FUI HUÉRFANO…

 

FOTO OFIC yoxi cuadCuento por Yoxi.

Era sólo otro día en el paraíso, Jaimito y su madre estaban reunidos en la recámara de ella platicando, después de revisar su tarea. Esperaban la llegada de “papito” del trabajo; Para él ella era “mamita” -así debía decirle- con cariño.

–Ahora sí mi amor me sorprendiste con tu tarea, eres un buen niño.

–Gracias mamá.

–¡Mamita! No lo olvides mi amor, para ti soy mamita. Bueno, voy a preparar la cena de papito, ya va a ser hora de que llegue, y seguro tendrá hambre, son casi las seis y media.

–Sí mamita

Ambos bajan, Jaimito se queda jugando con sus soldaditos de plástico haciendo ruidos de disparos con la boca, tirado en la alfombra de la sala. Mamita entra a la cocina tarareando “Viajera” de Luis Arcaraz, tralalalalaaaa…

Ella termina de preparar la cena, sale y se sienta a la mesa a esperar, viendo como -entretenido- juega su niño de casi ocho años.

Así pasa el tiempo, dan las siete y papito no llega, dan las siete y media y mamita se empieza a desesperar.

–¡Jaimito ya cállate! deja de hacer esos ruidos, que no ves que es tarde y papito no llega.

–Sí mami.

–¡Basta! Ven acá y estate quieto.

El reloj de pared da las ocho, ya está oscuro afuera y de papito ni sus luces.

–No debe tardar en llegar, probablemente tuvo mucho trabajo.

–Sí mami.

–¡Cállate déjame pensar!

En eso se oye un estruendo a la distancia, como un golpe, un choque de un tren que se lleva un coche por delante.

–¡Ay qué fue eso!, ¿Oíste Jaimito?

–Sí mami, es ese mismo ruido otra vez. ¿Recuerdas?, tú me dijiste que es la repetición del golpe donde murió el papá de Archie la semana pasada, que se repite por nueve días.

–¿Yo dije eso?

–Sí, cuando estabas con su mamá, doña Fina, que quedó viuda y fuimos a los primeros rosarios y después ya no quisiste ir…

–Sí, ya cállate, no me distraigas que me estás poniendo nerviosa, ¿que no ves que papito no llega? ¡Y tú con tus cosas de accidentes y viudas!

–Sí mami, bueno tú me preguntaste.

–¡Silencio! ¡Ay! ¿Y si papito chocó? ¿Y si está malherido? ¿Muerto?

–Cómo crees mamá, él maneja muy bien.

–¡Ay! eso es lo que me tiene con pendiente, ya se hizo noche y no ve muy bien… ¿y si le pasó algo?

En eso divagaba cuando el reloj da las diez de la noche y mamita rompe en llanto.

–Ay, ay, no sé qué voy a hacer, papito no llega, ya son las diez de la noche, él nunca llega tan tarde, algo le pasó con seguridad. ¿Qué vamos a hacer? ¡Guaaaa!

–Pero mamá.

–¡Cállate! ¿Tú qué sabes del dolor de una madre?

Jaimito rompe a llorar también y se aleja de su madre.

–¡Hijo! ¡Hijo! no te vayas, ven acá, perdóname.

Mamita abraza a Jaimito y lo estruja contra su pecho.

–¡Perdóname mi amor, perdóname!, no te vayas, sólo nos tenemos tú y yo ahora, no te vayas. ¿Qué vamos a hacer?

–Sí mamita.

–Sí, yo sabía que algo así iba a pasar. Debe haber sido tu tía Juana, la bruja, esposa de tu tío Everardo, que no le caigo bien y nos echó mal de ojo. Es una perra envidiosa, pero así le ha de ir, maldita…

–Sí mami.

–¡Ay no! ¿Y ahora qué vamos a hacer? Nos quedamos solos en el mundo no tenemos a nadie, tu papá era lo único que teníamos. ¡Guaaaa!

El reloj sigue su impasible camino y dan las once de la noche.

–Esto no puede estar pasando Jaimito, me voy a volver loca… ¡Jajajajaja! ¡Loca sí! Viuda con un hijo, desamparada, sola en el mundo, sin nadie a quien recurrir.

Jaimito se siente desolado, su papá está muerto y mamá se está volviendo loca. Se siente como un pobre huérfano, desamparado. Y la pesadilla aún no comienza, se empieza a imaginar los más terribles escenarios para el futuro y mamita empieza a hablar nuevamente…

–No sé si lo pueda soportar, tu padre muerto. ¿Qué vamos a hacer? ¿Quién va a pagar los gastos del funeral? No tenemos dinero en el banco, ¿de qué vamos a vivir? Vivimos al día y ¿qué va a ser de mí? ¿De qué voy a acabar? ¡De pordiosera! No sé hacer nada, tal vez me contraten de afanadora en el Seguro Social. ¡Yo de afanadora, limpiando baños! ¡No lo voy a soportar, me voy a morir!… ¿Y qué va a ser de ti, de mi Jaimito?, abandonado en un orfanato, violado, maltratado, ¡muerto de hambre!

