FUE POR LA MALDICIÓN

FOTO OFIC SALATIEL

José Salatiel Tec.

(Segunda y Última Parte)

–¡Por mí tienes tus guayabas!

–¡Pero no son tuyas, son del cubano!

–¡Pero yo te traje hasta aquí y te las mostré! Por eso debes de ayudarme a llenar mi sabucán.

–Cada quién debe llenar la suya, ¿no?

–Sí, pero tú bajaste de los gajos que están abajo, así que debes de ayudarme. Sólo necesito un gajo más, ese que está sobre la albarrada.

–¡Pero no alcanzo! ¡Cómo te ayudo!

–¡Súbete! Mientras yo jalo el gajo, tú bajas las guayabas y las pones en el sabucán. Eso es todo.

“El Pato”, como pudo se colocó en la albarrada. Enrique jaló el gajo. Apenas puso el pato su mano en la primera fruta, Enrique soltó la rama, que en su vuelo empujó al “Pato” hacia dentro del terreno. La piedra en la cual estaba parado y otras más lo acompañaron en su caída. Pero la primera cayó sobre su pierna izquierda, quebrándole el tobillo.

Asomándose por el hueco que habían hecho las piedras al caer, le dijo mientras reía:

–¡Si dices que estuve aquí y te hice esto te busco y te hundo la cabeza en el lodo! ¿Te gustaría morir como los pollos?

Agarró la bolsa de guayabas del “Pato”, mientras reía como loco, corriendo hacia su casa para esconderse.

El cubano, alertado por el ruido de las piedras al caerse y guiado por los gemidos de dolor del “Pato”, que yacía boca abajo junto  a la albarrada, corrió hacia él, mientras le preguntaba cómo le había pasado todo aquello. Pero el “Pato” guardaba silencio. No quería morir como los pollos.

Pero si él guardaba silencio, no lo hacía así el olor de las guayabas. Porque no le fue difícil al padre de Enrique relacionar el alboroto que se armó con la caída del “Pato” y la bolsa llena de guayabas que encontró en el nidal de las gallinas, guiado por el olor irresistible de la fruta madura. Porque también era la misma fruta que tenía el joven junto a su pierna rota.

Enrique lo negó todo. Dijo que ignoraba quien había puesto la bolsa en el gallinero. Entonces su padre, para hacerlo confesar, le amarró las manos juntas, lo llevó hasta el ramón, cerca de los chiqueros. Tiró el resto de la soga en uno de los gajos gruesos, de tal modo que cuando jaló de ella el cuerpo de Enrique se levantó del suelo como metro y medio balanceándose como una rama seca.

Su padre amarró la soga al tronco y quitándose la faja de cuero le gritó que dijera la verdad cuando menos una vez en su vida. Pero su hijo guardaba silencio. No sólo por el dolor que le causaba la soga hundiéndose en la carne de sus muñecas, por el peso de su cuerpo en vilo, sino también por el miedo de  fracasar en su intento de alcanzar superioridad sobre los demás, porque había pensado que las lágrimas eran solamente para los débiles.

Los primeros cintarazos fueron fuertes, duros, como si golpearan hasta el alma. Los demás comenzó a sentirlos como en un sueño, pero fueron los que más dolieron, porque golpeaban sobre la misma herida que habían hecho los primeros.

Así fueron y vinieron en su cuerpo, hasta que el brazo de su padre perdió la fuerza de tanto castigarlo. Pero ni una palabra, ni un gemido siquiera salieron de su boca, porque ahora yacía desmadejado sobre el suelo como una ropa sucia.

Ambos perdieron ciertas cosas al punto de este hecho. Su padre el deseo de hacerlo confesar. Y él, el último recodo de su infancia. Ahora ya era grande y superior a muchos otros.

Su padre murió a los tres días del castigo. Repentinamente se llevó las manos a la cabeza. Dio un grito como dan los cerdos cuando tienen hambre y se desplomó sin vida al salir del gallinero. Dijeron que fue por el coraje que estalló en su cerebro.

Se hizo cargo de su madre, de la pequeña granja de cerdos y gallinas. No tuvo tiempo de saborear su juventud por la premura en que se hizo grande, y también porque los sabores de su niñez se habían diluido colgado de las manos en el árbol de ramón.

Su madre le dijo alguna vez

–¡Hijo busca una buena mujer y cásate con ella! Algún día voy a morir y no quiero dejarte solo.

–No tengo prisa para eso madre. Además me gusta vivir solo. No darle cuentas a nadie de lo que hago.

–¡Pero necesitas tener familia! ¡No es bueno que estés solo! Al menos piensa en ello.

