¿ACASO FUE EL MIEDO?(conclusión)

FOTO OFIC SALATIEL

Por: José  Salatiel Tec Pool.-

“Tiene que ver con una pareja de fundadores de San Ignacio, por eso es un relato reservado. Cada uno de los de aquí lo tiene en la memoria y lo digiere como mejor le conviene. Pero de que pasó, pasó. Así nos lo han hecho saber los que vivieron antes de nosotros. Nuestra sangre, pues.

“¡Pero siéntese usted!”, me dijo. Y nos sentamos a orillas de la calle principal, junto a la puerta del jacalón, sobre un montículo de piedras que se habían caído de la albarrada.

“Como le venía yo diciendo –continuó-, lo que pasó fue la desgracia para esa pareja de fundadores. Y como usted entenderá, algunas veces las desgracias no las busca uno, llegan solitas. Eso fue lo que pasó en aquella ocasión en que le digo.

“Pero no voy a decirles sus nombres porque no tendría caso, ya que todo eso le podría pasar a cualquiera. Además, cuando usted sepa, le aseguro que de lo que menos se acordará es cómo se llamaban los pobrecitos.

“Ese corredor que apenas se distingue por lo alto que han crecido allí las higuerías” -me dijo señalando la última calle- es lo único que queda en pie de la casa en que vivieron el hombre y la mujer cuando llegaron aquí junto con los otros fundadores.

“Y nadie ha querido establecerse allí ni de relajo. Y nadie ha querido acercarse por curiosidad a aquel lugar. Saben de las consecuencias que eso les podría traer.

“Le digo que al principio todo fue alegría y trabajo para los fundadores. Y cómo no, si apenas estaban reconociendo la tierra. Si habían llegado en las lluvias de temporal, cuando florecía todo lo que se sembrara. Pero cuando las nubes se alejaron a otra parte, dejando el cielo descubierto, comenzaron a conocer el olor de la tierra seca y agrietada de San Ignacio. Y en cierta forma comenzaron también a saborear el polvo que remontaba el viento a cada rato.

“Fue en ese tiempo en que la tierra destilaba el vaho caloroso que el sol había amontonado sobre ella, cuando empezaron a suceder las cosas.

“Una noche, la esposa del hombre dormía en su hamaca transida de cansancio. De pronto, como saliendo de una nube llena de lluvia, se sentó en la orilla. Sus ojos entrevirados, como si les hubieran dado la vuelta, pálida cual si le hubieran untado el rostro con el polvo de la luna, comenzó a sacudirse con tal fuerza como si rebotara contra el suelo, a donde había caído por las convulsiones. Sus miembros se engarrotaban, mientras gemía como un animal herido. En medio de los estertores le salía espuma por la boca pareciendo que la habían envenenado.

“Aquello duró poco. Lo suficiente para dejarla desmadejada, cual flor seca, entre los brazos de su esposo, que había hecho hasta lo imposible por contener sus convulsiones. Cuando volvió en sí, no pudo recordar nada de sus dolores, como si aquello le hubiera comido sus recuerdos. De todo esto, el hombre nada dijo a nadie.

“Con la llegada de las lluvias, sus estertores parecieron amainar. Pero cuando las nubes se alejaron de nuevo, los días bochornosos aumentaron sus padecimientos. De todo esto, el hombre nada dijo a los fundadores.

“A cada tiempo de agonía de su mujer, la apretaba con todas sus fuerzas como queriendo retener la poca vida que le quedaba.

“‘¡Déjame ir por favor! ¡Termina este calvario con algo que me quite la vida! Así también dejarías de padecer’. Le había dicho alguna vez en su agonía.

“‘¡Lo que me pides es un pecado mortal! Prefiero seguir sufriendo contigo. ¡No quiero padecer doblemente con la culpa de tu muerte! Además, eso será hasta que el Autor de la vida lo determine’.

“Pero como le dije hace un momento, las tragedias a veces llegan solitas. Y un día, cuando salieron a tomar el sol para que la luz quemara un poco la blancura de su cara, la mujer, encobijada, se apoyó contra el marco de la puerta. Cuando quiso sentarse en el banquillo, las convulsiones la atacaron de nuevo. Los sacudones de su cuerpo, sus miembros engarrotados, sus ojos en blanco, la espuma de su boca y sus gemidos de animal herido, hicieron correr despavoridos de miedo a todos los demás.

“Se refugiaron en sus casas cerrando las puertas y las ventanas, como si aquello pudiera contagiarlos de manera inevitable.

