ENCUENTRO CON LOS ALUXES

 

 

Cuento por Yoxi/

 

Ella estaba demasiado ocupada como para escucharlo…

Pedro incrédulo se levantó de hombros al ver a su madre alejarse dando a gritos las mismas instrucciones de siempre: ¡Te lavas los dientes! ¡Arregla tu cuarto! ¡No olvides tu tarea!, bla, bla, bla!.

Sí sargento -pensó-. Fue entonces que decidió seguir su propio camino. Tenía la corazonada de que algo importante le esperaba esa noche, así que para romper la rutina, decidió ir al sitio prohibido.

Corrió decididamente hacia su bicicleta que yacía tirada sobre el pasto del jardín. La levantó, dio un salto sobre la marcha para montarla y pedaleó con todas sus fuerzas para alejarse lo más rápido posible de la casa. Enfiló hacia el camino principal que cruza la isla y que lleva también a San Gervasio, al otro extremo de la misma, donde se encuentra un faro.

Pasó por el pueblo antiguo, del que quedan las ruinas olvidadas de dos civilizaciones: una la maya y la otra del conquistador español, que parecían fundirse ahora en un mismo tiempo y espacio. El derruido sitio era ahora hogar de iguanas y de toda clase de bichos e insectos selváticos, que, según las leyendas locales, compartían el territorio con los Aluxes, (una clase de seres antiguos, guardianes de la naturaleza y de sus secretos) así como con fantasmas de piratas malvados, que otrora escondieran celosamente sus tesoros en la isla, quedando perdidos en el tiempo en calidad de leyendas más o menos difusas, transmitidas de boca en boca a través de muchas generaciones de isleños.

Estaba decidido a llegar al faro lo más pronto posible para observar el atardecer, aunque había sido advertido por su madre de no alejarse solo y mucho menos acercarse a ese sitio, por los rumores de avistamientos de extraños seres, que contaban los pobladores del lugar.

Llegó al sitio del derruido faro, desmontó rápidamente, dejó caer su bicicleta y se dirigió a la desvencijada puerta, que permanecía entre abierta, por la hinchazón de la madera expuesta a la humedad y a la salinidad del mar y que la había dejado trabada en esa posición hacía ya mucho tiempo.

Se escurrió de inmediato al interior y subió las destartaladas escaleras como un rayo, desafiando la gravedad, mientras la voz de su madre resonaba en su consciencia, reprochándole ya por su desobediencia.

Llegó hasta la cúpula sin cristales y se escurrió al balcón para dar de cara al espectáculo del atardecer, y quedó complacido ante la visión. Entró en una especie de éxtasis en donde el tiempo se detuvo, dándole un atisbo de eternidad, olvidándolo todo.

De pronto volvió en sí, tal vez por los graznidos de algunas aves que al ocultarse el sol, partían en busca de resguardo y al pasar, volaron tan cerca que lo regresaron de golpe a la realidad, lo que parecía ser otra vez este mundo, su triste mundo.

Se dispuso a partir, cuando sintió la extraña sensación de que no estaba solo, de que alguien o algo lo miraban desde las sombras del interior del faro. Trató de no dar rienda suelta a su imaginación desechando ese pensamiento, cuando fue un murmullo o el sonido de algo que se arrastraba directamente detrás de él lo que terminó por alarmarlo.

Se puso a evaluar la situación y venciendo sus temores, comenzó a volverse lentamente, sin poder distinguir nada en la semipenumbra en que se encontraba el lugar, y para su asombro, escuchó el murmullo como de algo que reptaba, desplazándose rápidamente a su derecha casi rozando pies.

Hurgó en sus ropas y cogió una caja de cerillas, la tomó entre sus dedos temblorosos, empujó el inserto con su dedo, con sus uñas cogió una de ellas, la frotó frenéticamente en la orilla de la caja decapitándola en el intento. Esto no podía estar pasando -se recriminó-. Rápidamente cogió otra, repitió la operación y antes que la luz alumbrara su camino, en la penumbra, escuchó como risitas apagadas de muñequitos peludos como los muppets.

Conforme la pálida luz iluminó parcialmente el recinto, le pareció ver más sombras que se escurrieron a ambos lados de donde se encontraba. Pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada. Trató de ignorar la evidencia y con la tenue luz se dirigió hacia la escalera que le conduciría abajo y fuera del faro, que a estas alturas ya no le estaba haciendo mucha gracia.

Tomó el pasamano y con cuidado felino comenzó el descenso de la escalera de caracol, no sin antes sentir que un pequeño pedrusco le golpeaba en la espalda con un leve sonido enmarcado de otra andanada de risitas que casi le paralizan el corazón.

