TORERO

 

 

Por José Salatiel Tec/

 

Torero caminaba ladeándose de un lado para el otro como si estuviera borracho. Pero esta vez, por una buena razón, no lo estaba. Era por el dolor que se prendía a su costado derecho como una daga.

Iba doblándose cada vez más sobre sí mismo, porque aquello parecía desgarrarle las entrañas. Y apoyándose en las rodillas le daba fuerzas para no desmadejarse ante las náuseas que sentía. Esa imperiosa necesidad de vomitar lo había acompañado desde hacía seis calles atrás.

Se detuvo frente al tanque de agua de la ciudad, y de nuevo el deseo de trasbocar se le montó sobre su espalda. Se arqueó doblándose sobre sí mismo con las manos apoyadas fuertemente en las rodillas. Sintió como si todas sus vísceras se agolparan violentamente en su garganta, de donde también se oía un rumor parecido a un río lleno de piedras.

Pasaron como dos o tres minutos. El acceso se resumía ahora en gruesos hilos de sangre oscura que escurrían de su boca. Blanco como una nube, cayó desmadejado sobre la escarpa, como si en esa bocanada sanguinolenta se le hubiera ido la existencia.

Se ha visto que algunos individuos parecen resistir más tiempo que otros los efectos del alcohol ingerido en cantidades abundantes. Pero también se ha visto que unos y otros tarde o temprano acaban pagándole el tributo a ese vicio destructivo.

Torero pensaba que era de los primeros. Decía estar hecho de piedra para aquello de los alcoholes. Y que no sentía ninguna consecuencia en su organismo después de veinte años de largas borracheras, salvo las punzadas, como una bola de tachuelas que sentía en el costado, y la noche en que no pudo dormir, porque un enjambre de abejas gigantescas que salieron de la nada amenazaban con devorarlo por completo.

Suponía que todo el aguardiente que tomaba destilaba en cualquier parte, menos en cada parte importante de su cuerpo.

Otras veces, con modestia vaporosa reconocía:

–¡En las venas ya no tengo sangre, sino ron! Para luego distenderse a carcajadas mientras un vaho con olor a zapote fermentado escapaba con su aliento.

Pero ahora estaba muerto. Podía decirse que lo estaba, a juzgar por la posición que guardaba sobre la escarpa llena de sangre seca, con las manos y las rodillas cerca de su cara como si tuviera frío. A pesar de que el calor del mediodía hacía subir un vaho transparente de la tierra, como si hubiera llovido.

Pero también podía decirse que estaba muerto desde hacía mucho tiempo, porque es bien sabido que algunos individuos que tienen la costumbre de embriagarse cotidianamente, deambular por las calles como midiéndolas, aventar palabras que no se comprenden, destilar cascadas de improperios, revolcarse en el polvo como las gallinas, maltratar a sus familias o reñir con sus vecinos, podría decirse que viven sólo para el vicio. Y están muertos para los demás.

La gente al principio se escandaliza de ellos. Después los compadecen. Y más tarde terminan por cubrirlos de blanca indiferencia. Los matan con el lazo del olvido voluntario. Y sólo los resucitan cuando quieren expresar, por algún asunto personal, su errado sentimiento de la verdadera caridad.

Fue por eso que Torero tuvo unos cuantos pantalones y una que otra camisa para cubrir su delgada desnudez.

¿Realmente estaba muerto? Pero si solamente ha pasado como media hora. La canasta de frituras que llevaba para vender está más cerca de su mano. Sus ojos están cerrados porque tiene mucho sueño. Sólo eso. Ha dormido el sueño del borracho tantas veces en la calle. Ese sueño tan pesado y la vez tan digerible que trae sobre el cuerpo como sacos de ceniza.

Eso es todo. Siente deseos de dormir profundamente, porque al hacerlo sus dolores se adelgazan. Siente el cuerpo tan liviano como una hoja de plátano. Y se hunde cada vez más en un hueco hecho de bruma que parece no tener destino alguno. Y sus párpados pesados se cerraron ocultando su mirada, que poco a poco se va apagando como una llama alejándose de sus ojos.

Así como se encuentra, aún con los párpados caídos, sabe que exactamente a sus espaldas, sin doblar por ningún lado, a seis cuadras y media está la casa que alquilara su mujer. Y está, como siempre, con las puertas cerradas. Hasta podría pensarse que allí no vive nadie. Nada. Y no es porque no quisieran vivir allí sus ocupantes, sino porque él salía poco antes de que saliera el sol. Y luego su mujer salía también para lavar y planchar ajeno para poder sobrevivir.

Si tan solo hubiera tenido descendencia, tal vez las cosas hubieran tomado otro camino. Tal vez la dicha de ser padre le hubiera llenado las coyunturas de fortaleza para dejar el vicio. Pero no, porque un hombre como él y en esas circunstancias no habría podido ni siquiera criar un solo hijo.

Por eso habían vivido durante veinte años juntando sus soledades. Apaciguándose el uno al otro como tratando de llenar un cántaro sin fondo.

Fue por eso que poco a poco fue haciéndose al desentendido con eso del asunto de perpetuar su sangre. Y por eso su mujer se hizo como una mujer estéril. Aunque esto y otras cosas le encendieron el mal carácter, y se volvió malhumorada y dura.

