

Primer día

La tarde caía lentamente, el estigma solar abandonaba la escena, invitando seductoramente a la noche. Tres figuras aparecieron por la Avenida Central, caminaban por la acera en dirección norte. Dos de ellos marchaban a la cabeza, el tercero se rezagaba unos pasos atrás.

Don Fede era un hombre de unos sesenta años, de estatura mediana, complexión delgada, pero maciza y con los rasgos endurecidos a fuerza de lo que había visto y hecho. A pesar de la naciente oscuridad, él seguía portando lentes de sol. Cruzaron la última calle antes de llegar a la Plaza de los Héroes Caídos.

Don Fede se detuvo en la puerta de lo que parecía una vivienda pequeña. Estiró la mano para darle la llave a uno de sus acompañantes. El que tomó la llave, abrió de prisa el candado y empujo la puerta. Se apartó con torpeza acelerada para ceder el paso a don Fede.

Muchos recuerdos llegaron de golpe a su cabeza, la vecindad de su infancia, o “El cuarenta” como todos le llamaron en aquel entonces, estaba ahí, ante sus ojos nuevamente. El cuarenta era una vecindad de muchos cuartos y casas a medio construir, muchas familias humildes vivieron ahí, sus dramas y pasiones alimentaron el día a día. Su enorme patio fue testigo de peleas, gritos y alegrías.

Los lavaderos que estaban en el centro del patio eran el punto de reunión de las señoras, ahí se sabían o se inventaban las vidas de todos aquellos que vivieron alguna vez en el cuarenta.

Aquella horrible vecindad databa de los años cuarenta, los primeros habitantes narraban con orgullo la forma en que como viles paracaidistas invadieron el lugar. Ahora sólo quedaban los restos de ese lugar, puertas roídas por el tiempo y la humedad, así como muros despintados y sucios.

Sin dudar un solo momento, don Fede se dirigió hasta el cuarto del fondo, un segundo antes de entrar, volvió la cabeza para observar a sus dos acompañantes, ambos desviaron sus miradas. Los ojos sin gafas de don Fede les retornaba una mirada aterradora.

Segundo día

La noche había caído por completo, en aquel cuarto en penumbra no se podía distinguir nada en el interior, un olor desagradable lo recibió de frente. Don Fede, imperturbable y conociendo cada detalle del interior, encendió una bombilla que estaba en una esquina.

La sombra de una persona se reflejó en uno de los muros, más que una sombra parecía un dibujo mal hecho. Sentada en un banco de madera y recargada contra la pared, una mujer descansaba, o eso parecía. Tenía las muñecas atadas por detrás de su espalda y los tobillos atados al banquillo. Fuertes raspaduras ensangrentadas marcaban aquella piel blanca.

Don Fede usaba un maletín de oficinista, descolorido por los años, era de doble llave. Estaba sobre la mesa al otro lado de la habitación. Al abrirlo, su nefasto contenido relució nuevamente. Don Fede no era cirujano de ningún hospital, sin embargo, ese maletín podría haberse confundido con el del mejor. Esta bestia salvaje se dedicaba a infligir dolor sin matar a sus víctimas. Cobraba por la información obtenida, aseguraba que no había nada que una de sus víctimas pudiera ocultarle.

El primer día era siempre exitoso, todos los torturados se daban cuenta que aquel hombre era implacable. Siempre le dejaban a la víctima sentada de frente a la puerta, atada a un banco y amordazada con cinta.

Al llegar dejaba su maletín en la mesa. El sonido de ese maletín era lo que despertaba a las víctimas, buscaban con desesperación ver de quién se trataba, gimoteaban suplicas y gritos de terror, los cuales se veían reducidos a silbidos por el uso indiscriminado de la cinta. Sus movimientos eran metódicos, tomaba unos guantes de látex y comenzaba rompiendo el dedo gordo del pie, era un sistema para evitar escapes, el simple hecho de ver su dedo volteado noventa grados era suficiente para persuadirlos de esta hazaña. Él mismo entablillaba ese dedo. Más allá de ser un acto de misericordia, era un mensaje que decía, puedo romper todos tus huesos, para después curarlos, así tendré la oportunidad de romperlos dos veces.

