EL HUAY PAVO

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Por: Yoxi.

Cuentan que hace mucho tiempo vivió un joven llamado Imox en un pueblo de Yucatán. Era un muchacho muy sensible y tímido. Conoció a una bella doncella llamada Lol-bé y se enamoró de ella.

Los padres de ella -debido a una vieja rencilla familiar de la cual los jóvenes eran ajenos- le prohibieron a Lol-bé ver a Imox. Ella, con tristeza, obedeció a sus padres y sin explicación le pidió a Imox que ya no se volvieran a ver.

Imox quedó devastado, se encerró y lloró por meses a la bella Lol-bé. Un día, estando a punto de quitarse la vida colgándose del hamaquero de la humilde choza, le descubrió su madre Ytzayana, que se lo impidió. Fue entonces que su padre Ek-Chuak, tomando cartas en el asunto, lo llevó a ver al viejo Ah-puch, el X’men del pueblo, que creían conocía el remedio para todo mal en esta vida, inclusive el mal de amores.

Ah-puch vivía en una choza apartada del pueblo y no gozaba de muy buena fama con el párroco de la Iglesia, aunque muchos a escondidas recurrían a él para curarse de diversas enfermedades o a pedir consejo.

Después de la primera visita a Ah-Puch, Imox se sintió convencido con su sabiduría y sus promesas. Así que, bajo su tutela, Imox decidió estudiar con él las antiguas artes mágicas de sus ancestros mayas, para por estos medios, obtener u olvidar el amor de la bella Lol-bé.

El viejo X’men le advirtió que aquel conocimiento era muy serio y que tenía un alto precio, su propia alma estaría en juego; un error le podía llevar al fondo de alguno de los nueve infiernos del inframundo maya, que yacen en la profundidad de la tierra bajo el árbol sagrado, donde almas olvidadas experimentan indecibles sufrimientos; malditas para siempre, yacen entre las sombras.

También le enteró que, si usaba el conocimiento diligentemente, una falta menor tal vez podía ser negociada y aun perdonada por los señores del inframundo a cambio de alguna ofrenda; Que la entrada o portal al inframundo se encuentra en el tronco de la ceiba, por lo que debía ser cuidadoso de no aproximarse a ésta mientras estuviera transformado en su Huay.

Para llevar a cabo el conjuro de transformarse en su Huay o “animal de poder”, debía escogerlo primeramente, siguiendo ciertos procedimientos: Debía salir de noche en luna llena a recolectar ciertas yerbas y cortezas de la selva que, maceradas y fermentadas adecuadamente, le servirían para preparar la pócima que bebería durante el ritual. Ofrecería también en sacrificio a su “animal de poder”, sólo entonces la transformación sería segura.

Una vez transformado, podría realizar hazañas increíbles, como cubrir grandes distancias en corto tiempo, volar en la obscuridad de la noche e ir donde quisiera y hacer también lo que él quisiera.

Siguiendo cuidadosamente las instrucciones de su X’men, estudió con él por veintidós meses. Finalmente aprendió el ritual de memoria y reunió todos los elementos para llevarlo a cabo. Escogió un pavo como su animal -que era lo que tenía más a la mano en el corral familiar-. Se convertiría así en un ser poderoso, un enorme pavo negro de intimidantes ojos rojos. Bajo esta forma llevaría a cabo sus andanzas nocturnas en los pueblos o en la selva, en busca de víctimas para asustarles o lastimarles y hacerles pagar lo malo que le hubieran hecho.

Una vez reunidos todos los elementos para el ritual, Imox se internó en la selva. En un claro escondido -que para este propósito descampó previamente- prendió una fogata que le alumbró a cierta distancia, hizo un altar con piedras sin labrar, con ceniza dibujó cuidadosamente un circulo con símbolos mágicos en el centro, colocó alrededor nueve velas negras equidistantes.

Prendió las velas y ató al animal -el pavo- en una estaca al centro del círculo. Sacó cuidadosamente su cuchillo de un paño rojo y una jícara para recibir la sangre del animal a sacrificar. Colocó los elementos a los lados sobre el altar, junto con un espejo y la pócima que debía beber.

Se desnudó y llevando sólo un pequeño taparrabo, se pintó los símbolos mágicos en el cuerpo con tizne y así comenzó su ritual.

Imox cantó de memoria los ensalmos, rezó los padrenuestros requeridos al derecho y al revés -tal como le indicó su mentor-, tomó la pócima de hierbas, hizo gestos al beberla pero la apuró completamente -era muy amarga- y comenzó entonces un frenético baile ritual alrededor del círculo con un cántico monótono: wipi, wipi, kan, kan, kan… wipi wipi…

Cuando tuvo la sensación de que ya era el momento, tomó el cuchillo, se arrodilló frente al pavo y lo decapitó. El animal brincaba salpicándole de sangre, lo inmovilizó con la pierna y vertió la sangre en la jícara; cuando ésta tuvo suficiente, la puso aparte y hundió el cuchillo bajo la pechuga al pavo, rápidamente le abrió las entrañas, le sacó el corazón que aún latía y lo puso sobre el altar.