Cuando las personas mueren, se llevan consigo todos sus recuerdos. Aunque primero pasan por sus ojos, para luego convertirse en manchas negras y difusas. Ahora pasan por sus ojos, antes que se apaguen, todos los recuerdos de sus hechos de beodo. Sobre todo el último de ellos…

Había llegado a su vivienda con la noche metida entre sus ojos al punto del cansancio. Lo esperaba su mujer malhumorada. Esa señora a quien le dicen “doña Gorda”, una mujer robusta y llena de cariño para otras personas, pero no para el Torero.

Con él estaba sólo para no estar sola. Y si alguna vez hubo algo de cariño, se fue desparramando con el tiempo, hasta quedar una madeja de pleitos y de ofensas que rayaban en los golpes, donde por supuesto con la ventaja de sus carnes ella era siempre la ganadora indiscutible, porque Torero era pequeño como una semilla de cilantro. Gustaba hablar de las corridas de toros donde vendía sus frituras, y siendo que los toreros del rumbo no son altos, de seguro de ahí vino su apodo, que borró perfectamente el recuerdo de su nombre.

Su hazaña de esa noche comenzó con el pleito de la economía de su casa. La Gorda insistía en que debía de dejar el vicio para cubrir las faltantes del hogar. Él porfiaba que algún día lo dejaría, que así como se había hundido, así mismo saldría de todo ello sin ninguna traba. Pero ella molía en que debía ser ahora. Y él, poniendo resistencia a cambiar su vida, quiso decirle que un vicio tan añejo, no podía dejarse de la noche a la mañana.

Quiso decirle que había dejado costras en el alma que eran difíciles de quitar, pero no dijo nada, sólo una leve cascada de promesas. Sólo eso. Pero la Gorda, cansada de palabras, dio un giro más punzante a la discusión, puso en duda la hombría del Torero. Lo acusó de mantenido y sinvergüenza.

El hombre replicó diciéndole “mujer sin fruto, muerta de vientre y de sentimientos”. Lo dijo con algo de valor, como no lo había hecho en pleitos anteriores. Pero esto acabó por alterar a la mujer. Y es que la aparente valentía que aporta el aguardiente no sirve para solucionar los problemas de la vida, antes adormece la razón, y las cosas sin solución se enredan cada vez más, como un racimo de bejucos.

Las palabras encendidas del Torero levantaron el coraje de la mujer. Se levantó de un salto de su hamaca y, acercándose hasta él, recargado sobre el marco de la puerta de la calle, le dio un sonoro manotazo en la cara que acabó por tirarlo a media casa. De ese modo terminó la discusión para iniciarse de inmediato la trifulca.

Para sus vecinos, aquel jaleo era digno colofón de casi todos los días para la pareja. Les resultaba divertido, poco interesante y sobre todo lo admitían con naturalidad, sabiendo de antemano el resultado: la Gorda ganaba siempre todas las peleas.

Pero los gritos que salían de la vivienda los alarmaron por completo. La súplica de ayuda que llegaba a sus oídos no era de hombre sino de mujer. Algo inusual se destilaba en la casa del Torero. Algo que no habían oído antes.

Torero rodó como dos veces tras el golpe de la Gorda. Se puso de pie de un salto como si tuviera resortes en las piernas. Y aprovechando el vuelo de sus pies, le dio de patadas sucesivas a las rodillas de la mujer, que la doblaron por completo. Cayó de espaldas mientras recibía del hombre una andanada de patadas en las costillas.

La Gorda se había quedado quieta, como pasmada, más por el susto de ver al Torero enloquecido de furia, como no lo había visto antes, que por los golpes que recibía. Y esto le vino bien al hombre, que la golpeaba sin cansarse por todos lados…

Cuando los vecinos llegaron a la casa, uno de ellos abrió la puerta golpeándose contra ella. Y los demás, al entrar en tropel, tras el primero, quedaron asombrados por lo que veían: Torero montado sobre la Gorda y fuera de sí, la golpeaba a su gusto, incluso con un trozo de madera que servía para atrancar la puerta.

Fue necesaria la fuerza de dos hombres para aplacar la furia del pequeño Torero, que pataleaba y manoteaba mientras lo quitaban de la espalda de la gorda, que maltrecha por los golpes sólo acertaba a decir entre sollozos que no quería volver a verlo nunca.

El hombre, después de apaciguar las subidas y bajadas de su pecho, dejó el coraje apretujado entre las manos de sus vecinos.

Entonces cambió la furia por el contentamiento y empezó a reírse a carcajadas de su hazaña: ganarle cuando menos una pelea a la Gorda, mientras mostraba sus encías casi vacías.

Pero ahora Torero ya está muerto. Formó parte de un puñado de curiosos que en círculo. Alrededor de él lo miramos condolientes. Alguien de cerca trae un cobertor y ayudó a cubrirlo mientras le digo adiós con el pensamiento, porque se ha ido uno de tantos que, como muchos antes de él (y de seguro después de él), pagaron con su vida el tributo a la bebida.

Por eso no alcanzan las palabras. Sólo el silencio es la única dádiva para alguien que ha expirado de esta forma en la calle, ovillado sobre la escarpa, con el hígado deshecho, como si tuviera frío, al calor del mediodía.

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