¡ODIO A LOS INDIFERENTES!

Artículo por Ana María Ancona Teigell.

“La indiferencia es el peso

muerto de la historia”.

(Antonio Gramsci)

Recordamos al gran ser humano Antonio Gramsci, intelectual, activista, filósofo, teórico marxista, periodista y político italiano, que nació en Ales (Italia), el 22 de enero de 1891.

Estudió en la Universidad de Turín, donde recibió la influencia intelectual de Croce y de los socialistas. En 1913 se afilió al Partido Socialista Italiano, convirtiéndose enseguida en dirigente de su ala izquierda. Fundó, junto con Togliatti y Terracini, la revista Ordine Nuovo en 1919. Ante la disyuntiva planteada a los socialistas de todo el mundo por el curso que tomaba la Revolución Rusa, optó por adherirse a la línea comunista y, en el Congreso de Livorno (1921), se escindió con el grupo que fundó el Partido Comunista Italiano.

Perteneció desde el principio al Comité Central del nuevo partido, al que también representó en Moscú en el seno de la Tercera Internacional (1922), lo dotó de un órgano de prensa oficial (L’Unitá, 1924) y representó como diputado ese mismo año.

Fue miembro de la Ejecutiva de la Internacional Comunista, cuya ortodoxia bolchevique defendió en Italia al expulsar del partido al grupo ultra-izquierdista de Bordiga, acusándole de trotskismo.

Enseguida hubo de pasar a la clandestinidad, dado que desde 1922 Italia estaba bajo el poder de Mussolini, que ejercía a partir de 1925 una férrea dictadura fascista. Gramsci, fue detenido en 1926 y pasó el resto de su vida en prisión, sometido a vejaciones y malos tratos, que vinieron a añadirse a su tuberculosis, para hacerle la vida en la cárcel extremadamente difícil, hasta que murió el 27 de abril de 1937, de una congestión cerebral (tenía 46 años).

Este es un homenaje de gratitud hacia un gran hombre que desde la cárcel en Bolonia escribió un vasto legado: “su frase contundente ‘¡Odio a los indiferentes!’, nos sacude hoy en día”.

¿Por qué? Porque la indiferencia permea en casi todos los corazones del orbe, porque es un estado de ánimo que experimentamos los seres humanos y que básicamente se caracteriza por la falta de atracción o rechazo, según corresponda, por las cosas y las personas con las cuales se topa e interactúa en el mundo que lo rodea.

La psicología trata de explicar los fenómenos de indiferencia como momentos en que las personas se mantienen estáticas frente a lo que les sucede o le sucede a los demás. Es decir, no reaccionan de ninguna manera -ni de forma positiva o negativa- ante ningún episodio que presente ante ellos cualquiera de los dilemas de reacción que vivimos a diario.

Gramsci dice: “¡Odio a los indiferentes!, creo que vivir significa tomar partido. No pueden existir quienes sean solamente hombres, extraños a la ciudad. Quien realmente vive no puede no ser ciudadano, no tomar partido. La indiferencia es apatía, es parasitismo, es cobardía, no es vida.

“Por eso ¡Odio a los indiferentes! La indiferencia es el peso muerto de la historia. Es la bola de plomo para el innovador, es la materia inerte en la que a menudo se ahogan los entusiasmos más brillantes, es el pantano que rodea a la vieja ciudad y la defiende mejor que la muralla más sólida, mejor que las corazas de sus guerreros, que se traga a los asaltantes en su molino de lodo, y los diezma y los amilana, y en ocasiones los hace desistir de cualquier empresa heroica.

“La indiferencia opera con fuerza en la historia. Opera pasivamente, pero opera. Es la fatalidad, aquello con lo que no se puede contar, lo que altera los programas, lo que trastorna los planes mejor elaborados, es la materia bruta que se rebela contra la inteligencia y la estrangula. Lo que sucede, el mal que se abate sobre todos, el posible bien que un acto heroico (de valor universal) puede generar no es tanto debido a la iniciativa de los pocos que trabajan como a la indiferencia, al absentismo de los muchos.

“Lo que ocurre no ocurre tanto porque algunas personas quieren que eso ocurra, sino porque la masa de los hombres abdica de su voluntad, deja hacer, deja que se aten los nudos que luego sólo la espada puede cortar; deja promulgar leyes que después solo la revuelta podrá derogar; dejar subir al poder a los hombres que luego sólo un motín podrá derrocar.

“¡Odio a los indiferentes! también porque me molesta su lloriqueo de eternos inocentes. Pido cuentas a cada uno de ellos por cómo ha desempeñado el papel que la vida le ha dado y le da todos los días, por lo que ha hecho y sobre todo por lo que no ha hecho. Y siento que puedo ser inexorable, que no tengo que malgastar mi compasión, que no tengo que compartir con ellos mis lágrimas.

“Soy partisano, vivo, siento en la conciencia viril de los míos latir la actividad de la ciudad futura que están construyendo. Y en ella la cadena social no pesa sobre unos pocos, en ella nada de lo que sucede se debe al azar, a la fatalidad, sino a la obra inteligente de los ciudadanos. En ella no hay nadie mirando por la ventana mientras unos pocos se sacrifican, se desangran en el sacrificio; y el que aún hoy está en la ventana, al acecho, quiere sacar provecho de lo poco bueno que las actividades de los pocos procuran, y se ahoga su desilusión vituperando al sacrificado, al desangrado, porque ha fallado en su intento.

“¡Vivo, soy partisano. Por eso odio a los que no toman partido, por eso ¡Odio a los indiferentes!”.

Un ejemplo vivo que tenemos hoy y que apoya lo dicho por Gramsci, es el Papa Francisco, quien está dando mensajes al mundo de que cada refugiado o ser humano que toca nuestra puerta tiene el rostro de Dios. Pidiéndoles a estos últimos que perdonen la indiferencia de las sociedades que muchas veces no los saben acoger y que los miran como un peso, más que como un don.

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