SEGUIRÉ SUS PASOS

foto analeti

 

Por: Ana Leticia Menéndez Molina.-

Aquella era una fresca tarde, soplaba un fuerte viento que venía del sureste, presagiando que caería una fuerte tormenta.

La posada “Torre de Tintoreros” en Mignol Nuniya, ciudad portuaria en la costa occidental del mar Egeo, a 3 kilómetros al norte de Tiberíades, esperaba ya a los pescadores y comerciantes, pues se anunciaba mal tiempo, deberían resguardarse y esperar a que pasara el vendaval.

Ahí se encontraban varias mujeres que atendían a los hombres, y a las familias que llegaban a comer y descansar.

María Magdalena era una mujer alta y fuerte, con una hermosa cabellera negra trenzada. Era una torre fiel y el apoyo para aquella gente que venía desde muy lejos en busca de refugio a la posada. Era una mujer rica, empresaria -como muchas otras- que se dedicaban al comercio. Había hecho su fortuna al morir Tela -Lidia- su inseparable amiga quien vendía púrpura.

La púrpura era un tinte muy caro que sólo se usaba en ropa de ricos y era muy codiciada, también vendían telas, sandalias y todo tipo de mercancía, así como comida y vinos selectos muy finos.

María Magdalena me había citado esa misma tarde invitándome a la posada, pues ahí se juntarían varias personas para platicarnos sobre lo vivido en aquellos días.

Yo, que soy incrédula, dudé al principio en asistir, pero de todas maneras me tenía que resguardar de aquel mal tiempo, Y confieso que al verla tan cambiada no pude negarme, ese era el mejor momento.

Realmente María Magdalena era una mujer increíble, íntegra y de palabra, yo la conocía desde hacía ya mucho tiempo y había visto los cambios que tuvieron lugar en su persona y su forma de vida.

Cuando todas las personas estaban ya reunidas, María Magdalena hizo las presentaciones: Salomé, Juana -mujer de Cieza el intendente de Herodes-, Susana, María -la madre de Jacobo y José-, otra María -quien era madre de Zebedeo- y muchas mujeres más.

Había también varios hombres, entre ellos estaban igualmente algunos apóstoles y otros seguidores de Jesús.

Dio inicio la plática relatando cómo El Maestro le había librado de siete demonios, como todos sabemos, esos siete demonios perjudicaban su vida y su mente; al tenerlos, ella padecía muchas enfermedades y por varios días no podía ni caminar, había perdido algo de visión, tenía continuamente dolores de cabeza.

Al sanarla Jesús, le dijo:

“Mujer, te trajeron ante mí para condenarte. Pero yo no lo haré, vete y no peques más”.

María fue cautivada por el poder y la presencia de Jesús, la serenidad en su mirar y la confianza que él depositó en ella. Jesús le abrió su corazón.

Esto hizo que ella fuera impulsada a dejar todo y seguirle alrededor de Galilea, y lo admiró y le dio el más alto título de honor, llamándolo Mi Maestro.

Muchas personas fueron sanadas de espíritus malignos, y otras enfermedades; Quien no veía, empezaba a ver; y quien no caminaba. empezaba a caminar. Habían sido tantos los milagros, que multitudes les seguían por aldeas y ciudades, mientras predicaban la buena nueva del Reino de Dios, y con ellos los Doce Apóstoles.

María Magdalena estuvo con Jesús en muchos momentos críticos de su vida y ministerio y fue de gran apoyo para Él y para mucha gente.

Nos cuenta que cuando crucificaron a Jesús, era el mediodía del viernes y que José de Arimatea -quien era un hombre rico-, miembro distinguido del Consejo, que también había sido seguidor y esperaba el reino de Dios, se atrevió a presentarse ante Poncio Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús.

Pilato, sorprendido de que ya hubiera muerto, le preguntó a un centurión:

–¡Clavius! ¿Es verdad que ha muerto ya Jesús el crucificado?

–Sí –exclamó–, ha muerto ya.

–Entrega entonces el cuerpo a este José de Arimatea.

María Magdalena, muy afligida, nos contó los detalles, al mismo tiempo que invitaba a más personas que iban llegando a la taberna a unirse a la reunión. Ya acomodados todos los oyentes, continuó:

“José se llevó el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo puso en un sepulcro de su propiedad que él mismo había labrado. Dejó el cuerpo, rodaron una gran piedra a la puerta del sepulcro y se alejaron, quedando sólo los soldados de guardia”.

María Magdalena le dio la palabra a María, madre de Jacobo y José, y ella nos contó con mucha firmeza y seguridad, confirmando lo que María Magdalena había expresado, y nos dijo que después del sábado fueron a visitar el sepulcro y se quedaron a vigilar y casi a cuidar a los soldados, pues no confiaban en ellos.

Convencidas de que Jesús estaba ahí, donde José lo dejó, no les quedó más que sentarse y esperar hasta que alguien viniera a retirar la piedra para poder terminar de ungirlo, pero no sabían qué sucedería.

“De repente, hubo un gran terremoto porque un Ángel del Señor bajó del cielo, rodó la piedra y se sentó sobre ella. Su rostro brillaba como el relámpago y de miedo quedaron como muertos los guardias. Yo arranqué a correr dejando las especias aromáticas que llevamos para ungirle, abandonando a María Magdalena, pero ella que es muy fuerte se quedó y me dijo: Quédate aquí, no tengas miedo, entraré yo”.

“Así fue”, nos confirmó María la madre de Jacobo y José.

María Magdalena retoma la plática y continúa. El Ángel le permite asomarse para ver a Jesús. Ella lleva las especias aromáticas para ungirle. El lugar está vacío, ella llora y se lamenta. De repente Jesús aparece junto a ella y le habla, ella es la primera persona que lo ve resucitado y le escuchó tranquilamente todo lo que El Maestro, Mi Maestro, como ella le dijo. Ahí le reveló sus instrucciones y sus más íntimos deseos.

Gozosa fue a dar las nuevas de la resurrección. Ellas, al saberlo, fueron presas de miedo y gozo entremezclados. Después, estando todos juntos orando, Jesús se les presentó:

“¡Paz sea a vosotros!”. Ellas, acercándose, se arrodillaron y le adoraron.

Cuentan que Jesús les dijo: “No teman, avisen y cuenten lo que han visto”.

Jacobo, Juan, Salomé y enseguida Marcos, dieron también fe de lo ocurrido.

Jesús ha resucitado de entre los muertos, va caminando con nosotros en todo lugar por siempre.

Después de esta plática, María Magdalena nos preguntó si tenemos dudas de seguirles en su fe por el Señor y dispuestas a continuar el trabajo de diseminar el Evangelio a toda nación, tribu y lengua. Y si hay preguntas para que ella las pueda responder.

Mucha gente se regocija y se une a ellos.

Nunca está más obscuro que antes del amanecer.

Ya van saliendo a Galilea y al resto del mundo.

¿Qué es la riqueza?, nada si no se gasta, nada si se malgasta.

He dejado todo por ti.

No sé cómo amarte, pero seguiré tus pasos…

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