AL AMADO DE MI CORAZÓN

AL AMADO DE MI CORAZÓN

 

“Un buen padre vale por cien maestros”.

Jean Jacques Rousseau

 

Por Ana María Ancona Teigell

 

Desde el momento que la Virgen Peregrina entró a mi casa, con Ella se avivaron en mi memoria la imagen y los recuerdos de mi padre. Quizás por el gran amor que le tenía, por las poesías que le dedicó. Quizás, porque el mes de marzo del año 72 vino a buscarlo, y, con una sonrisa, entre sus brazos al cielo voló el amado de mi corazón.

No puedo recordarlo, porque nunca lo he dejado en el olvido. Él ha sido la luz que me ha guiado a través de los años. Su presencia Divina en mi vida ha sido mi eterna alegría, y su espíritu etéreo, fusionado con la suavidad del viento, mis lágrimas ha secado.

Don Pedro Caballero, describe su obra “como un brote de un árbol perfumado y rumoroso, que será fecundo con el tiempo en jugoso, exquisitos frutos”.

El crítico Santiago Burgos Brito lo describe como “un caudal enorme de sensibilidad, la suficiente para sentir como nadie las flechas de la desesperación, las torturas de la inquietud espiritual… No nos extraña ese ambiente de tristeza que hay en sus versos… En todo tiempo la tristeza parece haber sido el patrimonio de la juventud… Es un romántico y musicaliza en tonalidades discretísimas su inquietud ante la vida… Es un poeta joven, que aún tiene mucho que decirnos en ese su lenguaje sencillo, de adorable intimidad, sin afectaciones ni rebuscamientos”. (Enciclopedia Yucatanense, 1977: 617-618).

Todo ser humano tiene una historia de vida, y escribe de acuerdo a sus heridas y cicatrices, sus recuerdos, nostalgias, añoranzas, alegrías. Por eso, muy pocos saben de la infancia y juventud de mi padre. Por eso, yo la doy a conocer:

Mario Ancona Ponce, nace en Mérida, Yucatán, el 5 de mayo de 1925. A los ocho años de edad le dio meningitis y se pudo salvar porque lo llevaron a Nueva York. Esta enfermedad le dejó secuelas de por vida: la pierna izquierda y el brazo derecho, inmovilizados. Por eso cojeaba un poco y aprendió a escribir con la mano izquierda, nada fácil para un pequeño de esa edad.

A raíz de ese impedimento, creyó que ninguna mujer lo querría y que hijos no podría tener.

A su padre, Mario Ancona Cicerol, le costaba entender su amor y pasión por la poesía, ya que la escribía desde que tenía 12 años, por lo que no había una entrañable relación.

Siendo joven, con una inmensa tristeza se separa de su madre amada, doña Herminia Ponce Valdez Infante y se va a vivir a Cuba con su abuelo, don Fernando Ponce Cámara, que lo adoraba. Ahí, estudia la preparatoria en el Colegio de Belén y se gradúa de Periodista en la Universidad de la Habana.

Fueron diez largos años, llenos de amor, pero al mismo tiempo marcaron el corazón del poeta, por la ausencia de la madre que tanto amaba y adoraba, la cual murió cuando él tenía 20 años, y a la que le dedicó una magistral poesía, que hoy en día nos llena de emoción.

Siendo periodista, se marcha a Madrid, España, por seis meses, para escribir sobre las costumbres, cultura y tradiciones de ese país y para entrevistar al Papa, en ese entonces, su Santidad Pío XII. Antes de partir, un amigo yucateco le da el teléfono de un prestigiado doctor, el cual tiene diez hijos. Era, Julio Teigell de Arnedo, casado con Ana María Cea Flores (mis abuelos). Así conoce a mi madre, doña Ana María Teigell Cea.

El amor entre ellos fue a primera vista, quisieron casarse a los tres meses de conocerse, pero mi abuela lo persuadió para que se fuera a Italia a hacerle la entrevista al Papa Pío XII, con la esperanza de que una italiana lo enamorara y ya no regresara por su amada. Le aterrorizaba que a su hija se la llevaran a México, y no la volviera a ver.

Pero cuando el amor es profundo e inmenso como el mar y sus raíces se arraigan en el corazón y el alma, no existe nada que lo pueda separar, arrancar.

Se casan el 10 de marzo del año 56 y se van a vivir a Salamanca, España, porque el filósofo que habitaba en su interior necesitaba estudiar, conocer y trascender, más allá del periodismo.

Por lo que entra a la Universidad Pontificia de Salamanca, a estudiar la carrera y el doctorado de Filosofía y Letras. Mientras, nacíamos año tras año, sus siete hijos e hijas (Uno nació aquí en Mérida).

Él quiso tener muchos hijos, los que siempre soñó, y nunca creyó engendrarlos, por su impedimento. Era celoso con mi madre y la cuidaba como a la niña de sus ojos. Siempre le agradeció que siendo una mujer tan bella, lo hubiera amado, a pesar de su cojera, pero ella, se enamoró de su alma, corazón y esencia.

Mi madre, para que pudiera estudiar en casa, todas las tardes nos llevaba al Parque de la Alamedilla, acompañada de su prima hermana, mi adorable e inolvidable tía Pita Cea, donde jugábamos y teníamos una infancia llena de libros, pero también de juegos y amigos.

Pasaron los años, fue el primer latinoamericano de la universidad que hizo su Tesis Doctoral, en 1967, sobre: “La Luz y el Color cómo Expresión Religiosa en el Zeus Homérico”. Se graduó con “Cum Laude” y su tesis se quedó para estudio de las siguientes generaciones.

Lo premiaron con un “Víctor”, que consiste en que en el patio de la Universidad de Filosofía y Letras, quedara escrito con sangre de toro, en el año de 1967, el nombre de mi padre.

Deja un gran legado para la humanidad: “Su colaboración en varios periódicos, como el ABC de Madrid; la pieza teatral “Historia de un Ángel y un Niño”, representada en la ciudad de Mérida, Yucatán, en 1969.

Es autor de libros como: Arpegios (1942); Misal de mis Ensueños (1945); Águilas y Estrellas (1948); Letras de Molde (1951); Trípticos y Melodías Íntimas (1952); Un Libro de Comunistas para Anticomunistas (1954); Decálogos de Sonetos a la Argentina; Azul (Sobre Rubén Darío); Prosas Profanas; Rubén Darío y América; Sonetos (1964); Frisos (1969).

Dirigió la revista, Estudios y Ensayos (1968-1969); coordinó el suplemento cultural “Artes y Letras” del periódico Novedades de Yucatán; dirigió el programa “Trinchera de Ideas” del grupo SIPSE, y más.

Para mí, es un orgullo, honor y privilegio el haberlo tenido como padre y maestro de vida.

Siempre que voy a Salamanca y bajo al patio para leer su nombre, me lleno de emoción y no dejo de llorar por el amado de mi corazón. Por el padre, periodista, poeta, filósofo y escritor, que Dios se llevó el 31 de marzo de 1972.

¡Yo sólo tenía 15 años, mi Señor! Me dejaste roto el corazón, necesitaba amanecer muchos años en sus brazos y disfrutar juntos el nacer del sol. Besarnos, acariciarnos, tocarnos, sentirnos, amarnos. Me quedé a la deriva, sin su protección y amor.

Pero sigo mi camino por la Tierra, porque él es la luz que me guía, es el amor y la alegría de mi vida. Es la voz que me calma, la lluvia de mi alma y toda mi verdad.

¡Ahora sé, que podrán entender su gran nostalgia, añoranza y tristeza, pero también su alegría al escribir!

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