PERDER ES GANAR

 

FOTO OFIC DE VANESSA

Por: Vanessa Padmir*.-

Entonces empezó a recordar todo lo que había perdido: dinero, casa, lujos, comodidades o más aún, la rutina, una forma de vida, el camino conocido, y sin duda lo que más dolía: las personas, los afectos, las cercanías.

Nunca pensó que la pérdida pudiera ser tan basta, sabía que lo material era recuperable, pero perder a las personas le resultó una penosa sorpresa. ¡Qué ilusa!, nunca fue dueña de otro ser humano. ¿Cómo podría esperar que siguieran juntos?

La tristeza irruía cada una de sus células, era inevitable; enumerar las pérdidas significaba arrancar un pedazo de ella misma. Dolía, dolía mucho. Mientras se atiborraba con las preguntas más absurdas: ¿cómo fue que pasó? ¿Por qué? ¿Por qué a ella? ¿Por qué hoy que era su cumpleaños? ¿Cómo era posible que el Universo estuviera festejando sin ella? Lloró una vez más…

El torrente imparable de lágrimas parecía callar la mente, que no tuvo oportunidad de increpar más. En el vacío insondable, el silencio se apoderó del espacio, ella no pudo más que observar.

El roble de imponente tronco le ofrecía a su espalda sustento, las hojas eran la confortable sombra que cubría todo su cuerpo; el firmamento ostentaba su bellísimo azul; el verde pasto, recién cortado, permanecía húmedo como si estuviera sincronizado con sus sollozos.

Por un instante, en la quietud del parque, ella recordó lo mucho que disfrutaba pisar descalza la tierra. Bajó insegura el cierre de sus botas, las retiró con cautela, igual que las ligeras medias que usaba. Sonrió.

El frío de la mañana la hacía tiritar, mas los pies juguetones disfrutaban la deliciosa sensación de estar libres. En ese preciso instante lo entendió todo, con cada pérdida se ganaba libertad, con cada incomodidad se ganaba una experiencia nueva. Ella había perdido lo que ya no necesitaba, para ganar algo necesario, desconocido, nuevo. Sonrió otra vez.

Jugueteó descalza un largo rato, el calor de la actividad le hizo olvidar la frescura matutina. Ya no estaba triste, o tal vez sí, aún dolía, pero ya no era igual: dolía bonito. Caminó hasta los columpios, dispuesta a quedarse ahí hasta que tuviera ampollas en las manos, como cuando era niña.

Dejó los zapatos junto al árbol, cabía la posibilidad de que alguien los robara, pero ¿qué más daba? Ya había perdido todo. Se rió de sí misma. Pensó que estaría perdiendo la razón, se interrumpió con una carcajada. ¡Qué ironía!, una pérdida más.

Las rodillas estiradas y dobladas, la espalda hacia adelante y atrás, meter y sacar el pecho, perder y ganar… Después de columpiarse sin tiempo, ella se sentía en perfecto equilibrio. Por primera vez lo supo con certeza, no perdió, sólo se ganó a sí misma, era libre, no tenía nada y en la nada podía construirse todo.

Las miradas obscenas de los transeúntes la seguían. Extrañados se preguntaban ¿qué hacía una mujer sola sin zapatos columpiándose tan feliz? Pero ella ni se percató de su existencia; por hoy, ella era la dueña del mundo, su pequeño mundo.

Ella se despidió del columpio, abrazó al roble, miró al cielo, respiró, empacó sus tristezas, recuperó sus botas y, más importante, se recuperó a sí misma. Estaba lista para el nuevo año en su vida y así renacer.

*Coach en Desarrollo Humano

Coaching, blog, cápsulas, radio, medios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s