YO SOY LA RESURRECIÓN

 

FOTO OFIC yoxi cuad

Por: Yoxi.-

Claudio llegó corriendo a la estación de trenes de Buenavista, le habían dado la Semana Santa libre en su nuevo trabajo, del que estaba muy orgulloso. Había llegado a la Ciudad de México procedente de su pueblo, Ameca, Jalisco, hacía dos años, con una mano adelante y otra atrás, pero con el sueño de progresar a toda costa.

Las cosas le iban bastante bien ahora dado su “potencial humano”: era alto, güero, atlético y un gesto intimidante cuando se lo proponía.

Consiguió trabajo en la Cámara de Diputados como “asesor” de un paisano de Comala, que ya se había hecho rico. Era conocedor de los tejes y manejes de la política, y que también en su momento llegó sin nada y encontró un mecenas, que a cambio de su fidelidad incondicional (viera lo que viera, se callaba), le contrató. Su potencial también estaba en su mano izquierda.

Claudio le servía a su jefe cuidando sus espaldas y de chofer. Era en un ambiente muy elitista, así como peligroso, donde la riqueza estaba asegurada sin darle cuentas a nadie, si se era suficientemente astuto y creativo.

Viajaba en Pullman a Guadalajara, pronto estaría con sus familiares para platicarles de su rápido progreso y de sus planes para la conquista de México. Estaba dispuesto a todo para obtener la posición y la riqueza que creía merecer, sólo por ser bonito.

Presentó su boleto, subió al tren y se sentó en el vagón de día, dispuesto a disfrutar el viaje.

Pronto se escuchó la campana y los pitidos del tren anunciando su salida. El chucu-chú no tardó en escucharse, el viaje había comenzado. Frente a él a su izquierda, viajaba una muchacha joven de pelo negro largo, bellos ojos tapatíos y exuberantes atributos.

Él, que al parecer ya era un poco cínico, parecía a ratos ausente mirando el paisaje, pero cuando creía no ser visto le observaba las piernas a la dama. Ella se sentía incómoda, el tipo no era de mal ver – pensó- y que bien podía hacer algo más constructivo, como iniciar una plática y no sólo mirarla de ese modo tan molesto y descarado.

En eso él se levantó de su asiento. Era una mole humana que le intimidó. Se le acercó mirándole como asomándose debajo de las piernas primero y luego a los ojos directamente y le dijo:

–Disculpe señorita, vi algo tirado debajo de su asiento, ¿me permite recogerlo?

–Sí Señor –balbuceó ella.

Confundida y apenada se hizo chiquita, apretó las piernas y las quitó de la trayectoria de su enorme manaza que buscaba algo, tanteando bajo su asiento.

–Aquí está, es un libro. Perdone, ¿es suyo?

–No, no es mío, no se preocupe.

–Bueno, lo voy a tomar a ver si dice quién es el dueño.

Claudio regresó a su asiento con el hallazgo. Era un viejo libro como una novela vaquera, estaba muy usado, forrado con papel de estraza. Probablemente su anterior propietario lo quería conservar y ahora lo había perdido para siempre.

La muchacha se relajó al ver que Claudio abrió el libro y se concentró en su lectura sin mirarla más.

Llamaron a la cena y Claudio no podía dejar de leer. El libro le atrapó y siguió leyendo durante la cena. Más tarde le indicaron su camarote en el carro dormitorio y siguió leyendo durante la noche.

Claudio era un soldado romano que junto con sus compañeros Nonio, Donacio y Calpurnio, iban seguidos de otros soldados, dirigidos por su comandante, un centurión romano llamado Longino.

Estaban en Jerusalén, llevaban sus armas de campaña y se dirigían a una misión a la fortaleza Antonia. Debían recoger a unos reos de muerte para llevarlos al monte Gólgota para ser ejecutados.

Llegaron al sitio y les sorprendió el alboroto que había en el lugar, había una turba que al parecer no había dormido toda la noche para no perder detalle de un juicio improvisado, que se prolongó hasta la madrugada.

Se trataba de judíos en disputa por asuntos de su ley, que finalmente habían intimidado al Cónsul romano, para condenar a un hombre a muerte. Le acusaban de sedición, de pretender usurpar la autoridad del César y de blasfemia por ofender a  Dios y al Templo, haciéndose igual a Él en completa oposición a la Ley judía y romana.

Uno de los condenados -pensó Claudio- debe ser el conocido bandolero judío llamado Barrabás, que supo había sido atrapado recientemente. Era probablemente uno que parecía el líder, pues había sido azotado y ultrajado inmisericordemente; los otros dos, probablemente sus secuaces, parecían gozar de un mejor tratamiento. Para Claudio, sin embargo, esto no era cosa que le preocupara demasiado, sólo obedecía órdenes por una buena paga, sabiendo que en un futuro no muy lejano, si desempeñaba bien su trabajo, podía tomar el lugar de su jefe o quizás colocarse en un importante cargo político, o ganar una prefectura en alguna provincia para gobernarla, hacerse muy rico y casarse con una bella mujer para tener hijos que heredaran su inteligencia y sagacidad.

