TÍO ANDRÉS Y LOS ALUXES

 

 

Cuento por: Elizabeth Borges/

 

Tío Andrés dormía profundamente, en su hamaca colgada en medio de la única casa de huano que había en la milpa; hermosa tierra, llena de frutos y milenarios árboles. Él dormía, y de repente vio que entraron tres seres muy pequeñitos, de menos de un metro de alto.

Relató que, como si estuviera soñando, les dijo: “entren, entren pequeños, que ustedes son los dueños de este monte, yo solamente estoy aquí para cultivar mi alimento, un poco de maíz, solamente el que necesito, unos pocos frijoles y todas las verduras que mi amada tierra me permite sembrar, cuidar y cosechar”.

Dice tío que claramente escuchaba sus risas, veía  alrededor de la candela hecha con tres piedras muy grandes y buenos trozos de leña, que la  fogata crepitaba. Colgada de un alambre del techo de la casa, sobre la candela colgaba una olla, era té de canela, que tío conservaba todo el tiempo, con el fuego muy lento, para que  siempre oliera y siempre hubiera ese té, tibio para un buen café o un buen atole. A la hora que su mamá, nuestra chichí, quisiera tomar café o atole, tío Andrés se lo preparaba en dos minutos. Ese es el motivo por el que siempre había agua caliente.

Tío vio cómo los tres hombrecitos se sentaron en los banquillos, alrededor del fuego, escuchaba perfectamente bien sus risas. No hablaban, no pronunciaban palabras, pero tomaban en las jícaras del agua de canela de la olla. Podía ver las sombras que se proyectaban en los bajareques y en el embarro de la casa. Eran muy pequeños.

No sabe cuánto tiempo hicieron ahí. Cuando ya lo estaba venciendo el sueño les dijo: “también hay frijoles en la otra olla, y tortillas y pozole, pueden comer lo que quieran”.

Sintió cómo movían su hamaca, cómo lo mecían, ellos sólo jugaban y asegura que nunca sintió miedo, solamente repetía: “estas tierras son de ustedes, soy yo quien se las pide prestadas, para vivir de los frutos,  yo sí cuido de no gastarla, les doy las gracias por dejarme estar aquí”.

No los oyó salir. Al amanecer la olla de los frijoles estaba destapada, con la cuchara para servirla dentro de la olla, la olla del té estaba fuera de la fogata, quedaba la mitad de lo que puso la noche anterior. Las tortillas estaban destapadas de la servilleta. La leña y las cenizas estaban cuidadosamente arregladas.

Tío Andrés se levantó justo al amanecer y viendo al verde monte dijo en voz alta: “mejen aluxé’es má’a xantale’ex, júú pajtal’a ta’léex san’samalé, uayé jach a uotoch’eéx”.

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