EL ADIÓS AL COLEGIO DE BELÉN…Y, A SU VIRGEN AMADA

 

 

 

“Adiós Madrecita…Adiós Virgencita que

 vive en el alma inmortal de Belén”.

Mario Ancona Ponce.

 

 

Ana María Ancona Teigell

 

La partida a España, del periodista, está cercana; por las noches, recorre las calles de la Habana, Cuba. Camina despacio, se queda contemplando cada rincón de la ciudad, que lo acogió con tanto amor, en su juventud. Sus ojos se llenan de lágrimas, porque dentro de su alma, algo le dice que ha llegado la despedida. Quizás, nunca la vuelva a ver. (Como así fue).
Él corazón del poeta está lleno de nostalgia y tristeza, en sus manos lleva una hoja de papel, quiere dejarla a los pies de su amada Virgen del colegio de Belén.
Sin darse cuenta, sus pasos lo llevan a la Capilla del Colegio, dónde está la imagen de su Reina, su Señora. Cuando levanta la vista, mira con adoración a la Virgen, que siempre lo acompañó y a la que a su madre entregó, cuando de este mundo partió. Se postra de rodillas y, con gran devoción, le lee la poesía que le dedicó. En el silencio y la paz, de ese momento, solo se escucha el eco de su voz.
Termina, y, le deja, la poesía escrita, con tanto amor.
Su espíritu se funde con el de Ella, en un abrazo, que ahí se queda, pero, se la lleva por siempre grabada en su corazón.

 

A NUESTRA SEÑORA DE BELÉN

Adiós madrecita…
Adiós Virgencita
que vive en el alma inmortal de Belén,
tú sabes lo mucho que siempre he llorado,
y cuando me aleje de tu amante lado
lloraré también.

Aquí en tus altares
Forjaré collares
de dulces memorias que no olvidaré.
Los pondré a mi cuello,
y serán historia, recuerdo de aquello
que tanto amé.

Triste despedida…
Siento el alma herida
pensando que pronto tendré que partir.
Aprendí a quererte Madre tan querida,
en los cortos años de mi pobre vida
que supo sufrir.

Madre adoración…
Deja que en silencio te hable el corazón
que se ha de alejar.
Deja que te cuente…
Deja que te diga todo lo que siente…
Déjale llorar.

Madre preferida,
yo supe que al cabo de la triste vida
dejarte es morir,
por eso en el alma
llevaré tú imagen, viviré la calma
que habita tu cielo de seda y safir.

Quisiera cantarte,
con versos de plata, labrados con arte,
colmados de miel,
pero soy muy pobre,
y esculpo mi verso con hierro y con cobre,
y néctar de hiel.

Madrecita Santa,
yo beso la huella que deja tu planta
por este camino al mirarte pasar,
y mis labios rojos,
mojo con el llanto de tus dulces ojos,
al verte llorar.

Madre Inmaculada,
deja una morada
dentro de lo inmenso de tú corazón,
para el hijo amante,
que eleva a los cielos en trágico instante
su triste oración.

Deja una bohardilla
donde puesta en tierra la mortal rodilla
rece con fervor,
deja un rinconcito,
deja una migaja de amor infinito
a este pecador.

Madre…Madre Mía…
Deja que este nombre brote día a día
de mi corazón;
deja que te quiera…
Que sea tu nombre mi última y postrera
palabra que vibre como una oración.

Es un imposible,
querer con mis versos decir lo indecible,
querer con mis versos hablar de ilusión,
mi verso es muy pobre,
y al ritmo cansado de hierro y de cobre
falta de inspiración.

Ya parto…No llores…
Deja que las flores
de otros corazones te ofrenden su prez,
déjame mirarte…
Deja que mis rezos vuelvan a besarte
por última vez.

Adiós Madrecita…
Adiós Virgencita
que vive en el alma inmortal de Belén,
tú sabes lo mucho que siempre he llorado,
y hoy que con la vida me voy de tu lado…
Ya lloro también.

Mario Ancona Ponce.
De su libro “Arpegios 1942”.

 

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