Se levantó, tomó la jícara con la sangre y mientras cantaba: haya, haya, yioueeee… haya, haya… ofreció la sangre salpicando un poco con un hisopo de hierbas a los cuatro puntos cardinales. Regresó luego al centro del círculo y bebió el resto de la sangre.

Continuó entonces con un frenético baile ritual, dando giros sobre sí mismo cada vez más rápido hasta que, en un momento, se formó un extraño y fuerte remolino negro sobre él, que zumbando lo levantó por los aires, la fogata lanzó una espantosa llamarada y se escuchó un fuerte trueno, la transformación en Huay Pavo tuvo lugar.

Era un amenazante pavo negro, tres veces más grande que uno normal. Era feo y maloliente, hacía ruidos raros parecidos a los de un pavo cuando está molesto pero más fuerte. Tenía unos terribles ojos rojos que, como dos siniestras linternas, brillaban en la obscuridad.

Se posó de un salto sobre el círculo bajando en aleteo desde la vorágine del obscuro remolino, que en ese momento cesó. La fogata regresó a la normalidad alumbrando entre sombras al siniestro engendro en que se acababa de transformar Imox.

Estaba feliz, se miró en el espejo y se sonrió para sus adentros. Dando un salto y aleteando emprendió un loco vuelo, elevándose muy alto graznando de placer, la sensación de poder era increíble.

El Huay Pavo regresó después de un rato al sitio del ritual y girando al descender en sentido contrario, recobró su forma humana original. Imox había logrado su objetivo.

En las noches de luna nueva, cuando la obscuridad era su mejor aliada, realizaba sus transformaciones en un claro de la selva. Ahora sólo necesitaba un amuleto que preparó con las cenizas del corazón del pavo, y girando como trompo, mientras decía las palabras mágicas… ¡púm!, se convertía en el Huay-Pavo.

Una noche que se sentía particularmente atormentado con los recuerdos de su amada, se transformó nuevamente, se elevó de un salto y voló por la selva sobre veredas y caminos de piedras y finalmente se dirigió al pueblo, donde todos dormían a esa hora.

Bajó frente a la casa de su amada, se acercó al corral haciendo sus ruidos raros, provocando que todos los pavos en el corral se alborotaran haciendo un escándalo. Vio unas ollas de comida y unas mazorcas que estaban afuera de la choza propiedad el padre de Lol-Bé, y en un arranque de ira, volcó los trastes, pisoteó el contenido y lo revolvió todo. Con el alboroto la gente en el interior se despertó, prendieron una luz, pero antes de que salieran y pudieran verle, él se remontó por los aires y desapareció.

El padre de familia salió con una escopeta y vio el tiradero de cosas, oyó el alboroto de los animales pero no vio nada en la obscuridad de la noche.

¡Quien anda ahí! ¡Te voy a matar ladrón!

Después de un rato se hizo el silencio, bajó el arma y se metió a la casa, cerró con tranca y apagó la luz.

Imox al regresar y recobrar su forma, se sintió frustrado al recordar lo absurdo que había sido destruir propiedad ajena, sólo porque se sintió enfurecido ante la vista de la cabaña de su amada Lol-bé. Sabía que el padre tenía una escopeta y que un disparo -aunque no le mataría en el momento- al regresar a su forma original la herida podía ser fatal, matándole en pocos días en medio de gran sufrimiento, pero fue su huida lo que le pareció finalmente su falta y una cobardía.

En adelante, sólo le importó la sensación de poder, su carácter se fue debilitando, centrando en sí mismo, en su venganza. Él era ahora el poderoso “Huay Pavo” y podía hacer lo que quisiera, cuando quisiera y nadie lo podía a evitar.

Buscó ahora la manera de saldar viejas cuentas con personas que -según él imaginó- en el pasado le habían hecho daño y ¿por qué no? -pensó-, algún día también haría pagar a Lol-bé por su desprecio.

Sin control, su maldad iba en aumento y empezó a asolar la zona con sus fechorías. Solía recorrer caminos y la selva en busca de doncellas para hacerlas sus víctimas, las seguía, se les hacía presente y con su roja y torva mirada las paralizaba de terror, enloquecían y las mataba entre chillidos, aletazos y su letal miasma, después, les rompía sus vestidos y jugaba con sus cuerpos, los pisoteaba y les desfiguraba la cara a picotazos como sello de marca de que había sido “El Huay Pavo” el autor de la fechoría. Su sed de venganza no tenía límite.

