¡QUÉ BONITA FAMILIA!, PERO…¡QUÍTAMELA DE ENCIMA!

 

 

Por Vanessa Padmir

 

Unos viven pegados como muéganos, otros hacen hasta lo imposible por separarse de ellos, la verdad es que no hay reglas claras, cada uno de nosotros aprende de lo que tiene y de lo que no tiene en familia, mientras nos vamos rebelando haciendo de las reglas pedacitos de papel, a veces confeti y a veces rompecabezas unidos por fuerza.

No existe una estadística, pero un gran porcentaje, si no es que un total de nosotros, crecemos con un amor-odio a la familia, mismo que tendremos que ir resolviendo mientras nos añadimos a familias nuevas o cambiamos las nuestras.

En un inicio todo parece tan normal, sucede todo imperceptible, sencillamente así es, sin nada que cuestionar, mas conforme vamos saliendo del cascarón observamos las “rarezas” de otras familias y paradójicamente las “rarezas” propias comienzan a ser parte del juicio ajeno.

Yo aún encuentro a mi familia absolutamente ordinaria. Por un lado están los Herrera, la familia de mi padre. Ellos eran pocos, mi padre sólo contaba con una hermana menor que se quedó a vestir santos y mi abuela que era viuda. En ocasiones ocurría la visita de uno de los dos únicos primos que le conocí a mi papá y esa sería la concurrencia más nutrida.

Las mujeres Herrera eran sofisticadas, poseían la gracia de vestir, oler y hablar bien. Una amplísima biblioteca, pinturas célebres, souvenirs de diversos viajes y un piano de cola certificaban su abolengo. El impecable plaqué en la mesa, armonizaba con las elaboradas cenas. Eran cálidas a su estilo, amorosas sin empalagar y generosas mientras no te les “subas a las barbas”. Digamos que sabían poner sus límites claramente.

Los Herrera tenían predilección por el vino, cuidadosamente a 18 grados de temperatura, servidos a media copa con una degustación previa. Su fascinación por la elite era abrumadora, tanto como su desprecio a “lo corriente, naco, vulgar”. Su ideología completa se puede explicar en dos dichos “aunque la mona se vista de seda, mona se queda” y “así como te ven, te tratan”.

Por otro lado está la familia de mi madre, los Robles, numerosos, escandalosos, desordenados, completamente despojados de glamour o de protocolos. Sus viviendas reflejan perfectamente su manera de ser práctica y desfachatada, donde una cortina se convertía en puerta, una sábana en cortina o una cubeta volteada un asiento más.

Siempre había algo “parchado” con masking tape o amarrado con un lazo “provisionalmente” en lo que se repara, o sea podría durar toda una eternidad siendo remiendo. Mis abuelos tuvieron doce hijos, quienes ya aleccionados con aquello de “la familia pequeña vive mejor” tuvieron la decencia de tener mínimo tres cada uno. Aún así, yo nunca supe cuántos primos tengo con exactitud, el número oscila entre 48 y 52, más lo que se acumule esta semana.

Los Robles son árboles de raíces viejas, troncos anchos y fuertes, hojas suaves caducas y redondeadas. Son tan frondosos que sus copas protectoras dan cobijo a muchos, y así se puede describir a la familia Robles, con ideas tan chapadas a la antigua que son su raíz, los troncos simulan su fortaleza, nunca se enferman, nunca descansan, siempre pueden más y siempre tienden sus brazos abiertos a proteger al desvalido.

Constantemente exaltaban en sus conversaciones lo que para ellos era lo principal en la vida: la unión familiar, y eso daba autorización a excluir a cualquier amigo, vecino o pretendiente que no siendo Robles osara ocupar algún lugar en la casa o en la mesa.

“Donde comen cinco, comen seis… aunque sea frijoles”, era la frase de bienvenida que expresaba su contradictoria generosidad y carencia. Además era muy real, en un comedor de seis hacían espacio para 24 casi encimados o por turnos.

Una de las cosas que claramente aprendí de los Robles es que el amor se come; todas sus féminas tienen por obligación moral tácita dar de comer inmediatamente a cualquier familiar que les visite, independientemente que tengan hambre o no. “Ándale aunque sea un taquito”, a lo que se debe responder “bueno, me lo echo”.

Cualquier negativa es tomada como un desprecio, o sea falta de amor; si el comensal repite plato, pues mejor, es una muestra clara de que hay cariño, confianza y aceptación. Ya se imaginarán la razón por la que muchos de mis familiares son obesos o padecen problemas gástricos.

A ambas familias he amado y odiado, buscado o rechazado, en ocasiones he preferido a unos sobre los otros, pero más de las veces he preferido alejarme de todos. Creo que no puede haber algo más opuesto a un conjunto de árboles que una mujer trabajando un metal, pero heme aquí: la heterogénea mezcla de ambos, intentando no seguir a ninguno para hacer un camino propio. ¿Cuál? Aún no lo sé, sólo sé que está en construcción, a veces con madera de Roble, a veces con hierro de Herrera y sólo así le puedo dar sentido a lo que sigue de la historia…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s