Ya afuera, se dirigió rápidamente hacia su bicicleta, agarró el manubrio, y avanzó. Volteó con temor y se notó rodeado de una tenue luz que le permitía ver, sin embargo no entendía el origen de tan extraña luminosidad; como si ésta viniera de todos lados y de ninguna parte. Sus ojos ya acostumbrados a la penumbra vislumbraron ahora unas pequeñas siluetas humanoides en las inmediaciones de la puerta que acababa de cruzar como por su vida. Aguzó su vista para distinguir mejor y tratar de darle una explicación a las extrañas figuras.

Fue entonces, cuando aparentemente de ninguna parte, una especie de hombrecillo le cortó el paso por el frente con un ¡buuuh!, seguido de una aguda risita burlona, que se hizo eco con otras que se escucharon provenientes de las inquietantes siluetas.

Pedro reculó asustado, dio un grito ahogado, cerró los ojos y cayó de hinojos al piso con la bicicleta aferrada entre sus manos. Se hizo un silencio eterno, finalmente abrió los ojos y la figurilla frente a él le hizo unos ademanes con los brazos como arrojándole polvos invisibles, mientras le veía fijamente con la clara intención de asustarle.

Los otros seres a lo lejos se conformaban con corear y reírse de los ademanes que el líder gesticulaba delante de Pedro, que volvió a cerrar los ojos sin creer que esto estuviera sucediendo, deseando que terminara ya, otro silencio…

Pedro superando su miedo decidió abrir definitivamente los ojos y observó la misma actitud y los mismos aspavientos del enanito, que se repetían ahora, sin el menor efecto de asustarle.  Entonces, sacando fuerzas de no supo dónde increpó al hombrecillo:

–¿Quién eres? ¿Por qué actúas así?

El hombrecillo se detuvo, bajó los brazos, le vio un segundo intrigado y finalmente le habló en maya  ininteligible entonces para Pedro:

–In Lak´ech

–¿Qué dices amigo?

Y hablándole el ser entonces en un español, con marcado acento maya le dijo:

–Si no tienes miedo y quieres escuchar, jefe alux puede hablarte.

Pedro sopesó las palabras, en realidad ya no tenía miedo, por lo que asintió con un leve movimiento de cabeza. Su interlocutor continuó:

–La gente alux vive en la naturaleza, la gente tuya no nos respeta, invade nuestra tierra. Los Aluxes somos gente buena.

–¿Aluxes?, lo siento, no quise molestarles, sólo vine a ver el atardecer y me asustaron, no deberían asustar a la gente, no es bueno.

El alux se rascó el cabeza intrigado…

Su aspecto era muy delgado, su ropa era una túnica que le cubría el torso, de un material que parecía una clase de sisal más bien fino aunque no muy limpio, calzaba unas alpargatas gastadas de confección sencilla y sus partes las cubría con un taparrabo que le llegaba a las rodillas con un cordón de henequén a la cintura; unas especies de pulseras de cuero en las muñecas con extraños símbolos geométricos grabados en ellas y una vincha de piel, que le sujetaba a la frente el pelo negro, lacio, sucio y desordenado que le llegaba casi a los hombros.

Su cara lucía una barba de chivo muy rala y su tono de piel tostado por el sol acentuaba sus rasgos y su edad. Tenía la cara afilada con una nariz aguileña y los ojos negros rasgados medio bizcos. Remataba su imagen una boca de labios protuberantes y unas orejas de repollo. Al final no se veía tan amenazante, pensó Pedro, sino más bien gracioso, considerando tal vez una mayor amenaza la evidente falta de higiene.

El temor inicial se convirtió en una especie de curiosidad e incredulidad de lo que le estaba sucediendo. “Debo estar soñando”, se dijo en su interior.

–Ba’ax kin betik yéetel le chan xi’ipala’.

Dijo el alux como preguntando, a lo que se oyó desde el fondo como una respuesta en coro, “Cox ka’ansik”. Pasaron unos momentos y finalmente le habló de nuevo:

–Ya que te has mostrado valiente, tengo algo que decirte. Es un mensaje del espíritu de la gran madre que nos dio origen a todos y que nos hace hermanos, ya que todos venimos de ella. Nosotros somos felices como somos, el hombre no ha aprendido esto y destruye en su ignorancia la armonía natural viviendo en la superficie de su mente, donde las tempestades y las tormentas se forman, despertando sus pasiones más bajas, por lo que es profundamente infeliz y no lo sabe.

“Nuestra misión es encontrar niños y jóvenes como tú sin miedo y que sean capaces de escucharnos para entender lo que tenemos que decirles, que para los adultos es inaceptable, por la dureza de su corazón.