Una vez quebrados y entablillados tres más, daba algo de agua a la víctima, pues los gritos y las lágrimas los deshidrataban un poco.

Procedía a pararse enfrente de ellos, consultaba su reloj de pulsera y esperaba una pequeña alarma que le indicaba que se habían cumplido exactamente dos horas desde que había iniciado su trabajo, dos horas cronometradas y decía la misma frase:

“Esto puede ser sólo el comienzo, dime lo que necesito saber y hazlo de una manera que me convenzas, o estarás lejos de casa mucho tiempo”.

El golpe de un mazo no podría sonar más contundente que aquella declaración. Pasaban dos horas entre fracturas y curaciones para que este hombre hablara por primera vez. Al quitar la cinta de las víctimas, siempre obtenía lo que quería.

Por primera vez se encontraba parado frente a la misma víctima. Esta figurilla estampada en la pared, había sobrevivido al primer día.

De cierta manera don Fede se sentía motivado, aquí estaba ante algo completamente nuevo, no sólo esta mujer había sobrevivido el primer día, lo había conseguido sin decirle una sola palabra. Ese valor le había costado la pérdida de cuatro molares, dos superiores y dos inferiores del mismo lado. Don Fede quería que su víctima lo recordara cada vez que tuviera que pasar su alimento al lado contrario.

Además, múltiples cortes ya suturados surcaban piernas y brazos, todos eran muy difíciles de distinguir, don Fede era un verdadero cirujano plástico, unía bordes con destreza magistral. Las heridas siempre eran producidas por hojas de bisturí, nunca comprometía una arteria o nervio. Aunado a estas laceraciones estaban los cuatro dedos fracturados. El dolor de estas heridas fue indescriptible y los cuatro molares causaron cuatro desmayos. Aquella mujer había peleado valientemente.

Don Fede conocía bien el uso de las sogas y con ello consiguió sujetarla con firmeza.

Se paró frente a su víctima, ambos se miraron tratando de entender el momento, uno no entendía cómo un ser humano podía haber resistido tanto dolor y miedo, el otro entendía que la jornada de este día sería más larga y penosa que la anterior.

Dos noches atrás Don Fede había recibido un sobre, era de su contacto; don Fede nunca trataba con la persona que solicitaba la información. Todo era entregado a través de ese contacto. Toda la información de la persona a torturar estaba en ese sobre. Edad, peso, estado civil, parentescos, si padecía alguna enfermedad, en general, cosas que pudiera utilizar para optimizar su trabajo.

Los hombres que llevaban a la víctima nunca eran los mismos que escoltaban a don Fede a la vecindad. Ese contacto, al no recibir la información deseada en el primer día como era costumbre, le llamó entrada la noche.

Don Fede no era un hombre receptivo. Al escuchar los incipientes reclamos de su contacto, simplemente culminó el telefonema con un cínico comentario:

“Si usted cree que lo puede hacer mejor venga y pruebe”.

La motivación y enojo de don Fede iban en aumento. Las ideas estaban fluyendo a mil por hora, decidía la actitud que tomaría frente a la víctima. Paladeaba cada frase que recitaría y su placer se hacía más duradero. Encontraba esta experiencia como la más satisfactoria.

Podía castigar de manera más severa a esta mujer, lo había retado de forma abierta y él había aceptado. Iba a causarle a esta mujer el dolor más contundente que un humano pudiera soportar.

Don Fede miró de frente y directo a los ojos de su víctima, se acercó poco a poco a su oído y casi silenciosamente dijo:

“Te perdono por haber resistido el día de ayer. Dime lo que necesito saber y te irás a casa ahora; guarda silencio y descubrirás cosas nuevas”.

Echó un paso atrás y esperó por espacio de cinco minutos la ansiada respuesta. Veía como tiernas lágrimas corrían por ambas mejillas. Las miradas que recibía cambiaban constantemente, de odio, impotencia, súplica y de vuelta al odio. Todas terminaban en odio.