–Te prometo que lo haré.

Entonces conoció a Natalia, una joven mujer de cabellos negros y ojos claros como los gatos. Y el tiempo de locura se detuvo.

Con ella se casó a los doscientos veinte días de haberla conocido.

Al año su mujer tuvo gemelos, y entonces comenzaron las serias diferencias entre su mujer y su madre.

Todo comenzó por el cuidado de los niños. Se alargó hasta en la forma de vestirlos y culminó por todo lo que habían de comer.

Las diferencias se hicieron más punzantes cada día. Mujer contra mujer. Cada una con propia manara de mirar las cosas. Hasta que un día, la suegra quiso alimentar a los pequeños, la nuera se opuso totalmente, considerando eso su deber inalienable.

La suegra, dolida por el rechazo, jaló de los cabellos a la joven. Ella hizo lo mismo y ambas rodaron por el suelo entre gritos y manotazos.

Enrique llegó en lo mejor de aquel jaleo, y sin pensarlo, con ese sentido de superioridad alimentado con los años, desató su cinturón y empezó a repartir los cintarazos comenzando con su madre, que entre sollozos le dijo:

–¡Lo que has hecho es un pecado imperdonable! ¡A una madre no se le golpea nunca! Con el paso de los años quedarás loco.

–¡Ambas son culpables! Es lo justo. ¡Además tú eres mayor que ella, debiste darle el ejemplo!

–¡Te acordarás de esto! Porque si llegas a viejo te comerá la mente el gusano del remordimiento.

A los tres días murió su madre. Repentinamente se llevó las manos al pecho. Gimió como una paloma herida y se fue dejando las plumas de su recuerdo sobre la tierra.

Dijeron que murió por la tristeza de haber sido golpeada por aquel a quien ella dio la vida. ¡Pecado imperdonable que se paga con la demencia!, dijeron muchos.

El caso es que al año de la muerte de su madre, su esposa lo abandonó cansada de los malos tratos que recibía, y sobre todo después de un intento de machetearla, que si bien no le cortó nada, si le magulló hasta el alma por los celos infundados de su marido.

¡Se fugó con otro!, dijeron las malas lenguas.

Y es que su deseo de superioridad, había Incubado en su alma los golpes que repartía entre su mujer y sus hijos. Su deseo se había convertido en ley, y por eso, aun estando casado, se quedó solo y perdido.

Entonces se ovilló en sí mismo, así como se doblan las espigas cuando se secan. Se hizo pequeño y se metió en su mente conversando con sus recuerdos como si hablara frente a un espejo.

Su tiempo se detuvo en el momento de su abandono y solo continuó por fuera llevándose su vida.

En sus momentos de lucidez, su conversación era coherente. Pero cuando volvían sus lagunas, las palabras le salían como si se hubieran peleado con el tiempo.

Alguien le dijo alguna vez;

–¿Qué pasó Enri? ¿De dónde vienes?

–¿Qué pasó Chan Say? Fui a la esquina a comprar mi barra! Maare muchacho, a que no sabes qué pasó. Estaba parado en la puerta de la panadería y llegó un tipo y comenzó a disparar. Mató como a cuatrocientas personas. Ahí están regados los cadáveres, los está recogiendo la policía.

–¿Y qué vas a hacer ahorita Enri?

–Voy a cenar, luego voy a ver tele. Esta es mi tele –dijo levantando la mano y mostrando una pequeña piedra blanca–, como está pequeña, la llevo a todos lados y así puedo ver tele donde vaya.

Luego caminó hasta su casa, riendo y hablando con nadie como siempre, desde el momento en que se quedó solo.

Y para no hacerles más largo este relato, vale la pena decir que el tiempo se fue yendo así como se van las nubes. A veces como si tuvieran prisa. Otras veces como si no quisieran irse. Pero de todos modos se fue acumulando en la cabeza de Enrique la huella blanca de su paso.

Hasta que un día, el viejo Enrique quiso brincar el lodazal después de haber lavado los chiqueros. Quiso brincarlo por la parte menos honda. Pero no pudo lograrlo, sus piernas flacas y cansadas por los años le fallaron. Resbaló, cayendo en la parte más espesa y más profunda del pantano. Cayó de tal manera, que sólo se asomaban sus sandalias. Sus manotazos revolvían el lodazal en ondas negras y pesadas, con sonidos sordos como de piedras que se hunden.

Pero él sabía bien de esas convulsiones. Eran las mismas que él sintió, cuando a las aves les faltaba el aire sumergidas en el cieno. Pero ahora las sentía en carne propia, así como lo había hecho con los pollos.

FIN

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