“Nuestro pueblo se está extinguiendo, nuestra misión no puede quedar inconclusa, y para recompensar a quienes nos escuchen y lo apliquen, tenemos fabulosos secretos, principios espirituales que les daremos como un regalo a cambio de actuar de acuerdo con ellos. Secretos para permitirles abstraerse de su consciencia destructiva de raza y vivir felices sin carencias por el resto de sus vidas, practicando y enseñando a los demás la realidad que existe en su interior.

“Si escuchan y demuestran valor para identificar y romper sus propias contradicciones y abrazar la verdad de la vida, su recompensa será vida abundante en todos los sentidos aquí y ahora y en lo por venir, lo cual a su tiempo entenderás. Sabemos quién eres, esperábamos este encuentro pues sabemos que dentro de tu corazón existe el deseo de ser feliz, esto es lo único necesario en la vida.

“Vemos que los hombres, si continúan en su ignorancia, terminarán por contaminar y exterminar su raza y toda la tierra; Nosotros nos veremos obligados a abandonar este mundo, a otra parte de la vida que ustedes no conocen y no pueden ver ahora. Si quieres aprender, ahora te puedo dar un avance para que comiences a entender, para ti será como una vida y también como un abrir y cerrar de ojos.

“Regresarás luego con los tuyos y sólo tú sabrás lo que pasó y entenderás poco a poco el profundo secreto de la Gran Madre que todo lo sabe y que dio origen a todo lo que ves y lo que no ves”.

Pedro se sintió un poco intimidado ante tan extraño discurso, aunque en su corazón sentía de alguna manera que era cierto lo que aquel ser le decía, sin embargo, no podía comprender cómo sería posible tal cosa.

–Mi nombre es Pedro, ¿cuál es tu nombre?

A lo que el ser contestó haciendo una pequeña reverencia:

–Ha’nuk de los Aluxes. Tú eres mi otro yo, y yo soy tú.

Se escuchó entonces desde el fondo del lugar una exclamación de júbilo, al momento que le reveló su nombre…

Pedro, ahora más relajado, asintió con algo parecido a una reverencia china que vio en una película de Jackie Chan, y que improvisó en el momento. Lo que arrancó una amplia sonrisa en Anuk, que mostró su dentadura dispareja, con un hueco donde le faltaba un diente.

–Ven, sígueme –le dijo Ha’nuk.

–Bueno, en realidad ya me iba. Muchas gracias señor Anuk, gusto en conocerle pero ya es tarde y… debo regresar a casa.

–No te preocupes muchacho, no tomará mucho tiempo, los Aluxes conocemos el secreto del tiempo.

Acto seguido, trazó con sus manos en el aire lo que pareció un símbolo mágico. Pedro sintió una especie de mareo, una paz en su interior, y observó cómo todo se transformaba ante sus ojos, aunque paradójicamente parecía seguir igual.

Entonces, la naturaleza a su alrededor pareció brillar con luz propia, que le permitía ver todo con un extraño resplandor que provenía del interior de la selva.

–¡Oh! Exclamó, ¿qué ha pasado?

–No temas, es solo que el tiempo se ha detenido, entramos a la quinta dimensión más cerca de la Luz. Hoy regresarás a casa con tu madre justo a tiempo. Ven, tengo algo que mostrarte…

Caminó Ha’nuk hacia la selva haciendo con la mano el ademán de que le siguiera. Pedro le siguió y se adentraron en la selva, donde todo parecía iluminado de un verde fosforescente; tenía la sensación que todo tenía más vida que nunca a su alrededor y lo veía como nunca lo había percibido antes.

Avanzaron un poco y al salir de unos arbustos retorcidos, como un milagro, el día se hizo. Ante sus ojos apareció un paisaje tropical soleado con un cielo azul hermoso. Caminaron un trecho en este “nuevo mundo” y el mar apareció a la distancia, con sus tonalidades turquesas propias del Caribe.

Ha’nuk le señaló con un dedo a la distancia y al mirar notó un gran barco de velas, era un galeón antiguo con una bandera negra, fondeado a unas decenas de metros de la tranquila playa, también observó que un lanchón se dirigía hacia la playa, llevando a bordo hombres.

Sin saber cómo, de repente se encontraron escondidos en un claro desde el cual podían ver la escena completa sin ser vistos. Había otro grupo de hombres, que por sus vestimentas y por sus sonoras risotadas, de inmediato identificó como piratas… “¡Son piratas!”, exclamó Pedro. Ha’nuk le indicó guardar silencio colocando su torcido índice sobre la boca, que esbozaba una leve sonrisa de complicidad y le señaló ver lo que estaban haciendo.

El grupo, que constaba de una media docena de piratas, trabajaba con picos y palas cavando en el suelo un foso. El grupo de marineros que vio navegar en el lanchón desde el galeón, había ya desembarcado en la playa y se dirigió al grupo que trabajaba. Se sintió intrigado y continuó en silencio observando la escena.

