ESCUELA DE ESCRITORES

FOTO OFIC yoxi cuad

Por Yoxi.-

Un edificio antiguo, con antecedentes de asilo, conserva ecos, recuerdos, historias olvidadas de espíritus inconformes, que permanecen allí cautivos entre sus pasillos y paredes, retando al tiempo y a la razón.

Pipo era un entusiasta de la literatura y finalmente logró su objetivo: ingresar a la Escuela de Escritores, para realizar el sueño de escribir su libro.

Un día que asistía a uno de los talleres, el maestro explicaba la diferencia entre los conceptos de Relato Histórico y Falso Documental. Por un lado Elsa -una alumna-, dijo que no entendía el concepto, aunque el resto del grupo parecía sí entender. El maestro buscó ejemplos. Mencionó que el relato histórico está por regla general muy apegado a las fuentes documentales y que, por otro lado, en el falso documental los escritores se pueden tomar libertades.

Entonces Elsa, tratando de aterrizar la idea, mencionó recordar que el edificio que ahora alojaba la escuela, fue un hospital psiquiátrico, un “asilo” construido el siglo XIX, en terrenos entonces a las afueras de Mérida, donados por un rico comerciante. Que esto era un dato histórico que no podía cambiar.

Elsa también mencionó que recordaba a los enfermos mentales tras las rejas, deambulando por los jardines de los edificios, enfundados en sendas batas blancas, mientras ella, de niña, paseaba subida en el trenecito escénico del zoológico enfrente, saludándolos a la distancia con la mano.

Entonces Dina -otra alumna- comentó que las historias que tuvieron lugar en el asilo, si un escritor quisiera recrearlas, le quedaba siempre el recurso de investigar los archivos médicos de la época, a los cuales ella tuvo acceso durante sus prácticas profesionales.

Fue en ese momento que Pipo, medio adormilado por la plática, bajó la mirada y se percató que vestía una bata blanca como la descrita por su compañera. Un poco confundido subió la vista y vio que sus compañeros de clase también vestían batas iguales a la suya. Miró a Dina, quien vestida de enfermera le miraba piadosamente a los ojos.

Se asustó, algo no andaba bien, y sin poder procesar ya sus pensamientos, su mente se bloqueó, entró en pánico, estrujó la bata blanca como queriéndola arrancar de su cuerpo y dio un grito histérico; ¡NOOO! Saltó como un resorte hacia atrás de su pupitre ante el asombro de sus compañeros y cayó al suelo golpeándose la cabeza.

¡Pum! se oyó sordo el impacto junto con el chirriar de las patas de los pupitres que empujó con su cuerpo en su caída, quedando tirado ahí semiinconsciente.

Todos quedaron estupefactos ante la reacción de Pipo. Dina salió rápidamente del salón y regresó con dos enfermeros vestidos de blanco, quienes levantaron a Pipo del suelo mientras le chorreaba por la bata blanca un hilillo de sangre de la cabeza, se había descalabrado.

Se lo llevaron en vilo fuera del salón siguiendo las instrucciones de Dina, que firme los dirigía hacia una sala de terapias destinada para tratar a los pacientes incontrolables; en la puerta se leía un letrero: “Terapia de Electroshock – Sólo Personal Autorizado”.

En el trayecto Pipo comienza a despertar, pero al ver el letrero grita, se retuerce y se les escurre a los enfermeros; echa a correr despavorido chillando por los pasillos del edificio.

Suenan los silbatos de alarma, cierran los accesos y se inicia la búsqueda. Pipo estaba escondido detrás de unos arbustos. Reptaba silenciosamente entre las plantas y las sombras para acercarse a la salida, que era custodiada por un guardia que portaba una macana. Vio unas personas que se acercan a la salida, hablaron con el guarda, y éste les abrió una hoja de la enorme puerta de madera.

Pipo saltó de su escondite como un rayo y se abalanzó gritando hacia la puerta, los empujó fuera de su camino de un codazo buscando la libertad, sólo para estrellarse contra una reja de barrotes negros de acero que se encontraba tras la puerta y que no se veía en la obscuridad de la noche.

Rebotó y ¡pum!, cayó al piso medio noqueado y con una nueva herida, ahora en la mitad de la frente. El guarda reaccionó y aprovechó para meterle unos macanazos, mascullando maldiciones. “¡Me asustaste pinche loco! ¡Toma, toma!”, mientras con su silbato pitaba armando un escándalo, que trajo de regreso a los temibles enfermeros de blanco, quienes lo levantaron en vilo y lo llevaron hacia la sala de operaciones, mientras él forcejeaba y pataleaba en el aire.

Dominándole finalmente le calzaron una camisa de fuerza, que lo inmovilizó.

Lo llevaron a un quirófano, que más parecía un tormento medieval. Tenía un extraño aparato sobre la cabeza, mezcla de una máquina de hacer palomitas y una sierra circular.

Llegó por fin el doctor Hans Mortensen, un hombrón célebre en Alemania por sus exitosas Lobotomias. Estaba de buen humor, traía la bata medio abierta, portaba estetoscopio y gafete colgados al cuello; una lámpara de cirujano en la frente, y un abatelenguas en el bolsillo izquierdo de la bata.

Silbaba bajito “El Ocaso de los Dioses” de Wagner. Procedió con los preparativos para la intervención.

Pipo cerró los ojos ante el fuerte resplandor de la lámpara del quirófano; Mortensen le dirigió unas palabras con acento alemán a Pipo para relajarlo, prometiéndole que no le iba a doler y que si se portaba bien -flojito y cooperando- al despertar le servirían una abundante ración de helado de chocolate como premio.

Los enfermeros le pusieron mascarilla de oxígeno y encendieron una serie de aparatos a su alrededor que contestaron con alegres zumbidos y lucecitas de colores.

Entonces el doctor le advirtió que sentiría un piquetito. Hábilmente insertó una aguja con un catéter en la vena que le conectó una bolsa de sangre, sacó una enorme jeringa que cargó con un líquido amarillo frente a él, insertó la aguja en el catéter y le pidió que contara lentamente del diez al uno. Presionó firme el émbolo y Pipo se quedó dormido entre el diez y el ocho.

Pipo despertó en la enfermería de la escuela, se llevó las manos a la cabeza y sintió que llevaba una especie de turbante. Dina estaba frente a él y le sonrió al verle despertar. Le preguntó cómo se sentía, le explicó que perdió el equilibrio en clase, cayó y se golpeó la cabeza, pero que ya lo habían curado en la enfermería y pronto se podría ir.

Le dijo que todos en la clase estaban preocupados por su salud y le esperaban afuera.

Pipo se levantó lentamente, salió de la enfermería y le recibieron sus compañeros con sonrisas y expresiones de afecto. “¡Ya nos tenías con pendiente Pipo!”. Dina entonces les invitó a pasar a todos al salón principal, donde les sirvieron helado de chocolate, Pipo ese día pidió doble ración.

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