Don Fede observó su reloj y se dirigió lentamente a la mesa donde se encontraba su maletín.

Cinco largas horas habían terminado, los dos hombres que esperaban a don Fede lo vieron salir sudoroso y demacrado, parecía que había sido él el torturado. Uno de ellos le preguntó:

“¿Ha terminado?”, la mirada de soslayo que recibió de don Fede le respondió.

Estarían ahí de nuevo mañana. Pusieron los candados a la vecindad y echaron a andar por donde habían venido. No lejos de ahí llegaron al hotel donde se quedaba don Fede cuando trabajaba. Como si viniera solo, continuó por la recepción y siguió hasta desaparecer por las escaleras.

Se miró en el espejo y la imagen que le devolvió aquel juez imperdonable fue la de un hombre totalmente devastado. Recordó el día que asesinó a su propio padre, lo encontró golpeando con la cacha de una pistola a su madre, los ojos paranoicos de su padre lo percibieron tardíamente, sólo soltó el arma cuando recibió el último golpe en la cabeza. Seis días después, su madre murió por las heridas sufridas.

La misma sensación de aquel día la tenía hoy. Notó una pequeña mancha roja en su ojo derecho, justo en la orilla de la glándula lagrimal. Se acercó para distinguir qué era, al removerla con un dedo se dio cuenta que era sangre, la sangre de su víctima que lo acompañaba a su lecho.

Se tiró de espaldas en la cama mientras calibraba aquella pequeñísima gota entre sus dedos. Repasó rápidamente todos sus movimientos, buscaba arduamente en dónde radicaba su falla. Lo había hecho todo a la perfección, incluso la forma de reanimar a la paciente durante los múltiples episodios convulsivos de ese día habían sido impecables. Entonces ¿qué había salido mal?.

En cualquier momento sonaría la campana del teléfono, escucharía a su contacto pedir la información. Cuando efectivamente recibió la llamada, descolgó y no pronunció una sola palabra. Votó el teléfono lejos y apagó la luz.

Había muchos espacios vacíos esa noche, y nada para llenarlos. Una tercera jornada de trabajo con la misma víctima hubiera sonado a broma hace sólo dos días, ahora esa realidad estaba tocando a su puerta.

Entrada la noche despertó inquieto, escuchaba el latir de su corazón, estaba asustado y alerta, aún no distinguía dónde estaba y un gemido como de cuervo y mujer resonaba por el cuarto. De un rincón notó un pequeño movimiento y sintió cómo esos latidos fuertes cesaban un momento para volverse más fuertes segundos después.

Alguien estaba sentado en ese rincón, notó su respiración, el horrendo gemido se hacía más nítido y un helado aliento se notaba a medida que sus pupilas se dilataban.

Ahora podía distinguir quién era aquel ser. Pensó que aquello era un sueño, encendió la luz para que aquella visión se desvaneciera al contacto de la luz. No era un sueño. Ahora podía distinguirla con claridad. La vio en la misma posición en la que la había dejado, excepto por las cuerdas, estaba idéntica.

Tenía una cara cadavérica, la falta de todos sus dientes le hacía ver mucho más vieja y demacrada, tenía el cabello sudoroso y lleno de sangre, unas manos sin dedos asomaban de entre las mangas de su camisa, lo más impresionante eran los ojos que estaban sumergidos tétricamente en las cuencas. La mirada se encontraba pérdida, y al mismo tiempo amenazante.

De una manera rara cambió de postura. Lentamente y sin dejar de observarlo se irguió e inicio un movimiento hacia él. Don Fede se encontraba inmovilizado por el terror, aquella figura horrenda se aproximaba hacía él, colocó aquella boca sin dientes e intento susurrarle algo. Un aliento putrefacto fue lo único que salió de aquella boca devastada.

Esa noche sólo una delgada línea separó de la locura a don Fede, aquellas últimas horas lo habían acercado a un abismo. Después de recuperar el conocimiento, pensó que todo había sido un sueño. La abominación había desaparecido, más no así su nauseabundo olor. No podía ubicar de dónde provenía, contuvo la respiración pensando que así desaparecería.

