MATÉ AL DIABLO…

 

FOTO OFIC yoxi cuad

Por: Yoxi.-

Tano corría desnudo por la calle como alma que lleva el diablo, cruzó el poblado y salió a la carretera, que a esa hora de la mañana estaba saturada de tránsito. Corrió paralelo a la vereda por un trecho y súbitamente cruzó el arroyo sin siquiera voltear. El rechinar de llantas y las mentadas de madre con el claxon no se hicieron esperar, el pobre muchacho salvó el pellejo de milagro.

Ignorándolo todo, corrió más rápido todavía, cruzó el camellón dando un empellón a un peatón que no lo vio venir y casi lo tira. Cambió súbito de dirección y cruzó el arroyo contrario imprudentemente con similares resultados. Un inmenso tráiler por poco hace chuza con otros vehículos, frenó de golpe y la plataforma vacía dio brincos echando una nube de humo de llanta, deteniéndose a un centímetro de Tano, quien extendió los brazos a la defensiva, y dando un salto continuó su loca carrera, mientras, el trailero enfurecido le pitaba y maldecía. Tano continuó corriendo y dobló en la esquina.

Un par de policías que observaron la peligrosa maniobra desde su patrulla se detuvo, un oficial bajó rápido para perseguirlo, pero en lo que lo pensaba, el muchacho ya le llevaba media cuadra de ventaja, subió de nuevo a la patrulla y comentó con su compañero:

–¿Viste ese pinche loco encuerado pareja?

–Sí mi jefe, debe ser un violador, parece que viene dopado.

–Algo hizo que va huyendo

–Sí mi jefe, pero no se ve a nadie en su persecución.

–Es muy raro, vamos a radiarlo rápido para cercarlo y detenerlo. ¡Síguelo! Se metió por ahí.

–Sí mi jefe, enseguida lo reporto.

El policía tomó el micrófono y habló por el radio:

–¡Atención, a todas las unidades en el área! Atención! Aquí la unidad 7-3 en P35 Royer!; Me encuentro en vía Morelos a la altura de calle 8. Sujeto sospechoso corre desnudo en huida, se metió por calle 8 rumbo a Azteca. Favor de apoyar con unidades y personal para su detención. Puede estar armado y ser peligroso, ¡A ver si enterados!

–¡Enterados 7-3! Enviaremos unidades al área Royer!

–¿Cuál armado? ¿Qué no viste que no traía nada puesto?

–Uno nunca sabe mi jefe, acuérdese de Papillón, nomás pa´que vayan prevenidos.

–¡Ya déjate de cosas y date vuelta a la derecha! ¡Te estás pasando! ¿Qué no ves a dónde vas?

–Sí mi jefe, a seguirlo ya vamos…

Tano seguía su loca carrera hacia ninguna parte; Traía los ojos rojos desorbitados, con tremendas ojeras azules, la voz enronquecida de tanto gritar y chillaba que ya lo dejaran, como si alguien lo persiguiera. Tenía salpicaduras de sangre coagulada en el cuerpo ennegrecido, como si se hubiera revolcado en la tierra, mostraba algunos arañazos en la cara.

Era blanco, de altura media y no mal parecido, tenía los ojos café claro y el pelo castaño obscuro corto, que revuelto y parado le hacían ver punk.

Cuando Tano se dio cuenta, dos patrullas le salieron al paso de diferentes direcciones y una más le alcanzó por detrás con la sirena abierta. Se bajaron tres policías y lo agarraron. Como se resistiera le golpearon con sus macanas para someterlo; mientras él parecía no sentir los golpes.

Los policías lo sujetaban y salían disparados con el manoteo de Tano, que poseía una fuerza sobrenatural. Les costó mucho trabajo, pero al fin entre cuatro lo inmovilizaron y lo metieron a empellones a la patrulla.

–¡Qué traes pinche loco, cálmate o te ponemos una buena madriza!

–¡Ay! ¡Déjenme, ahí vienen! ¡Van a llegar y me van a llevar!

–Este cabrón viene hasta la madre, vamos a llevarlo a la caseta de la pirámide para meterlo tras las rejas hasta que se le pase la borrachera, no se puede hablar así con él.

Lo bajaron al llegar a la caseta, que tenía una pequeña celda. Lo metieron entre varios de un aventón y cerraron la reja. El empezó a golpearse la cabeza contra la reja y chillaba a gritos.

–Traigan agua fría para calmar a este cabrón.

Le arrojaron varias cubetas de agua hasta dejarlo empapado. Él se refugió temblando en un rincón y se calmó un rato. Eran como las siete de la mañana y hacía frío.