Al día siguiente, los fundadores trajeron a juicio al hombre y a la mujer. Como usted verá, se trataba de algo inusual por ser ellos también de la casta de fundadores. Sin embargo, así se dieron las cosas.

“Uno de los jueces fundadores acusó al hombre de encubrimiento, y a la mujer de estar bajo el poder de algún oscuro maleficio. Les dijeron que esto era algo nocivo para el bien de la comunidad. Y de permitirlo, sería como dejar que las espinas crecieran junto al maíz.

“De nada sirvieron las lágrimas, los ruegos y las súplicas de ambos. De nada sirvieron sus explicaciones de que aquello era sólo un padecimiento de la carne, que posiblemente la llevaría a la muerte, pero nada más. Y si no habían dicho nada era porque pensaban que se recuperaría pronto. Pero de nada sirvió todo ello.

“Parecía que los fundadores tenían los oídos retacados de la tierra de San Ignacio. Aquel juez fundador los condenó a la muerte. Y los demás lo consintieron, más por miedo que por los hechos de la causa.

“Entonces el pueblo entero decidió quemarlos, según dijeron, que así se extinguiría todo rastro de maldad en el poblado.

“El hombre no opuso resistencia cuando lo encadenaron, tal vez porque pensó muy dentro de sí mismo que eso era mejor para dejar de padecer.

“La mujer, debilitada por sus espasmos, también fue presa fácil de la crueldad de sus verdugos. Amarrados con largas y gordas cadenas los condujeron al zapote que le he mostrado. Delante de ellos iba el juez que jalaba las cadenas. Detrás de ellos caminaban todos los fundadores vestidos de blanco, y detrás de ellos venían sus familias, pronunciando todos toda clase de insultos y maldiciones, que cruzaban sobre las cabezas y parecían volver de nuevo hasta sus bocas.

“Pero el hombre y la mujer nada decían, sólo caminaban cabizbajos, como aceptando la suerte de sus vidas. Estaban llenos de silencio y soledad. De esa misma soledad con que parecía estar hecho todo el pueblo.

“Cuando llegaron al lugar de su martirio, los amarraron al tronco del zapote, bien sujetados para que al comenzar a retorcerse no fueran a caerse. En medio de una nube de maldiciones, que a veces parecía el zumbido de las abejas, los rociaron con petróleo y les prendieron fuego.

“De inmediato las llamas se estiraron, como si algo de los cuerpos los alimentara con rapidez. Comenzaron a crepitar por el fuego como gajos secos. Y los gritos de dolor del hombre, los empujaba el aire, junto con las chispas que salían de sus cuerpos. Pero la mujer padecía sin emitir sonido alguno. Hasta que de pronto las convulsiones la atacaron de nuevo. Comenzó a sacudirse entre las llamas. Sus gemidos se hicieron doblemente dolorosos.

“Quienes estaban más cerca dijeron que pudieron entender lo que decía. Dijeron que conjuró al viento para que los golpeara de noche y de día con sus manos invisibles. Que también conjuró a la noche para que se llenara de ruidos parecidos a sus gemidos y les ahuyentara el sueño. Pidió también que todos los habitantes murieran de soledad y de silencio. Conjuró también a la tierra para que atara a los habitantes con sus cinturones de polvo y que no se fueran nunca a otra parte.

“Así murieron estos fundadores consumidos por el fuego. Quedaron calcinados colgando como sacos de carbón chorreando un agua oscura, mientras el viento remontaba un olor muy parecido al que despide el tajonal cuando se quema. Y no me pregunte dónde están sus sepulturas, porque no tuvieron entierro. Se quedaron allí hasta que el viento, el sol y la lluvia diluyeron lo que quedó de ellos.

“Esta es la historia que me contaron mis antepasados. Ahora, ya sabe usted por qué los habitantes hacen lo que hacen. Aquí murieron todos los fundadores. Nunca pudieron irse a otra parte. Los ató la tierra. Y nosotros haremos también lo mismo.

“Es por lo del conjuro, es por eso. Ya sabe por qué no debe de acercarse al corredor y mucho menos al zapote. Ya sabe lo que puede pasarle. Hágame caso, a veces uno nunca sabe”, concluyó.

Y cuando se iba, quise decirle como médico que lo que sufría la desafortunada mujer era una suerte de epilepsia. Y cuando eso sucede, las palabras no salen de la boca, sólo una serie de gemidos entrecortados. Nada más.

Y cuando por la noche fui a mirar en el terreno, ahí no había nadie. Nada, sólo el viento que hacía aullar las higuerías. Sólo eso. Sólo el viento que hacía sonar las láminas desclavadas del corredor, como si fueran sonajas rellenas de balines.

FIN

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