–Tranquila mami, todo está bien.

–No me digas que me tranquilice, el mundo se está derrumbando, yo lo sabía, siempre lo supe y es que no quise ser monja. Dios me está castigando, debí quedarme en el convento cuidando a las madres más viejas, ellas me advirtieron que en el mundo hay mucho sufrimiento y yo no las escuché, es mi culpa. No sé qué hago aquí, esto es una espantosa pesadilla, yo aquí sola, con un hijo…. Tampoco me casé por la iglesia, este debe ser mi castigo. ¡Ay Dios! ¡Ay!…

Mamita se tapa la cara con las manos y sigue llorando, Jaimito se acerca y trata de abrazarla pero ella lo rechaza, él permanece alejado llorando. Ella se recompone, se levanta y lo abraza estrujándolo en silencio. Luego su actitud cambia y habla ya con un tono de resignación.

–Hijo mío, querido Jaimito, perdóname, tú eres un angelito que Dios me dio y es por mi culpa que estás pasando todo esto. Me voy a arreglar y vamos a buscar a papito y sea lo que sea vamos a seguir adelante.

Mamita sube a su cuarto, se viste de negro, se pone un velo de encaje y un chal negros, sus zapatos negros también y así vestida como para un velorio baja con parsimonia las escaleras, ya son las doce de la noche.

Escarba dentro de su bolso negro, saca su agenda y sus llaves y se dirigen a la puerta.

–Vamos hijo.

–Sí mami.

Abre la puerta, hace frío y afuera sopla un viento de mal presagio. Cierra la puerta de un portazo y camina con sus tacones como en una marcha fúnebre hacia el teléfono público, que está a medio kilómetro a pie en línea recta frente el mercado. Van vadeando baches y hoyos sobre calles de terracería. El silencio es casi total. Las lámparas del alumbrado que aún prenden muestran las sombras fantasmales de los árboles y el viento sacude sus hojas.

Llegan al teléfono público que no tiene luz propia pues alguien robó el foco, aunque se encuentra bajo una lámpara del poste que, afortunadamente, no está fundida y alumbra lo suficiente como para ver los números anotados en la agenda de mamita.

Jaimito, que caminó cabizbajo y en silencio al lado de mamita, totalmente desolado espera el desenlace y se imagina pidiendo caridad por las calles, sucio y al lado de su madre en harapos…

–Vamos a hablar primero a la Cruz Roja Jaimito para preguntar y después a la Policía… y después… ya no sé qué, pero vamos a ver.

–Sí mamita.

Aparentemente los números no son, mamita discute con algunas gentes en el auricular, se pone brava, luego se pone a sollozar…

–Es que ustedes no entienden, pinche gente insensible, Dios los va a castigar…

Cuelga el teléfono de golpe aporreándolo, masculla imprecaciones, sorbe sus lágrimas, mira su agenda y vuelve a marcar nuevamente. Alguien contesta del otro lado y le indican que no tienen a nadie con ese nombre, que lo mejor es que -como ya es muy tarde-, se apersone al día siguiente en la delegación de policía más cercana al área donde circula normalmente el sujeto de su búsqueda. Cuelga dando un golpazo al auricular, saca la cabeza de la caseta y le parece que algo se mueve en la distancia entre las sombras de los árboles de la desierta avenida. ¡Es un hombre que camina como papito! No lo puede creer pero desconfiada espera a que se acerque un poco más para identificarle.

Sí, es papito, que se ve blanco del rostro tal vez por el efecto de las luces nocturnas, o por el susto que pasó. Viene caminando a paso medio, viste su traje habitual y la corbata floja ahora, trae un sobre bajo el brazo, se acerca entre las sombras sin reconocerles. Pero al llegar a la farola que alumbra el teléfono, levanta la cara y se sorprende al ver a su esposa y a su hijo parados frente a él en el teléfono. Mamita rompe en llanto y se arroja teatralmente sobre él abrazándolo, Jaimito observa la escena.

–¡Ay, gracias a Dios que estás vivo! ¡Guaaa! –llora a medio grito cogiéndole del cuello casi asfixiándolo y a punto de hacerle perder el equilibrio. Él un poco incómodo le pide que se calme. Ella responde.

–¿Que me calme? Mira nada más el susto que nos has dado cabroncito, eres un inconsciente. ¿Dónde estabas? ¿Con quién estabas?

–Tranquila mujer, tuve un accidente, me chocó un camión “Tizayuca” cuando me empujaba una patrulla de caminos, el coche se paró, fue la batería, no quería arrancar y ellos amablemente me empujaron. Pero el camión que venía rápido ignoró las torretas de la patrulla y nos embistió a ambos. Tuve que esperar el papeleo.

–Pues será el sereno, pero no sabes qué susto nos has dado, nosotros aquí sin saber nada, pensando lo peor y bla bla bla….

Caminaron hacia la casa sin que ella dejara de exteriorizar sus quejas y lamentos; Papito, paciente la escuchó ya sin chistar, y Jaimito, que caminaba unos pasos atrás de ellos, se congratuló de ya no ser huérfano.

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