Les entregaron a los reos, calzados con enormes cruces de madera y así comenzaron un lento asenso por la vía principal de Jerusalén rumbo al Gólgota; no era la primera vez que participaba en una ejecución, sin embargo, le llamaba mucho la atención la inusual cantidad de gente del pueblo, que junto con los dirigentes y principales del Sanedrín judío, les acompañaban en la larga procesión gritando improperios y maldiciones al más desamparado y lastimado de los condenados.

Longino, el centurión al mando, les apuraba a gritos pues avanzaban muy lentamente por causa del más débil, todo parecía ir bien, cuando de repente el reo principal, con evidentes señales de inanición, no pudo cargar más el peso y cayó bajo la cruz. Los soldados de menor rango que portaban látigos de siete puntas, se dedicaron a golpearle y apurarle para que se levantara pero no se podía levantar, parecía que lo iban a matar ahí mismo a latigazos.

Claudio, como soldado de mayor rango, les ordeno que pararan.

–¡Alto! dejen que se levante, así no vamos a ir a ningún lado…

Pararon de golpearle y Claudio se acercó, le quitó la cruz de encima y la puso en posición para que pudiera llevarla de nuevo, éste, en silencio y trastabillante, se puso de pie y volvió a tomarla. Claudio sintió algo muy extraño cuando estuvo frente a él, le miró a los ojos y el reo le miró de regreso, pero contrario a lo que esperaba de un hombre en esas condiciones, siendo abusado y conducido a su muerte, su mirada era tranquila, dulce e intimidante para un hombre rudo como él; le conmovió profundamente, no lo podía comprender pero debían seguir.

La procesión continuó, la gente eufórica -azuzada por los dirigentes- gritaba más insultos en contra del reo. De repente, una mujer de entre la multitud, burlando a los soldados que les flanqueaban, se acercó con un paño y le enjugó la sangre que le chorreaba por la cara al condenado.

Algo pasó, Claudio no supo qué, pero hubo un griterío de la gente y la mujer gritó, dijo algo de una imagen, echó a correr y se perdió entre la multitud.

Los soldados la cogieron a latigazos nuevamente contra el reo principal para que siguiera caminando.

Longino el centurión arengaba a los soldados desde la cabeza del grupo y Claudio, en el medio con sus otros compañeros, obedecía.

El reo cayó de bruces nuevamente con la cruz encima, era imposible que continuara. Claudio notó entre la multitud a un hombre que hacía rato seguía de cerca al reo, parecía conocerle y aún le oyó decirle maestro. Cuando éste se acercó de nuevo, esta vez con la intención de ayudar al caído, Claudio le tomó y obligó entonces a llevar la cruz en lugar de su “maestro”, como le había llamado´, y callado obedeció.

La procesión avanzó así más ligero. Cuando llegaron a su destino, la cima del monte Gólgota. los verdugos ya les esperaban para hacer su trabajo. Tomaron al reo principal, lo tendieron sobre su cruz y le clavaron de manos y pies, acto seguido levantaron la cruz y la dejaron caer de golpe en un hoyo que habían cavado en el suelo para fijarla; el dolor que experimentó el crucificado debió ser terrible, pero éste callaba.

Enseguida izaron a los otros dos reos a sus lados de igual forma, pero estos últimos no fueron clavados sino amarrados fuertemente de los brazos a sus cruces, tal vez por considerar su complicidad como un delito menor. Sin embargo, su destino final también sería morir de deshidratación e inanición ahí colgados en sus cruces.

Comenzó así la terrible espera hasta que murieran los hombres ahí colgados, mientras la gente desfilaba delante de ellos insultándoles, moviendo la cabeza en desaprobación y arrojando tierra al aire.

Pusieron una escalera, y un hombre subió a la cruz central con una tabla escrita con los cargos que se le imputaban al reo principal. El hombre la clavó en el madero, sobre la cabeza del crucificado. A la letra decía: “Este es Jesús, El Rey de los Judíos”. “¿Qué clase de cargo es ese? -Pensó Claudio-, si los judíos no tienen rey, que yo sepa… ¿Qué pasa aquí?”.

Miró a Jesús y dijo en su mente:

–¿Tú no eres Barrabás? ¿Qué clase de delito cometiste hombre para merecer este castigo?

Entonces oyó claro y fuerte en su mente que Jesús le contestaba:

–Yo para esto he nacido, estoy aquí para morir por tus delitos y los de toda la humanidad.

–¿Quién eres?

–Soy el Hijo de Dios, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Claudio se conmovió, Jesús le miraba con compasión infinita, y prefirió desviar la mirada para no verle más.