El grupo que venía de la playa era dirigido por un líder, vestido extraña aunque más limpia y pulcramente que el resto del grupo; gritaba, daba órdenes a los marinos, que cargaban a los hombros una especie de parihuela improvisada, de la cual pendía un arca de madera con brillantes protecciones metálicas, y un gran candado al frente.

Pedro pensó de inmediato “ese debe ser el tesoro. ¡Sí, un cofre con un tesoro de piratas!”. Ha’nuk le miró con calma y le indicó nuevamente con el dedo en los labios que guardara silencio, Pedro callado siguió observando.

El Capitán farfulló a sus hombres órdenes en inglés y estos con una actitud de respeto y reverencia, trajeron el cofre y lo depositaron junto a la excavación, que para entonces ya estaba terminada; procedieron a liberarlo de la parihuela y lo hicieron descender al fondo de la excavación, lo cubrieron con piedras y arena. El Capitán garrapateó en un pergamino, dio otra orden, y los hombres rodaron una enorme piedra sobre el entierro, donde ahora yacía el misterioso cofre.

Se estaban preparando para abandonar el lugar, cuando de pronto, de una alta palmera, un coco se desplomó muy cerca de donde Pedro y Ha’nuk se encontraban escondidos. Pedro se asustó y dejo escapar un ahogado grito, que al ser escuchado, puso a todo el grupo de inmediato en alerta. El Capitán dio una orden y al momento los hombres tomaron sus armas y se dirigieron hacia el sitio donde escucharon el ruido.

Se dividieron en grupos y empezaron a rodearles. Pedro quedó aterrado al sentirse descubierto, sintió ganas de correr, miró hacia Anuk y éste le veía con una mirada divertida y el dedo índice en los labios…

Pedro entró en pánico y se acurrucó bajo los arbustos, mientras el grupo de piratas se acercaba por varios flancos. Permaneció ahí en silencio con los ojos cerrados, oyó sus voces en las cercanías y de repente, en la  maleza, muy cerca de él, sintió una imponente presencia. Abrió los ojos lentamente y el mismísimo Capitán estaba parado frente a él; miro sus botas y lentamente fue subiendo la mirada por su vistoso traje, para encontrarse finalmente con el rostro del corsario, quien le obsequió una azul y gélida mirada que le traspasó el corazón.

Ha’nuk salió de improviso de su escondite y corrió al frente del corsario, interponiéndose entre Pedro y él para llamar su atención. Procedió entonces a trazar con sus manos en el aire unos extraños símbolos, a una velocidad que le pareció imposible a Pedro. El Corsario quedó inmóvil ante la inesperada intervención de la criatura.

El día pareció oscurecerse como bajo negras nubes, una fuerte brisa empezó a soplar desde el mar agitando las ramas de las palmeras, y el corsario permaneció inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido para él; fue entonces cuando comenzó a desvanecerse en el aire, haciéndose transparente, hasta finalmente desaparecer ante los azorados ojos de Pedro.

Pedro estaba pasmado, era otra vez de noche y se escuchaban los sonidos de chicharras y otros insectos a su alrededor. Ha’nuk extendió su mano, y una especie de bola de luz se formó sobre su palma, se acercó ofreciéndosela a Pedro, quien la tomó encandilado por el brillo y al recibirla sintió como un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo, como una sutil descarga eléctrica que le tranquilizó de inmediato y entró en un dulce sopor.

Fue a recostarse bajo un arbusto, cerró los ojos y se fue quedando dormido hasta perder la noción de sí.

El despertador sonó con sus desquiciantes campanitas en el buró a un lado de su cama, la luz del día entraba por la ventana. Pedro estiró la mano para callarlo de un golpe y enseguida se abrió la puerta, era su madre que le arengó:

–¡Vamos Pedro, levántate ya, que vas a llegar tarde al colegio!

La puerta se cerró de golpe y se escuchó la voz de su madre alejándose dando órdenes-

–El desayuno ya está servido, me tengo que ir. ¡Ah! y por favor no dejes botada tu bicicleta en el camino, que casi me mato al tropezar con ella anoche en la obscuridad.

Pedro se sintió aliviado de que todo hubiera vuelto a la normalidad, después de  los eventos de la noche anterior, lo que pareció como un extraño sueño. De repente le pareció escuchar a lo lejos unas risitas menudas, sintió un estremecimiento, pero luego, dominando su temor sonrió confiado. “¡Si sucedió!”, se dijo.

Entendió entonces que nada volvería a ser igual aunque aparentemente lo era, ya era un hombre de conocimiento iniciado en la sabiduría de la naturaleza y no había nada que temer. Se prometió guardar su secreto.

–¡Sí mamá! –contestó y saltó de la cama para comenzar un nuevo día.

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