AMAR LO QUE NOS DISGUSTA

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Por Vanessa Padmir*.

… “Y vivieron felices para siempre”, la verdad nunca me satisfizo ese final, se me ocurría que eso de “para siempre” debía ser muy monótono. Creo que desde entonces no me gustan las bodas, para mí representan el final del cuento, la muerte de la aventura, el inicio del aburrimiento o peor aún, convertirme en una abnegada ama de casa mientras mi príncipe se transforma en un panzón malencarado, quejoso de lo caro que cuesta todo.

En cambio el noviazgo parece tan ligero, los novios suelen ataviarse con sus mejores ropas, como si la existencia fuera una gala todos los días; se encuentran permanentemente enamorados, lo que se traduce como buen humor, complacientes, educados, galantes… en fin, ¡perfectos!

La maravillosa distancia de no cohabitar, hace que el deseo de estar juntos sea mayor. Ellos se extrañan, se ansían, se valoran; si hay algún impedimento para unirse ¡qué mejor!, adquieren por default un propósito en común que los fortalece y motiva. Sin embargo el mayor defecto del noviazgo es también su mayor virtud: se acaba.

¿Entonces qué nos queda a los nosotros los románticos de closet, qué por un lado rechazamos al decepcionante matrimonio por su condición de eterna esclavitud, pero nos aterra el inestable y efímero estupor del noviazgo?… “Ningún chile nos embona”, diría la abuela sin albur.

El problema es que nunca nos enseñaron a amar lo que nos disgusta: por supuesto deseamos lucir el cuerpazo, pero odiamos el gimnasio y las dietas; también anhelamos mucho dinero, nada más que inmediato, sin esfuerzos, sin riesgos.

Amamos la vida, pero rechazamos la muerte; adoramos las carcajadas, mientras huimos de las lágrimas; ambicionamos el éxito y declinamos al fracaso, sin darnos cuenta que no existe lo uno sin lo otro, ya que forman parte de lo mismo, de un sólo todo.

Es fácil amar lo bonito: los hijos que se portan bien, los padres que nos complacen, las parejas que nos seducen y los amigos que nos regalan, los empleos en las quincenas, los servicios sin pagar o las celebraciones. Pero, ¿qué hay de los parientes que se enferman, los días difíciles o los duelos? ¿No viene todo incluido en el mismo paquete?

Quizás el verdadero amor se experimenta en lo que nos rehusamos a vivir: lo que nos disgusta. Si  deseamos algo por mucho tiempo, cuando lo obtengamos tendremos un goce mayor que si lo adquiriéramos inmediatamente; es la espera la que detona su valor, sólo que normalmente no nos gusta esperar y menos deseando.

Si vencemos dificultades sentimos satisfacción, lo fácil en cambio pasa desapercibido. Si acompañamos en las tristezas, las alegrías gratifican enormemente.

De tal suerte que ya no es importante la etiqueta que le pongamos a nuestras relaciones, pueden llamarse noviazgo, matrimonio o cualquiera otra. Sabremos que podemos tener estabilidad mientras aceptemos la incertidumbre, que podemos agarrar si estamos dispuestos a soltar, que seremos complacidos mientras no esperemos que nos complazcan, que puede haberlo todo si no nos aferramos a nada.

Ya no crearemos del prójimo personajes idealizados, ya nos permitiremos aceptar lo que nos disgusta, entendiendo que así está bien. Y de paso nos aceptaremos a nosotros mismos, con lo que nos gusta y con lo que nos disgusta. Al final la idea es sencillamente amar.

Empecemos con esto: amar lo que nos disgusta.

*Coach en Desarrollo Humano

Coaching, blog, cápsulas, radio, medios

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