EL FUEGO VIAJA HACIA EL SUR (primera parte)

Cuento por José Salatiel Tec Pool.

Ahora bien, los incendios no tenían otro origen más que en las parcelas. Sobre todo en aquellas sembradas hacia el sur, donde abunda el zacate alto para el ganado, porque ahí las pencas son anchas y robustas, que hasta parece que rasgaran la cortina del amanecer con sus espinas duras estiradas hacia el cielo.

Los incendios se iban sucediendo uno tras otro. Y no se había podido divisar la mano que prendía los mecates del agave.

Anteayer ardieron cincuenta mecates de penca lista para el corte. Ayer se quemaron cuarenta. Y nadie sabe el tamaño de desgracia que nos traiga el nuevo día con este asunto de las quemas.

Los campesinos esperaron siete años de trabajos fatigosos para cortar las primeras hojas. Y sin embargo, en unas cuantas horas miraron con hiriente desaliento la ruina de cada una de sus muchas ilusiones.

Es bien sabido que la unión entre el viento y la candela es de esas sociedades que pueden resumirse en fatales consecuencias. Por eso ahora el fuego misterioso había brincado la guardaraya, saltado con el empuje del viento la albarrada contigua y se internaba locamente haciendo reventar en jugosas explosiones las hojas de henequén, que junto con la hierba crepitaban consumiéndose en brillantes columnas de candela, aventando al aire espesas espirales de humo negro, ante la visible estampida de los animales del monte amenazado.

Los bomberos batallaron como tres horas para extinguir la quemazón. Aplicaron constantes descargas de manguera a lo largo del límite del monte, hasta que el agua desbordó en corrientes de lodo negro. Y el viento ionizado en acre olor de ceniza mojada regó por los espacios el aroma de frescura calcinada.

Ahora el fuego dormía plácidamente mojado, degradado en humillos blancos que salían de los restos de la quemazón. Los henequenales consumidos parecían un enorme cementerio de brazos chamuscados y caídos.

Pero no había ningún rastro de los culpables. Aunque tal vez las huellas del delito se habían consumido también con el incendio. ¿Pero, quién podría amontonar tanta desgracia sobre la espalda de los sencillos campesinos de la tierra?

La noche que bajaba sobre pueblo rozaba ya los techos de las casas. Y asomaban en el cielo las primeras estrellas. Cundía en el ambiente un olor a tierra remojada. Sobre los árboles había algo así como una escarcha blanca pegada a cada una de las hojas.

Por el camino de las hormigas avanzaba el hombre como una mancha oscura. Tenía buen cuidado de andar por el centro del camino, ya que en las orillas abundan los terrones de las hormigas rojas, cuyos piquetes se parecen al entierro de los clavos en la carne. De vez en cuando se espantaba los mosquitos con un bidón vacío de gasolina. Avanzaba hacia el sur perdiéndose en las brechas de los montes, hasta una casa de paja semioculta entre el follaje, como a un kilómetro de las parcelas afectadas.

–¡El trabajo está listo patrón!

–¡Bien Felipe! ¡Muy bien!

–Con esto le aseguro que aceptarán sus ofrecimientos.

–¡Por supuesto que lo harán! ¡Tontos y más que tontos! ¡No quisieron aceptar por las buenas, pero ahora lo harán por las malas! ¡De mí nadie se burla!

Las voces salían del jacal improvisado, hecho a modo para seguir de cerca el fruto de sus maquinaciones. Y el hombre había hablado así porque desde hacía un mes sus intenciones eran claras: apropiarse de algún modo de las tierras de las parcelas.

Por un rato las voces se apagaron. Sólo un sonido de cristales chocando entre sí mismos salía por la puerta, por donde también salían las sombras estiradas de los hombres proyectadas en la hierba seca.

–Mira Felipe –despertaron las voces– cuando uno se empeña en lograr algo, a veces tienes que endurecer el corazón. Tu fortaleza debe de aplastar de entrada a tus enemigos. Y luego… pensar, pensar Felipe, en lo que tienes que hacer para lograr lo que desees.

–Pero patrón, ¿y si todo esto se sale de control?

–No creas que no he pensado en ello, pero el fin justifica todo lo que pudiera pasar. Además, remordimientos no tengo. Tú eres testigo de que cuántas veces fueron mis ofrecimientos, tantas veces regresaron rechazadas por esos inútiles.

“Y algo tenía que hacer, entramparlos como las iguanas. Hacer como que no los vemos, y luego aplicar sorpresivamente el lazo en la cabeza para inmovilizarlos por completo.

–¡Pero patrón!, fueron pocos los que entraron en el lazo y son muchos los rebeldes.

–¡Se trata de eso Felipe! De darle un escarmiento a los alzados. De darles un golpe a las rodillas para doblarlos, cuando los vean, los demás solitos entrarán en el lazo como borregos ante el pasto.

–Pero entonces ¿qué va a hacer con tanta tierra?

–Mira compadre, si piensas que soy un obstinado, yo te digo que no. Al principio me picaron hondo los rechazos, pero lo hubiera dejado hasta ahí. Sin embargo pudo más mi coraje al ver cómo desperdician esas tierras. Hay mejores formas para sacarle jugo a todo ello.

“Y eso fue lo que me hizo ser porfiado para alcanzarlas. Más por eso, para utilizarlas mejor. Esas tierras son un campo de oro, Felipe. Pero vamos a olvidarnos un momento de esos fracasados”.

Y habiendo dicho esto, el hombre levantó su vaso desbordado de licor que chocó contra el de su criado, mientras el brillo que salía de sus ojos se parecía mucho al de los gatos cuando acechan a su presa…

CONTINUARA

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s