Tercer día

Al amanecer, se vistió rápidamente, dejó el hotel sin decir nada, los escoltas lo siguieron malhumorados por lo temprano que había decidido don Fede trabajar. Ellos ya habían recibido de parte del contacto instrucciones en caso de que la información no fuera entregada ese mismo día.

Era una mañana gris, las calles estaban mojadas y llenas de charcos, había basura en las aceras y pocos negocios estaban abiertos. A medida que se acercaban a la vecindad, don Fede iba disminuyendo la velocidad, la ansiedad con la que había dejado el hotel se había disipado y sus pensamientos lo confundían a cada nuevo paso.

Se detuvo de lleno en una esquina y miró la hora, eran las siete y quince. Los hombres que lo venían escoltando se detuvieron casi al mismo tiempo, esperaban como estúpidas bestias la mano del amo que ordena. Para don Fede aquellos dos hombres sólo eran herramientas, no sentía ningún afecto o agradecimiento por ellos, le molestaba su presencia, pero era la única condición que había puesto su contacto para trabajar con él.

Entró a un pequeño restaurante, pidió sólo café, necesitaba dejar de pensar en esa mujer. Cada que pensaba en ella recordaba la aparición de la noche anterior. Se esforzaba por recordar cómo era la mujer cuando llegó a sus manos, pero no conseguía hacerlo. Desvió su pensamiento observando a unos trabajadores que sostenían unos dolobres, trataban de hacer una zanja para cierto cableado, don Fede era un hombre muy práctico, pensaba en lo fácil hubiera sido uno de esos picos neumáticos.

Habían pasado cerca de dos horas, los dos escoltas merodeaban la ventana donde se observaba a don Fede. Al principio trataban de no ser vistos, después, su intención descarada era de ser observados, como siempre, la vida de esos hombres era de poca relevancia.

Decidió regresar al hotel, estaba un poco repuesto y quería preparase para esa última jornada, él y su víctima sabían perfectamente que así sería. Logró dormir un poco y esta vez el sueño fue placentero, su madre lo acompañaba a su primer día de escuela, había niños llorando por todos lados, sólo él no lloraba, eso lo hacía sentir especial, su madre lo veía con orgullo y confianza.

Despertó tranquilo, se sentía renovado y muy confiado. Tomó un baño y solicitó comida al cuarto. Tuvo una comida tranquila, lenta para mejorar la digestión. Una hora después aparecía por la recepción. Estaba de mucho mejor semblante. Vio a sus escoltas apresurarse ante su presencia. Sólo de verlo así, sonrieron. Si se les hubiera preguntado por qué sonreían, seguro no sabrían qué contestar. Ni esta vez don Fede les sonrío de vuelta. Sólo con la mirada les ordenó seguirlo.

Echaron andar por la misma avenida de hacía dos días. Más gente transitaba por la vieja Avenida Central. Don Fede recordó cuando había sido inaugurada, hacía mucho tiempo de eso. Era un domingo y la obra había durado cerca de tres años, cruzaba toda la ciudad con sus cinco carriles bien pintados, aceras perfectas y alumbrado de primera. Cuarenta años después estaba convertida en una desgracia.

Normalmente así pasa en los países de tercer mundo, se hace un buen trabajo para justificar algo de lo robado y el pueblo simplemente no alcanza a entender que no lo debe destruir.

La puerta de la vecindad era el umbral a una experiencia única, unos cuantos metros separaban a don Fede de un camino que ya no se podía desandar, cada paso lo acercaba más hacia lo desconocido, estaba por segunda vez en aguas desconocidas y pensaba que lo mejor sería abandonar la misión. El buen humor y el ánimo se borraron de su rostro al ordenarles a sus escoltas ser esperado.

–No se alejen mucho y estén atentos a mi llamado.

Cerró la puerta tras de sí perdiéndose para siempre de la mirada de aquellos hombres.

