EL SEDUCTOR

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Por Yoxi.

 

Era uno de esos mágicos momentos, se percató que ella tenía al fin toda su atención y lo miraba con interés. Se sintió como flotando en el espacio; no sentía frío ni calor, no había arriba o abajo, estaba literalmente abducido por sus encantos, atrapado dentro de su campo de fuerza.

Trató de ser racional y se cuestionó: “¿Por qué me siento tan bien? Mira nada más qué belleza”. Se hablaba a sí mismo desde otra persona en su interior, que como ajena sólo observaba.

Era “ese” sentimiento primigenio que pocas veces se alcanza; se estaba muy bien ahí dentro de ese halo luminoso y cautivador. Cualquier ademán, mirada o movimiento de ella, le provocaba dulces y placenteras sensaciones que le hacían vibrar en una dimensión alterna, otro mundo, lleno de gracia como el mítico Shekinah o el Nirvana.

En ese preciso momento su mente racional o tal vez un programa implantado por el programador cósmico, desplegó una pantalla de alerta: ¡Peligro! ¡Peligro! Apareció la alarma en un recodo de su mente con grandes letras rojas, acompañado del sonido de la pavorosa alarma sísmica. ¡Wah, wah, wah, wah!, con la evidente intención de llamar toda su atención, provocarle miedo y una acción inmediata.

Esto lo sacó de su zona de confort. “¡Qué rayos!”, se cuestionó de inmediato, su escudo de seguridad se desplegó nuevamente y sus sentimientos cambiaron, se enfriaron como con una cubetada de agua fría.

Cambió entonces el foco de su mente hacia su otra realidad, la del aburrido y cotidiano “yo primero”. Un presentimiento irracional le hacía presa de una inquietud casi incontrolable. “¿Miedo? -cuestionó-, no puede ser”.

Se posicionó ahora en ese otro yo que observaba, juzgaba y permanecía callado… “¿Quién es este observador que se entremete en mis asuntos -digo, los del otro- cuando no es requerido?”. Estaba con la vista perdida en la distancia, aunque seguía mirándola a ella, o al infinito. ¿O acaso ella lo era? ¿Una galaxia lejana o un hoyo negro en el tiempo que lo devoraba todo a su alrededor?

Se sentía perdido en la nada en el interior de esas pupilas y en la gloria de su amable sonrisa que aún le regalaba.

En esas milésimas de segundo en que él se fugó, viajó a otra dimensión, a un mundo oscuro y frío donde había tristeza, humedad, obscuridad, paredes ásperas y se oía un incesante goteo. Había ahí un niño solo, maltratado, desconsolado que lloraba y él no entendía por qué.

La expresión de ella, que lo miraba también, fue cambiando ahora por extrañeza.

–¿Estás todavía conmigo Walter?

–Sí, perdón Gina, es que me acordé de algo, pero ya no tiene importancia.

–Me di cuenta, en tus ojos vi pasar en un instante una extraña película. ¿Sigo hablando o prefieres…?

–Sí, ¿qué me decías?

Ella continuó la charla pero él -aunque luchaba- no podía estar del todo allí, estaba entre dos mundos, pensando, y no sabía bien hacia cuál dirigirse.

De repente, fue una palabra, o un dejo de su voz a lo lejos el que le hizo recordarlo todo. Fue como un relámpago que le cegó por unos instantes y le confirmó sus temores. Gina era “ELLA”, “aquella” y siempre la misma, la única mujer que existe en el mundo y todas las mujeres a la vez: la Eva primigenia, Julieta o Medea, que estaba ahí ahora con él y también por todas partes caminando alrededor, investigándolo todo, dispuesta a todo: llevarle a la gloria o al abismo, y él lo sabía, irremediablemente la seguiría.

Sí, fue su voz la que la delató. Ella era todo y la nada, ese ser cósmico que mata y da vida, que crea y destruye y que al final te atrapa.

Su paraíso se tambaleó, se sintió ridículo; un ingenuo ladronzuelo que no se había dado cuenta que en este juego “amoroso” lo apostaba todo. Era un juego macabro, escuchó risas de fondo, risas distorsionadas, burlescas… Era un duelo a muerte con la vida.

No tuvo alternativa, la molesta alarma seguía  sonando y parpadeando en su interior ¡Peligro! ¡Peligro! Había pensado lo fácil que sería robarle un momento, un beso, una noche, sería como quitarle un caramelo a un niño. Pero ella seguía allí, amenazante pero con su cara de muñeca, su cuerpo escultural y con el revelador escote de su vestido de noche que le enloquecía.

Ella dio un pequeño sorbo a la copa de champaña y se inclinó hacia él para verle más cerca, pensó que tal vez le aburría con su plática. En eso la banda empezó a tocar… ven, le dijo, mejor vamos a bailar.

Y entre brincos y contoneos de luces multicolores parpadeando al ritmo de la música, la pista de baile se llenó y convirtió en una película fantasmagórica: la veía en un segundo en una postura, otro flash y ya era otra mujer en una postura diferente, otra sombra, otro color y así en secuencia interminable, en un mundo vaporoso de pura ilusión.

Fue entonces cuando tuvo el fatal presentimiento. Se convenció de que la querría para siempre. Tomó entonces una decisión desesperada: cerrar los ojos y dejarla pasar, como en el verso “Cobardía” de Amado Nervo…

 

FIN

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