JETS LU’UM

 

FOTO OFIC CHUCHO

Por Jesús Várguez.

La gallina comenzó a aletear golpeando el suelo con violencia en la agonía que sus ojos desorbitados anunciaban. El cuello estaba retorcido como si una mano invisible le hubiese dado vueltas, sólo duró unos minutos y quedó tiesa con el pico abierto y la lengua de fuera.

En lo que aclaró el alba, cinco gallinas y dos patos murieron de la misma forma.

Cuando Camila llegó a darle de comer a sus animales, lanzó un grito de espanto ante el espectáculo de las gallinas regadas en el gallinero, arrojó la cubeta con maíz y entró a ver lo que pudo ocasionar la repentina muerte de las ponedoras, ninguna presentaba lesión o herida.

Su tristeza aumento cuando descubrió a los patos cerca del bebedero en la misma posición que las gallinas. El miedo se le clavo en el estómago como un puñal, sus animales eran todo para ella.

Al mediodía, cuando el sol estaba que quebraba piedras, Malix, el perro de la casa comenzó a correr como loco dando aullidos lastimeros. Camila se sintió angustiada y a la vez el miedo comenzaba a invadirla, ¿qué estaba pasando en su hogar? antes tranquilo y ahora atacado por la adversidad. ¿O sería algún maleficio arrojado sobre ella? Siempre se había mostrado escéptica a los temas de brujería o malos espíritus. Pero ahora…

Al día siguiente, diez gallinas más murieron, y lo que más le aterró es lo que sucedió con la pava que encamada sobre doce huevos debía empezar a brotar; todos los huevos estaban picados por los pavitos que se desesperaban por salir, pero por alguna razón no podían darle término a ese proceso natural.

Camila comenzó a romper la cascara, se dio cuenta por qué no podían romper el cascarón: todos tenía el cuello torcido y la cabeza les daba vueltas. Desesperada fue a consultar a su vecina.

–Doña Petrona, no sé qué está pasando con mis animales, pero no sé qué hacer.

–Cálmate hija –le dijo la anciana–, dime qué es lo que pasa.

–Ayer cinco de mis gallinas y unos patos se me murieron; hoy amanecieron muertos otros, y la pava que tenía encamada, perdió todos los pavitos. Tuve que sacarlos, no pueden picar el cascarón porque tienen el cuello torcido.

–Deben haber pescado un mal viento. Santígualos con una ramita de ruda. Si no se componen tendrás que ir con don Faustino para que calme tu tierra.

–Doña Petronita, usted sabe que no creo en esas cosas y que además el x’men me da miedo.

El agudo chillido del puerco despertó a Camila. Con prisa se echó un rebozo encima y salió a ver lo que sucedía. Tirado de costado el cerdo se revolvía, tratando de quitarse de encima unos gusanos negros y peludos, la mujer tomo una escoba que tenía cerca y empezó a golpearlos, como por arte de magia los gusanos desaparecieron.

Venciendo todos sus prejuicios tomó una decisión, iría a ver a don Faustino.

El curandero del pueblo, o x’men como se le conoce, vivía a la salida del pueblo. Su casa era un herbolario, por todos lados se veían macetas con hierbas medicinales. La gente contaba que también poseía una cueva con serpientes de todas las especies con el que fabricaba el antídoto para la picadura de esos reptiles.

–¡Buenas! –gritó la joven.

–¡Hey! –respondieron desde adentro–. Pasa muchacha, está abierto.

Un perro achaparrado y con las patas mecas se acercó moviendo la cola. La casa de don Faustino era todo lo contrario a lo imaginado por Camila, el piso de tierra estaba barrido, en la pared de cancab y huano tenía colgados sabucanes con hierba seca, una ardilla caminaba por los horcones del techo de paja, el sol se colaba por dos ventanas y la puerta abierta de par en par.

–¿Qué te pasa Moza? –la saludó el anciano con una sonrisa divertida en sus pequeños ojos. Las muchas arrugas de su cara hacían imposible adivinar su edad, pero sin duda eran muchos años.

Camila contó detalladamente lo que había sucedido en esos tres días en su casa.

–Alguien despertó lo malo de la tierra, y ahora el mal viento recorre tu casa y ataca a tus animales y pronto te atacará. La joven puso cara de espanto.

–No tengas miedo niña, Dios da la contra para ese mal. En tu terreno hay una cueva, ¿verdad?

–Sí, don Faustino, pero ahí sólo hay zorros y uno que otro murciélago.

–Es ahí donde se esconde el mal que han soltado. Pero vamos a encerrarlo con una ofrenda para que no salga nunca más. Ve a tu casa y prepara sacab, prepara un gallo de año y jícaras para colgar en los árboles que están cerca de la cueva. Antes de la una estaré ahí.

Sin decir palabra, Camila fue rápidamente a su casa, y preparó todo cuanto le habían pedido. Antes de la una llegó don Faustino caminando lentamente apoyado en un bastón y su perro siguiéndolo. En un sabucán cargaba ramas de diversas plantas.

Entró al terreno y como si conociese el lugar; se encaminó directamente a la cueva. En una mesita se encontraba una cubeta con sacab y amarrado a la pata de la mesa un gallo rojo que asesaba por el calor del mediodía.

–Cuelga estos chuyubes en aquellos árboles –y le señaló cuatro arboles de ramón– ordenó el x’men.

Mientras la muchacha obedecía, don Faustino llenaba la jícara con el sacab, y lo ofrecía a los cuatro vientos, mientras rezaba oraciones en maya. Y después con toda ceremonia los depositaba en los colgantes, así hasta sumar siete.

Empezó a escarbar frente a la boca de la cueva, puso en el fondo una parte de las hierbas, desató al gallo, lo ofreció a los cuatro puntos cardinales y lo enterró vivo, mientras rezaba.

–kilich kaax, kilich ulum, kilich tu laka balché…*

Al terminar cubrió la tumba del gallo con el resto de la hierba.

–Listo niña, ahora báñate, tira la ropa que tienes puesta y enciérrate. Por la noche, escuches lo que escuches, no salgas.

Por la noche, Camila escuchó cómo silbaba el viento y las ramas se aporreaban contra la casa. Parecía una bestia salvaje arañando las paredes.

El alegre cacarear de las gallinas, el cloquear de los pavos y el ladrido del perro despertaron a Camila, ¡era un hermoso día!

Vocabulario:

Chuyubes= colgantes para contener la jícara.

Sacab= atole de maíz cocido sin cal.

*Santas gallinas, santos pavos, santos todos los animales.

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