Un día Lol-bé, su amor imposible, regresaba al pueblo tarde y sola por un descuido al quedarse tarde a una reunión con sus amigas. Le cogió la noche caminando en despoblado, a mitad del campo oyó los tétricos graznidos del Huay Pavo, se asustó mucho, con tantos rumores como había escuchado de la suerte que corrieron otras doncellas.

Su abuelo -que era conocedor de los peligros de la noche- le aconsejó que llevara siempre consigo al viajar su rosario y una ramita de ruda fresca. Que, si oía algo extraño en la noche, se refugiara de inmediato bajo una ceiba -árbol sagrado-, donde estaría a salvo, siempre y cuando, no viera directamente a los ojos a ninguna criatura extraña que se le presentara.

Ella, al escuchar los graznidos, de inmediato se refugió bajo una frondosa ceiba que encontró a unos metros del camino, sacó su ramita de ruda, se la puso en la oreja, tomó su rosario y se puso a rezar.

Una pálida luminosidad protectora apareció rodeándole en la obscuridad. El Huay Pavo la divisó a lo lejos y se dirigió volando hacia ella. Se le abalanzó, sin darse cuenta que la Ceiba -protegiendo a la muchacha- movió una de sus ramas como por el viento, el Huay Pavo chocó con la rama que le catapultó tirándolo al suelo y revolcándolo en la tierra por varios metros al aterrizar. Lo que le sacó de su concentración huay-pavuna, volviéndole a su forma humana.

Caído así en el suelo y aturdido, ella lo reconoció y le habló por su nombre:

–¡Imox ¿qué tienes?, ¿por qué haces esto?!

Acto seguido sacó su rosario, puso el crucifijo de frente apuntándolo en su dirección, él se levantó y primero retrocedió cubriéndose la cara con los brazos como repelido por el crucifijo, tomó aliento y, entonces retador, avanzó hacia ella, dio unos pasos trastabillantes, pero como si le hubieran atacado reumas no pudo caminar más, luego trató de girar para convertirse de nuevo en Huay Pavo, atacarla y consumar su venganza, pero una extraña fuerza no se lo permitía, estaba paralizado.

El rojo resplandor de sus ojos había desaparecido, así como sus poderes sobrenaturales. Él, sin creerlo todavía, miró fijamente a los ojos a Lol-Bé para enloquecerla, pero no pasó nada, ella lo miró con compasión y le dijo:

–Imox, no me hagas daño, entiende, yo te quise bien. Fueron mis padres los que me prohibieron seguir contigo, me obligaron y no lo pude evitar. Me dolió mucho dejarte, pero siempre guardaré un dulce recuerdo de ti en mi corazón, entiende que lo nuestro no pudo ser, olvídalo.

Imox quedó inmóvil, la siguió viendo a los ojos y vio que en el fondo, verdaderamente ella le amó, con un amor simple y puro. Lágrimas de sentimientos encontrados rodaron en silencio por los ojos de ambos.

–¡Imox, para ya!

Imox sabía que su poder le había abandonado, que en esa condición no debía ver a los ojos a la  mujer porque le atraparía y moriría, pero no podía dejar de mirarla, su mirada le había conmovido profundamente.

Entendió que estaba perdido pero ya no le importó, un resabio de amor asomó dentro de su ser pero súbitamente se apagó. Cayó de rodillas, ya sin fuerzas y balbuceó.

–Perdóname Lol-bé, yo no lo sabía…

–Yo te perdono Imox…

Imox, así arrodillado, esbozó una sonrisa, bajó la cabeza y se empezó a transformar poco a poco en piedra, se colapsó sobre sí mismo y quedó ahí convertido en una humeante piedra negra.

La base de la ceiba se abrió súbitamente con un fuerte ruido como viento, era un portal azul frío, como una cueva con una escalinata de piedra hacia abajo. De él salieron unos pequeños demonios panzones retozando, riendo y burlándose. Atraparon la silueta humana negra que en ese momento se desprendía de la piedra en la que se había convertido Imox, era su alma que se escapaba y venían por ella.

La cogieron llevándosela a rastras, la introdujeron al temible portal, al inframundo maya. Se escuchó un grito hueco, desgarrador, como salido de las profundidades del abismo y el portal se cerró de golpe.

La muchacha no pudo soportar más la impresión y se desmayó. Un aroma a flores llenó el ambiente.

Al otro día unos caminantes encontraron a la muchacha vagando sola sin rumbo por el camino. La reconocieron y la llevaron a su casa. Tenía la mirada perdida, traía un rosario entre las manos y unas flores en su regazo. Lol-bé no habló nunca más, los médicos que la vieron dijeron que la joven perdió la cabeza tal vez por una fuerte impresión.

FIN

Vocabulario

X’Men – Brujo

Lol-bé – Flor del camino

Huay Pavo – Brujo transformado en pavo

Itzayana – Regalo de Dios

Imox – El nombre de las cosas ocultas

Ah-puch– Muerte violenta

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