–¿Qué hacemos con el sujeto mi jefe?

–No sé, déjame pensar…  Hay que dejar que se le baje y hablaremos con él, a ver qué pedo trae. Que cumpla mientras sus 48 horas de detención. Si vienen por él, que paguen una multa por escandalizar en la vía pública.

–Pero ¿y si no viene nadie por él mi jefe?

–Pues lo consignamos a Tlalnepantla y ya.

–Entendido y a la orden mi jefe.

Los patrulleros se fueron y en la caseta de barrio quedó solo el guardia de turno, con Tano encerrado en la pequeña cárcel.

El policía fue movido a misericordia y de una casa que estaba en obra, le consiguió unos pantalones viejos de albañil, unos zapatos luidos, retorcidos, salpicados de mezcla y una camisa vieja a cuadros para que se vistiera.

Tano se puso la ropa y se sentó en la banca de cemento de la celda. Un rato después le llevaron los vecinos algo de comer al policía, y éste, viendo a Tano tan fregado, le compartió un tamal y un poco de atole. Éste lo devoró y se quedó dormido.

Pasaron las horas, se hizo de tarde y Tano despertó. Empezó a rogarle de nuevo al policía que lo dejara ir. Éste lo miraba con recelo, le dijo que por ley tenía que permanecer ahí las 48 horas que marca el reglamento por embriaguez en vía pública, mientras Tano le miraba suplicante.

El policía aprovechó entonces para tomar sus datos y sacarle una declaración, pero Tano dijo no recordar ni siquiera cómo se llamaba. Fueron inútiles sus esfuerzos.

–Pues si no quieres hablar pues ahí te quedas pinche chamaco, igual te vamos a refundir.

Llegó el cambio de guardia y le mostraron al preso. Tano lo miró indiferente y se volteó hacia la pared. El nuevo policía de guardia se alzó de hombros y se dio la media vuelta sin hacerle más caso.

Como a la medianoche, cuando salió la luna, Tano se volvió a retentar, comenzó a azotarse nuevamente contra las paredes y a pedir ayuda con chillidos y quejidos al guardia. Como éste lo ignorara, se empezó a tirar con más fuerza, ahora contra la reja, hasta quedar con el rostro ensangrentado.

El policía se puso furioso, no sabía qué hacer con el reo. Tano le rogaba que le dejara salir.

Finalmente el policía, harto del numerito de Tano, se acercó con su pistola y le advirtió.

–Mira pinche chamaco, sé que estás bien pinche loco pero ya me tienes hasta la madre y no tengo por qué aguantarte. ¡Ya cállate! –Gritó– Te voy a abrir y te me vas derechito a la chingada. Pero si intentas atacarme, te juro que te meto de plomazos en el culo. ¡Hazte para atrás! Voy a abrir el candado y me voy a alejar, entonces tú, te sales y te largas, ¿entendiste?

Tano calló de inmediato, lo miró abriendo los ojos bien grandes y asintió con la cabeza. Se echó para atrás y el policía abrió y se alejó empuñando su arma. Tano salió despacio de la cárcel, le miró agradecido, dio la vuelta y se fue caminando tranquilo por la calle bajo la luna que ya llegaba al cenit, hasta que el sonido de sus zapatones se perdió en la distancia. El policía, dando un suspiro y moviendo la cabeza cerró la reja y se fue a su caseta para seguir viendo su programa favorito de televisión.

Tano vagó sin rumbo, estaba desorientado y no recordaba bien ni quién era, ni lo que le había pasado. Le entraban de repente unos inexplicables ataques de pánico y luego se calmaba, el efecto de las drogas estaba pasando.

Lo último que recordaba era estar con unos amigos bebiendo licor en la calle, luego llegó uno que traía pastillas de no supo qué, pero él se tomó cuatro con tequila. Más tarde sacaron cigarros de mariguana y él, complacido, también les dio varias fumadas.

Para cerrar con broche de oro, unos pobres desarrapados que llegaron tarde a la improvisada “fiesta callejera” le convidaron una bolsa de plástico con pegamento de zapatero y se puso a inhalar el letal solvente hasta que perdió el conocimiento y cayó al suelo. Sin embargo, aún no podía recordar nada de lo que pasó después de la fiesta. Su memoria volvía hasta que le echaron el agua fría en la cárcel.

Amanecía ya cuando recordó dónde estaba su casa. Vivía con un tío materno que le daba posada, compartía cuarto con uno de sus primos. Su padre había muerto de cirrosis dos años atrás y su madre había fallecido antes de miseria y por la mala vida que le daba su padre, que era alcohólico y golpeador.

