EL FUEGO VIAJA HACIA EL SUR (concluye)

FOTO OFIC SALATIEL

Cuento por José Salatiel Tec Pool.

-Dentro de poco verás las tierras de este pueblocubiertas con mi ganado. Así ya no tendré la horrible visión de las pencas de henequén.

“¡Henequén! Pérdida de tiempo es lo que es. Inútiles aquellos que se dedican a esos menesteres. ¡Ociosos! ¡Eso es lo que son! El ganado es lo importante. ¡Eso deja dinero!”.

El hombre hablaba así porque siempre había vivido en la abundancia, aunque esa buena vida no siempre fuera fruto de árboles blanquísimos. Y cuando no se tiene el entender que el único sostén del campesino proviene de sus tierras, y cuando no se sabe respetar el derecho ajeno, es común oír hablar a alguien como lo hacía el hombre, quien, tras una nueva andanada de palabras, vaciaba como llevado por una sed sofocante cuanta botella de licor tuviera entre sus manos.

–¡Ni modo compadre! –¡Ahora sí todo está perdido! Si queremos sobrevivir, tenemos que venderle nuestras tierras al cacique ganadero. ¡No nos queda de otra!

–Bueno, alguna solución habrá antes de entregarle nuestras tierras a ese zángano.

–No te hagas ilusiones Filomeno. Este fuego nos llevó a la ruina. Estamos acabados. El sosquil manchado vale poco. Y sembrar de nuevo, para esperar siete años… ¡nos moriríamos de hambre!

Los campesinos habían sumado de esta forma su desgracia y coincidiendo al fin de que no había otra ruta posible, imaginaron al incendio frío del hambre rondando sus jacales.

El terrateniente, por su parte, hablaba haciendo planes sobre su vida futura. Pero ahora hablaba para sí mismo. Porque su criado dormía a pierna suelta sobre el piso del jacal, totalmente hundido en corrientes de alcohol que hervían en su sangre, mientras ruidos parecidos al gruñido de los gatos se oían de su garganta.

Tardó un rato más hablando consigo mismo. Mientras balanceaba la mitad de su cuerpo, apoyado sobre la mesa llena de botellas vacías.

Apuró el último trago como si tuviera prisa. Sus movimientos se iban haciendo cada vez más indecisos, como más pesados. Ahora reunía en sus palabras tantas cosas que ni siquiera él mismo alcanzó a comprender, porque el alcohol se las traía en recuerdos ondulantes.

Todo le daba vueltas. Sentía estar en medio de un inmenso remolino. La casa con el techo de huano amarillento, el camino ya lóbrego, el tajonal marchito cuya distancia de la puerta no era más de metro y medio, y que ahora, junto con su cabeza, danzaban en forma de carrusel, como si estuvieran hechos de humo.

El hombre lanzó una mirada borrosa hacia la puerta. Miró el tajonal girante y pensó “¡tienes que chapearlo pronto Felipe!”. No pensó más. Azotó suavemente la mitad de su cuerpo sobre la mesa y se quedó dormido.

Si decimos que la vida es caprichosa, tenemos buena parte de razón, pero el viento y la candela también lo son en gran manera. Ambos viajan juntos en esto de las grandes conmociones. Por eso el viento, que permanecía dormido desde el mediodía, ahora desataba sus hilos invisibles dirigiéndose hacia el sur.

Y un pequeño tronco que parecía una mano chamuscada y que por azares de la vida se había salvado del agua, comenzaba a revivir con los soplidos del viento, primero como una piedra roja. Después alzaba humillos blancos que serpenteaban con el viento, hasta que se volvió un trozo de carbón encendido que chisporroteaba con el aire.

Una mano invisible del viento levantó una bola de chispas que aventó sobre el monte colindante, y casi de inmediato se volvió una columna de candela brillante que iluminaba la noche como una antorcha gigante.

El fuego avanzaba con sus pasos ondulantes hacia el sur. Voraz. Enloquecido. Haciendo crepitar, como huesos rotos, los arbustos y la hierba. Consumiendo con sus dientes de candela todo lo que estuviera en su camino. Dejando tras de sí montones de ceniza, esqueletos negruzcos de árboles quemados. Piedras reventadas por el calor convertidas en algo así como cal blanca. Pequeños rehiletes de humo que palpitaban antes de consumirse.

Avanzaba violento levantando montones de humo blanco, que atraídos por la altura se confundían rápidamente con las nubes grises de la noche.

Avanzaba poderosamente la quemazón hasta llegar casi al kilómetro de devastación. En la casa de paja cubierta por el tajonal marchito, el cacique se incorporó cuando el bochorno le llegó primero al rostro, como el golpe de un guante caliente. Luego tuvo la sensación de un horno calentándose al máximo.

Apenas entreabrió los ojos porque los párpados le pesaban como piedras. Creyó ver, como en un sueño muy lejano, enormes lenguas amarillas que bailaban ante sus ojos. Trató de levantarse, pero el alcohol ingerido sin limitaciones se le pegaba al cuerpo como una laja. Y no pudo moverse.

–¡Felipe! ¡Felipe! –alcanzó a gritar, pero nadie le contestó. Sus palabras se consumieron con el viento caliente que empezaba a entrar por la puerta… Y de nuevo colocó su cabeza sobre la mesa de madera.

El fuego velozmente se acercó al jacal donde yacían los hombres adormecidos.

Alcanzó en segundos el tajonal marchito, que devoró en convulsiones quemantísimas. Las cabelleras de fuego tocaron el techo de huano. Subieron como culebras encendidas, consumiéndolo en gruesas columnas que ardían con un ruido sordo.

Alcanzaron los bidones de gasolina, que aportaron su parte de tragedia, con una explosión que hizo estallar en mil pedazos lo poco que quedaba de la casa de paja. Todo esto hizo acallar para siempre las tantas tropelías del cacique y su criado, que alcanzaron sepultura de ceniza en este infierno, consumidos por el fuego que ellos mismos habían provocado.

Y no es extraño a estas alturas aplicar como verdad aquel dicho que a la letra dice: “El que juega con fuego, tarde o temprano acaba por quemarse”.

¿O no?

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