No había ningún ruido en el cuarto, no percibía la respiración de aquella mujer. Don Fede se apresuró a encender la luz y verificar el estado de su víctima. Había dejado administrándose un suero durante la noche anterior, como lo esperaba, estaba vacío.

Tomó los signos vitales de la mujer y pudo constatar que todo se encontraba dentro de los límites aceptables, sintió al acercarse que aquel olor se hacía más fuerte. Buscó los ojos de la víctima, sólo encontró las cuencas llenas de un blanco reluciente.

Buscó la seguridad de su maletín, extrajo de él una sierra, un retractor de tórax, y una hoja de bisturí. Puso todo en el piso y desató a la mujer. La cargó hasta la mesa y la colocó boca arriba. Ató cada extremidad a las patas de la mesa. Conectó la sierra y la encendió. Lo hizo de manera intencional, esperaba alguna respuesta, algún reflejo, algo que le indicará que tenía aún la posibilidad de cumplir su trabajo.

Nada pasó. Don Fede se dejó caer unos minutos en la silla. Cavilaba sobándose la frente, sentía el sudor correr por sus sienes. Dejó escapar un suspiró buscando liberar esa carga en los pulmones que lo hacía jadear.

Había agotado sus recursos, algunas cosas para hacer a sus víctimas las había aplicado en cadáveres, nunca en un cuerpo con vida. Exponer el corazón de la mujer era una idea desesperada y mortal. Pensaba en su confundida mente que el borde de la muerte podría darle lo que estaba buscando, más allá de conseguir la información, era hacer hablar a esta mujer para que le ayudara a entender como había resistido sin decir una sola palabra.

Al correr de los minutos, don Fede se daba cuenta que nada de lo que hiciera le brindaría respuestas a sus preguntas. El dolor y sufrimiento que estaba infligiendo a esta valiente mujer era mortal, ningún ser humano podría recuperase de algo así, y ninguno querría vivir.

El reloj en la muñeca de los guaruras aseguraba que habían pasado cerca de tres horas desde que don Fede se perdió en el interior de aquel cuarto obscuro y maloliente.

Esa mezcla de mierda y sudor confundía los sentidos, no se podían explicar cómo aquel hombre hacía lo que hacía. Estaban desesperados y tensos, el encargo de liquidar a don Fede si no llevaba consigo la información les ponía más presión. No conocían a aquel hombre, sólo conocían las referencias de su trabajo.

Uno de ellos dijo:

–Una hora más, eso será todo.

Su compañero le cruzó una mirada preocupado. El matar a un hombre así no sería tarea fácil.

Y resulta menos fácil cuando sabes que la persona a matar es diez veces más inteligente que tú. Pero ellos, torpes marmotas, no lo sabían.

Aquel terror doloroso se fue apagando, poco a poco se fueron acabando los gritos, y sólo quedaba un zumbido que penetra el oído y que se queda, era un ruido que don Fede no dejaría de escuchar.

Don Fede abrió la puerta del cuarto, los sorprendió sentados de espaldas, les ordeno:

“He terminado, saquen a esa mujer y llévenla al cuarto de aquí al lado”.

Sus mentes irreflexivas obedecieron instantáneamente, entraron al cuarto a tumbos, y una imagen los paró súbitamente, acostada en la mesa, una masa sanguinolenta ahogada en su propia sangre escupía sus últimos respiros. De aquella mujer que había entrado hacía dos días, sólo quedaba muy poco. La piel de todo su cuerpo había sido extirpada por completo, y su pecho estaba completamente abierto por fórceps, que habían separado el esternón. Un corazón agonizante dejaba escapar sus últimos latidos. La cara en carne viva y los ojos en blanco eran lo último que verían estos dos sencillos hombres.

Un segundo después caían fulminados con un tiro en la nuca.

Todo terminó en un instante, aquello para lo que fue contratado no había sido cumplido. No se molestó en cerrar ninguna de las puertas detrás de él.

Don Fede volvió a tomar la Avenida Central. Caminaba mucho más ligero. El maletín permanecía a los pies de la mujer. Ya no lo necesitaba más, había dejado de ser torturador para siempre.

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