Sus compañeros le llamaron en ese momento para que participara echando suertes con ellos sobre el manto de Jesús, que era de una sola pieza,  para ver quién lo ganaba.

Sin ganas, pero para no mostrar debilidad ante sus compañeros, les siguió el juego. Echó la suerte y le tocó el manto. No podía ser –pensó-. Lo aceptó con una fingida sonrisa que pareció más una mueca de dolor, cogió el manto, descuidadamente lo hizo bola y lo puso en el suelo junto con otras pertenencias y se alejó, el tiempo avanzaba muy lentamente.

Se alejó unos pasos del grupo y en eso escuchó a Jesús decir: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Se alejó un poco más y lloró en silencio.

Como a la hora sexta Jesús gritó con gran voz: “Elí, Elí, lama sabactani”.

Una enorme y densa nube negra, como jamás se había visto, bajó y les cubrió a todos; el cielo se obscureció totalmente en el monte. Jesús tomó un último aliento y dijo: “Consumado es”, y expiró…

Un terremoto se sumó a la terrífica obscuridad, sacudiendo a los presentes, que fueron sobrecogidos de gran temor.

Claudio, asustado sin saber, habló en voz alta: “¡Verdaderamente este era el Hijo de Dios!”.

La obscuridad permaneció como hasta la hora nona. Fueron a avisar al Procónsul que Jesús ya había muerto. Llegaron dos hombres con una orden a reclamar el cuerpo. Longino la leyó, entonces se acercó al cuerpo de Jesús y con su lanza lo atravesó en el costado, para rematarlo por si acaso todavía tuviera algo de vida. Les entregó entonces el cuerpo. Lo descolgaron con cuidado y se lo llevaron al cementerio.

Claudio, desolado, regresó con sus compañeros al cuartel, sólo para enterarse que el lío seguía. Les habían pedido ahora a los soldados que mantuvieran una guardia permanente en la tumba, porque temían que sus seguidores robaran el cuerpo.

A él le tocó la primera guardia y ahí tuvo que estar todo el sábado, parado, vigilando. Al anochecer, muerto de cansancio se fue a su casa, llevando consigo el manto de Jesús, que por extraña razón ahora le hacía sentirse mejor.

Durmió sin parar hasta el domingo en la mañana. Soñó que estaba en un campo verde hermoso y que el cielo era muy azul. Jesús venía a su encuentro vestido con una túnica blanca, rodeado de un cegador halo de luz. Jesús le habló y le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque esté muerto, vivirá, yo no te condeno, vete y no peques más”.

Él, arrepentido, se arrodilló ante él y aceptó su perdón.

Sobresaltado y bañado en sudor despertó, alguien golpeaba fuerte la puerta. Como insistía se levantó y abrió la puerta. Era Calpurnio, su compañero de milicia que venía muy asustado. Entró a la casa blanco del rostro y asesando. Le relató lo sucedido esa misma mañana de domingo.

–Estuvimos haciendo guardia toda la noche frente a la tumba, amanecía cuando de pronto una gran luz más luminosa que el sol apareció, la piedra del sepulcro rodó por sí misma con gran estruendo dejando abierta la tumba. Quedé paralizado de miedo. Se escucharon dulces canticos que venían de arriba y de todas partes. De pronto Jesús apareció resplandeciente y salió de la tumba con los brazos abiertos. Perdí el conocimiento y cuando desperté, Jesús ya no estaba ahí, ¡había resucitado y se había marchado! Tomé la espada para matarme por haber fallado como soldado en la custodia de la tumba, pero un hombre vestido de una túnica blanca resplandeciente me detuvo. ¡Alto me dijo! No te hagas daño. Jesús ha muerto y resucitado por ti también, busca a sus apóstoles y únete a ellos para que entiendas y seas salvo.

–Calpurnio, escucha, yo también tuve una experiencia con Jesús. Creo que es el Hijo de Dios. No quiero volver a ser el mismo, he decidido abandonar la milicia y buscar a los apóstoles de Jesús para seguirle.

Se abrazaron y lloraron. Claudio sacó la túnica de un cajón, parecía estar recién lavada y planchada, entonces, juntos huyeron de la ciudad. Ambos desertaron del ejército romano y se unieron a los apóstoles, que les aceptaron como compañeros, y en adelante se dedicaron a anunciar el Evangelio, dando su testimonio de cómo se encontraron con Jesús.

Claudio despertó llorando amargamente en su dormitorio del tren. El cochero que le escuchó se acercó para ver qué le pasaba.

Claudio le dijo que lo sentía, que solo tuvo un mal sueño, pero que todo estaba bien ahora. Eran las tres de la mañana.

Al día siguiente, sentado frente a su compañera de viaje, alegre le hizo la plática. Le dijo que iba a buscar trabajo a Guadalajara, le regaló el libro y le dijo que le gustaría volver a verla.

FIN

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