FUE POR LA MALDICIÓN

 

FOTO OFIC SALATIEL

Por José Salatiel Tec.

Alguien dijo alguna vez, aunque no recuerdo quién, que aquellos que golpean a sus padres (sobre todo a quien los trajo al mundo) suelen quedarse locos con el paso de los años. Deliberen ahora si esto puede ser verdad.

Enrique salió sigilosamente del gallinero. Había arreglado los nidos de las gallinas, brincó la albarrada que divide el patio de su casa con el lugar de los chiqueros. Lo hizo con dificultad, apoyándose solamente con su mano izquierda. En la otra llevaba algo así como un manojo de plumas.

Cuando llegó al lodazal producido por los cerdos. Se introdujo de un brinco sin importarle que no tuviera sandalias. El agua negra le salpicó la ropa con su hedor, aunque tampoco pareció importarle.

Colocó un polluelo en su mano izquierda. Con la otra agarró al otro de la garganta. Lo miró por un momento como alucinado. La pequeña ave pillaba y pataleaba como si tuviera frío. Después hundió en el lodo la mitad del cuerpo del pollito comenzando por su cabeza. Le gustaba sentir las convulsiones del cuerpo que pataleaba al faltarle el aire.

Cuando sintió que se moría, lo sacó repentinamente del lodo, mientras reía al observar el pico abierto totalmente en un intento por pasar el aire. Volvió a hundirlo a intervalos como tres veces más, aunque en la última, el polluelo dejó la vida sumergido en el lodo. Hizo lo mismo con el otro. Le gustaba hacer aquello porque sentía ser el dueño de la vida de seres más pequeños.

Eso creía ver en los ojos de sus padres, más grandes que él por supuesto, cuando le aplicaban las constantes azotainas por los conflictos que provocaba.

Pero qué podía esperarse de un niño bien comido y saludable, que había crecido un poco más que los demás, aunque la curiosidad que le salía por los ojos le aportaba también su parte de problemas.

Su sueño era ser grande lo más rápido posible, para que nadie lo golpeara. Y ese sentido de superioridad mal encaminado le llevó a cometer ciertos actos que ahora mismo les contaré para que juzguen como mejor les convenga.

A los quince días del ahogo de los pollos, el trompo dio con toda la fuerza de la puya contra el trompo de madera que yacía en el suelo. El que lo había impulsado reía de contento, mientras Enrique, con su trompo partido en dos pedazos, lo miraba alucinado.

Sacó el que traía de reserva en la bolsa de su pantalón. Enrolló el hilo lentamente, como saboreando cada vuelta. Colocó el nudo entre los dedos finales de su mano, y lo impulsó con toda la fuerza del coraje. El trompo dio los giros en el aire como un pequeño remolino, pero la puya no daría nunca contra el suelo. Lo había dirigido de tal modo al jalarlo, que en una de sus vueltas se estrelló en la ceja izquierda del niño.

Al principio sintió como el piquete de un alacrán. Luego un dolor caliente que le bullía por su ojo hasta llegar a su corazón. Quiso gritar pero no pudo, porque Enrique lo había agarrado del cuello mientras le decía colérico:

–¡Donde se te ocurra decir que yo te hice esto, te aseguro que te haré algo peor! ¿Te gustaría morir ahogado como los pollos? Te aseguro que yo sé hacer eso. ¡Así que más te vale no decir nada!

Y habiendo dicho esto corrió riendo como loco hasta su casa con su trompo ensangrentado. Al escuchar los gritos de dolor de su hijo, la madre del pequeño abandonó el comal de las tortillas.

Guiada por el llanto, corrió donde su vástago luchaba por parar la sangre que escurría de su herida. Rompió una parte de su huipil y taponó la ceja con la tela, mientras le inquiría cómo le había sucedido todo aquello. Pero el niño guardaba silencio, sobre todo al imaginar su cabeza sumergida en el lodo, ahogándose como los pollos.

Por las complicaciones que siguieron a su herida, perdió el ojo izquierdo minado por la infección. Pero nadie supo el rastro del culpable de aquella tragedia que fue quedando en el olvido.

Un día del mes de junio, poco antes de que llegaran las lluvias, el coche de caballito cruzó por donde Enrique llevaba su cubo de nixtamal al lugar de la molienda. Pero no iba solo. El niño que lo acompañaba llevaba también su nixtamal hasta el molino. Los pequeños tenían la costumbre de aprovechar el trote lento del caballo para subirse en la barra trasera del coche y viajar cómodamente algunas calles, según la ruta que quisieran.

Cuando Enrique intentó subirse, el coche aceleró el paso. Rodó por el suelo seguido por su cubeta. Su compañero reía a carcajadas ante tal acontecimiento. No dijo nada. Se levantó sacudiéndose el polvo de la ropa. Recogió como pudo los granos regados por el suelo con todo y las pequeñas piedras del camino. Lo retacó en su cubeta y se acercó al compañero que no paraba de reírse.

Colérico lo aconchó contra el poste de la luz, poniendo su antebrazo en su garganta.

–¡Dame tu cubeta de nixtamal! Agarra la mía como si fuera tuya. Y cuídate de decir algo de esto. ¿Te gustaría morir con la garganta llena de lodo como los pollos? Te aseguro que yo sé hacer esto.

Agarró la cubeta de su compañero. Avanzó hacia el molino. Riendo a carcajadas como loco.

Así los años se fueron yendo como se van las nubes: A veces como si tuvieran prisa, otras veces como si no quisieran irse. Pero eso sí, de cualquier modo se llevan la vida de uno junto con ellos. Y así se fueron llevando la vida de este niño acercándolo a la juventud. No sin antes recibir los castigos dolorosos que ameritaban sus tropelías.

Como cuando soltó los borregos de su abuelo, y estos se fueron desperdigando por el monte, de tal modo que de los treinta, no regresó ninguno. O como aquella vez, en que de un golpe, le quebró la nariz a otro niño, sólo porque le habían ganado un palo de volador, de aquellos que después de estallar en el cielo no tienen mayor utilidad que eso.

Y ni qué decir de aquel momento en que había hecho un agujero en una de las paredes de lámina del cuarto de baño y contemplado alucinado a su tía bañarse como si nada. Aquello fue de verse. Cuando lo descubrieron, su tía gritaba como loca, de tal modo que se armó el alboroto en la casa. Los cintarazos que le dieron fueron tales, que durmió varias noches boca abajo en su hamaca, para no dañar aún más las heridas de su espalda.

Aunque a él le pareció que los fajazos que más dolor le ocasionaron fueron aquellos cuando, siendo un jovencito, no lograba desligarse del todo de su niñez. Se daba cuenta que crecía, aunque a veces no concordara su mente con su estatura.

El caso al que me refiero fue el siguiente:

El árbol de guayabas del cubano, orillaba sus gajos olorosos trasponiendo la albarrada que daba hacia la calle. Enrique se había puesto de acuerdo con “El Pato” para bajar la fruta de los gajos. Pero “El Pato”, más habilidoso para estos menesteres había llenado el sabucán que había llevado.

Entonces decidió dejarlo a la mitad de la cosecha. Le dijo que no lo ayudaría a llenar su sabucán. Que él tenía suficiente para irse.

Enrique lo miró enojado, como midiendo su valentía. Colérico lo empujó contra la albarrada mientras le decía…

CONTINUARÁ

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