¿ACASO FUE EL MIEDO?

FOTO OFIC SALATIEL

Por José Salatiel Tec.-

Aquí en San Ignacio de los Ángeles llueve poco, por eso el viento remueve la tierra seca a cada rato. La levanta en suaves hilos de polvo, que acumula sobre las cosas. Y lo que cae, lo vuelve a remontar de tal manera que a lo lejos, el poblado parece hundido siempre en un polvo amarillento.

Aquí los fundadores se llamaron los ángeles del lugar. Su costumbre fue vestirse siempre de blanco. Y ordenaron que todas las familias tomaran el sol en las puertas de sus casas, y así lo hacen hasta que luego desaparecen rápidamente, como si alguien les recordara de pronto que no se puede vivir tan solo abotagándose de luz.

Y cuando ellos desaparecen ahuyentados entre el caserío, cierran las puertas y las ventanas de sus casas como si tuvieran miedo de algo o de alguien. Los únicos que quedan son los pavos, las gallinas, los cochinos, los chivos y los patos devorando la hierba de las calles, pareciendo una bola de animales sin dueño. Pero al retirarse el sol, también ellos se retiran cada uno al lugar de donde vino, haciendo más punzante la soledad de este lugar. Aquí así son las cosas.

Dicen que los que fundaron San Ignacio, lo hicieron  atraídos por esa soledad que escurre del paisaje. Aunque fue esa misma soledad la que acabó con todos ellos. Pero acabó es un mero decir porque ahora están sus descendientes, aunque sus vidas, así como las de sus antepasados, estén llenándose de ese sentimiento que se acumula como el polvo, cuando nada se renueva.

Y cuando digo nada, es porque el pueblo no ha pasado de las treinta casas de paja que tenía cuando vine aquí. Porque en esta parte de la tierra, de vez en cuando pasa alguien.

De los que están, nadie puede irse. Y de los que de vez en cuando pasan, nadie quiere establecerse, como si una repulsa natural ahuyentara sus pasos a otra parte. Aquí parece como si toda la alegría se hubiera amontonado en una cueva.

Los habitantes caminan como si el silencio les hubiera costurado la boca, y desleído la sonrisa. También aquí nadie festeja algo. Ni siquiera el día que nacieron, tal vez porque el desconsuelo les ha comido hasta los recuerdos. O porque a fuerza han querido olvidar el día en que sin haberlo querido, cayeron impotentes a esta tierra que con sus tristezas lo calcina todo. Aquí así son las cosas.

Yo vivía como a quince leguas de aquí. En Puerta de las Flores. Y un día, como en un punto de locura, agarré a mi mujer y a mis hijos y nos vinimos para acá. Apenas nos bajamos de la carreta que nos trajo, pudimos darnos cuenta de que aquí no hay una plaza principal. Solo una calle central metida en un cuadrángulo de calles de tierra amarillenta donde se apila el caserío.

Cuando mis ojos resbalaron por el puñado de casas que parecían granos de mazorca, pude ver a un hombre sentado sobre un montículo de piedras ocultando media cara con su sombrero blanco.

–¡Disculpe buen hombre! Acabamos de llegar de Puerta de las Flores, para establecernos aquí. Necesito un lugar para vivir y trabajar. ¿Podría decirme con quién puedo tratar estos asuntos?

El hombre respondió como saliendo de un cajón.

–¡Aquí nadie es dueño de la tierra! La tierra somos todos.

Al decir esto se puso de pie. Y colocando su mano izquierda entre sus labios comenzó a chiflar, mientras el viento empujaba su silbido hasta el último rincón del caserío.

Como si hubiera sido un conjuro poderoso, las puertas se abrieron de repente y salieron sus ocupantes vestidos de blanco, como si fueran fantasmas.

Nos miraban sin mirarnos, porque permanecían inmóviles como si no estuviéramos frente a ellos.

El hombre con quien había hablado les dijo señalándonos con fuerza.

–¡Este es el hombre y su familia! Han venido para vivir aquí. Nos pide permiso para ocupar un tramo de esta tierra. ¿Están de acuerdo en concederle lo que pide?

–¡Estamos! Siempre y cuando vea lo que vea y escuche lo que escuche, no podrá irse a otra parte. Dijeron en coro las voces como pedazos de nube.

El hombre me preguntó si estaba yo de acuerdo. Y llevado por la necesidad y por la nublazón de aquel momento, “¡estoy de acuerdo!”, le dije, muy seguro.

Y entonces, así como habían llegado se fueron diluyendo hasta desaparecer de nuestra vista.

El hombre que hablaba conmigo, me dijo de nuevo.

–Las tierras que tienen propietario son las que usted ve cercadas con las líneas de albarrada. Elija usted la suya y cérquela para que sea su mayordomía, aunque si le complace, tome aquella que colinda con el pozo. Tiene un jacalón deshabitado que sería ideal para usted y su familia.

De ese modo me enraicé en San Ignacio. De eso hace ya como diez años si la memoria no me falla.

Ahora bien, los primeros días aquí los ocupamos en hacer del jacalón algo habitable. Y trabamos cierta amistad con los pobladores. Fue así que nos contaron de los ruidos de la noche. De aquellos alaridos que parecían salir del corredor, o de los gajos del zapote. Del aire que golpeaba como un mazo las puertas y las ventanas y que luego parecía gemir como un venado herido.

–¿Acaso no los han oído?

–¿Que fue eso? –dijo mi mujer alguna noche.

–¿Eso qué? –le respondí

–¿Ese ruido que camina afuera? Como si estuvieran golpeando las ollas contra las piedras. Puede ser el viento que golpea los machetes del flamboyán. Además yo no he oído nada. Vuélvete a dormir. Estas cansada.

Pero sí. Había oído algo. Sólo le dije que no para tranquilizarla. Pero no oí un ruido de metales, sino algo parecido al crepitar del monte cuando es tocado por el fuego. Algo así. Pero cuando entreabrí la ventana, ya no se oía nada. Ni se veía nada. Sólo el cielo cuajado de linternitas amarillas. La luna llena mecida por el canto de los grillos y la noche rebotando suavemente en el caserío.

A partir de ese momento los ruidos se hicieron más intensos cada noche. Al principio me espantaba el sueño. Pero luego nos acostumbramos. La costumbre fue buena aliada para conciliar el sueño Y de ese modo, los sonidos se fueron borrando de las noches.

Cuando pasó el tiempo, le pregunté al hombre con quien había hablado, el porqué las casas permanecían cerradas noche y día. Le dije que en Puerta de las Flores las abríamos de par en par para que el sol anidara en todos los rincones y el calorcito se untara a las paredes para mitigar el frío de las noches. Él me dijo:

–¡Aquí las cosas son distintas! Verá usted. Si alcanza a ver el árbol de zapote que está la derecha de sus ojos. Era un árbol joven cuando pasó lo que pasó.

“Ahora que si los hubieran colgado, no habrían existido esas manchas negras en el tronco que alcanza a ver usted ahora. Pero el pueblo entero decidió quemarlos.

“Solo les prendieron fuego a ellos. Pero estaban tan bien apretujados con las cadenas en el tronco, que por eso le quedaron también las quemaduras. Pero por alguna extraña razón esas quemaduras, las del tronco, no se regeneraron nunca.

“Dijeron quienes lo presenciaron que no se borraron porque absorbió la corteza del árbol el agua chamuscada de los cuerpos calcinados.

“A quienes me refiero. Verá usted…(CONTINUARA).

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