SU AMOR… SU FORTALEZA…SU INSPIRACIÓN (En memoria de Gaby a un año de su muerte)

FOTO OFIC ANA MARIA

“En la profundidad de los ojos de

 mi niña, descubrí el paraíso”

Alan Frers.

Por: ANA MARÍA ANCONA TEIGELL.-

 La casa está en silencio, los nietos duermen, Doña Tere, no tiene sueño, envuelta en la soledad de la noche, abre la ventana de la sala, inspira con fuerza el aire que la llena de su hija amada. Se sienta, contempla un lucero que la ilumina con su luz, que la baña con su resplandor, sus ojos se llenan de lágrimas ante tanto dolor.

Acaricia suavemente con sus manos las fotos que de ella guardó, desde el momento en que nació. Va sacando una por una, las mira, las contempla y sus labios las besan y las pone sobre su corazón, para sentir en sus latidos a su niña, su adoración. Sus sollozos rompen el silencio, ante el recuerdo de este día, 27 de marzo del 2017, en el que su chaparrita al cielo voló.

Sale al jardín, no quiere interrumpir el sueño de sus pequeños y el de su compañero, eleva los ojos al firmamento como buscándola entre las nubes, escondida en la Luna, recordando las canciones de cuna que le cantaba, cuando la abrazaba, antes de que se quedara dormida tranquila en su regazo.

Comienza a oler a rosas, y, una figura etérea se vislumbra a su lado, la está acompañando, la cubre con su manto cuajado de estrellas, y, con una suave brisa, seca las lágrimas derramadas por la dolorosa ausencia de su niña. Es la Madre Dolorosa, la que como ella, vive el calvario y la agonía de la pasión y crucifixión de nuestro señor. La que llevó en su vientre a nuestro salvador y redentor. Las dos están unidas en un solo corazón, la Virgen María acoge con ternura tanta injusticia y desesperación, tanta tristeza y desolación. Un tenue calor invade el cuerpo de la madre que agoniza hoy, ante el recuerdo de ese crimen  atroz, que le arrebató la vida a su gran amor. Lo que desgarró e hizo girones su interior, dejando una herida abierta que no deja de sangrar, y, que solo Dios, puede sanar.

Ella, no la deja de llamar, Gaby…Gaby…Sé dónde estás, pero quiero verte y poderte de nuevo abrazar. Quiero escuchar tú sonrisa y que me digas mamá, quiero sentir tú presencia, oler tú perfume, por un instante nada más. Se pone de rodillas y comienza a orar, y, en la oscuridad de la noche, ante una luz brillante, la ve llegar. La escucha, la huele, la siente, llena de felicidad, preciosa como las flores en primavera, hermosa como el verdor de las praderas, con un cuerpo espiritual, dónde no hay una sola huella de aquel puñal ensangrentando que traspaso su cuerpo terrenal y la dejó sin vida, en el piso de su hogar.

Una infinita paz inunda su alma, una profunda tranquilidad invade su ser, su Gaby, está radiante como el Sol del amanecer. La Madre, le hizo el milagro de poderla ver, se levanta sin prisa y con un eterno ¡Gracias! se inclina ante la Reina de Reinas, que le ofrendó en este día, el regalo de su amor, saber que su niña vive, ahí, donde mora Dios, que la está esperando para celebrar eternamente la vida, en todo su esplendor.

¡Su niña, su chaparrita, su amor, su fortaleza, su inspiración!

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