Así que un día se encontró huérfano y en la calle. Los acreedores de las rentas y deudas del padre no encontraron en la casucha nada para saldar las deudas, por lo que le echaron y se tuvo que ir con la ropa que traía puesta a buscar asilo a otra parte. Así fue a dar a la casa del tío.

El tío tampoco era una monedita de oro, era viejo y gruñón, trabajaba a veces de plomero y también bebía mucho. Era viudo y, según él, tenía que mantener a dos vagos, Wicho su hijo y al primo Tano. Aunque en realidad para el tío la bebida era siempre su prioridad, así que, cada quien se rascaba con sus propias uñas en esa casa.

A sus 19 años, sólo terminó la primaria, lo corrieron de la secundaria y lo peor, se había aficionado a las drogas; tal vez como vía de escape a su problemática existencial irresoluta que, con la falta de guía, le convirtieron en un vago y drogadicto.

Eventualmente hacia mandados en el mercado o chambitas en los puestos para ganar algunos pesos que se gastaba en comida, bebida y droga. El tío les demandaba una aportación para el sostenimiento de la casa, que casi nunca llevaban ni él ni su primo Wicho, por lo que eran constantes las discusiones y riñas con el tío.

Tano, ya con la luz de la mañana, llegó hasta la colonia; Subió la cuesta que le llevaba a la casa que estaba en la falda del cerro, entre otras casuchas humildes de madera y cartón, de gente que, al igual que ellos, carecía de casi todo.

Al acercarse notó mucho movimiento en la cuadra, había un par de patrullas con las torretas prendidas, una camioneta blanca y una multitud de mirones. Se acercó despacio con curiosidad y temor, nunca le habían hecho gracia las patrullas ni los policías.

Fue entonces que se percató que el alboroto era en la casa del tío. Se acercó y se paró en la puerta mirando inexpresivo lo que pasaba. Su primo, al verle, les dijo a los policías que el recién llegado era Tano su primo, que vivía con ellos.

El alboroto se debía a que Wicho su primo -que también anduvo de farra esas noches- al llegar en la madrugada oyó que los perros ladraban mucho y escarbaban en el patio de tierra de atrás. Al salir a averiguar qué les pasaba, se dio cuenta que estaban desenterrando y devorando un cuerpo humano. Era su padre, que había sido asesinado a cuchilladas y enterrado ahí mismo en el patio de su casa.

Se asustó mucho y llamó a la policía, que se encontró con el terrible hallazgo del cuerpo semi-enterrado y semi-devorado por los canes.

De Inmediato Wicho comenzó a interrogar a Tano, mientras los policías escuchaban y los miraban recelosos.

–¿Qué pasó pinche Tano? ¿Dónde andabas? Mira nomás lo que le pasó al viejo.

–Nel, el viejo está bien, ese es el diablo, yo lo maté…

Todos se quedaron fríos ante tal declaración. Dos policías lo agarraron, Tano cerró los ojos y se puso a llorar desconsolado.

–No es él, es el diablo, yo lo maté, me quería llevar y por eso lo maté. Yo no fui, fue el diablo el que hizo todo esto y nos quiere engañar, por eso lo maté. Creo que no se murió y me persigue… ¡Déjenme ir! ¡Ay!

Tano fue procesado por el homicidio de su tío con agravantes. El parte del médico forense asentaba que fueron más de cien las puñaladas que recibió el occiso, aunque sólo tres eran fatales. Lo hizo con el cuchillo de cocina, que usó hasta que se le rompió entre las manos. Le dieron 40 años de prisión.

Todos en la colonia lamentaron el suceso, que salió en primera plana de una revista amarillista de la época. En la portada estaba la fotografía de Tano cogiendo un enorme cuchillo que le obligaron a portar para posar en la foto y un recuadro con la imagen del cadáver en la tierra.

Finalmente con el tiempo, todos en la colonia se olvidaron de Tano. Tres años después llegó el rumor de que Tano se había fugado de la cárcel y que le habían visto. Un amigo de su primo Wicho, fue quien lo vio, se encontraba en la terminal TAPO de la Ciudad de México esperando la salida de un camión. Lo reconoció, y aunque Tano lo evitó al principio, finalmente hablaron. Tano iba limpio, arreglado y en su juicio. Le dijo que no sabía bien qué había pasado esa noche, pero que de todas formas iba a rehacer su vida, que viajaría a la Sierra de Oaxaca a comer hongos alucinógenos, porque alguien en la cárcel le dijo que son buenos para ver a Dios, reconciliarse con Él y curarse de espanto.

Dijo que jamás regresaría a la colonia y que les mandaba muchos saludos a la banda.

FIN

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