UN JUEVES A LAS SIETE EN LA ALAMEDA

 

Cuento por Yoxi/

 

Antón camina por la Alameda Central en CDMX, está emocionado de ver su Ciudad después de muchos años de ausencia, llega al viejo árbol que permanece ahí como esperándole, tal vez consciente que iba a regresar algún día…

 

Vino al sitio donde debió llevarse a cabo una cita a la que no acudió. Se siente en cierta forma culpable por ello,  aunque en realidad estuvo imposibilitado de asistir por motivos fuera de su control.  Y fantaseando en su mente imagina: ¿como hubiera sido mi vida si yo hubiera llegado a tiempo…?  Continúa con su ritual con la esperanza de que algo suceda, pero nada, está en las manos del destino.

 

Se acerca la hora acordada, las 7:00 pm. Mira su reloj y escucha el reloj de Catedral comenzar su melodía,  para continuar con las siete  campanadas de la hora, está muy atento, ido, nada más existe, solo él, las campanadas y su reloj… Comienzan a sonar; una, dos, tres, cuatro… De repente de la nada sale un ladrón que le empuja y le agarra del reloj, lo tironea para arrebatárselo.  El se defiende y con el puño libre, golpea al ladrón en la cara varias veces; en un segundo por detrás aparece el otro ladrón que se pone frente a él, se voltea y ¡pum! lo cruza con un gancho de derecha a la mandíbula… Antón cae noqueado, le quitan el reloj y se arrancan corriendo en direcciones opuestas, el se golpea la frente al aterrizar…

 

Una joven policía turística se percata de la acción al oír el alboroto que se armó y ve que uno de los delincuentes corre en su dirección. Discretamente se oculta tras un árbol,  saca su pistola, calcula su llegada y sale a recibirlo encañonándole al grito de ¡alto ahí o disparo! El tipo se enfrena un poco, pero taimado cambia súbitamente de dirección resbalándose con agua derramada en el piso y rueda por el suelo; después de varias vueltas con el impulso intenta levantarse para seguir huyendo, pero es tacleado por otro policía que llega corriendo y lo regresa al suelo. Una patrulla y otros policías llegan al sitio, el tipo alega pero es llevado entre jalones a la patrulla arrestado.

 

Mientras tanto Antón medio grogui trata de levantarse, y queda sentado en el suelo: Llegan un par de para médicos y lo atienden.

 

– No se levante señor, tranquilo que vamos a revisarlo, todo va a estar bien.

 

Antón se siente desorientado y de repente se queda a obscuras.

– ¡No veo nada! les dice  ¡Estoy ciego!  ¡Ayúdenme por favor!

 

Los socorristas terminan de revisarle el cuerpo, tiene un cardenal  apareciéndole en la cara y un chichón que le crece como una roja manzana en la frente. Se sospecha que su ceguera es causada por los golpes que presenta; Traen la camilla,  y se lo llevan en ambulancia al hospital de urgencias más cercano. El desilusionado y asustado llora en silencio y maldice su mala suerte.

 

Antón se encuentra en la sala de urgencias  del Hospital General, ya desesperado por la larga espera y entristecido pues su vista no regresa, pide que por favor lo atiendan y  en ese momento lo ingresan con el doctor, que lo revisa y le indica que no se puede ir, que quedará en observación por tres días.

 

Al día siguiente mientras yace ciego en una cama y con una venda como turbante arrollado a su cabeza, llega una mujer joven a interrogarle.

 

– Señor, soy la trabajadora social de la clínica y necesito que me dé información para avisar a sus familiares que está usted aquí. Al revisar sus pertenencias  – como es mi obligación – no encontré ningún teléfono a quien  llamar. Solo necesito el nombre y teléfono de algún familiar.

 

– En realidad yo no tengo a nadie en esta ciudad… Estoy solo, vengo de los Estados Unidos y no tengo a quien llamar, lo siento…

 

– Mire usted, tal vez no se acuerde por el golpe, pero al revisar sus pertenencias, pude ver una foto en su cartera y  una carta en el bolsillo de su saco con el nombre de una mujer que aparentemente vive aquí en la Ciudad; Clara Méndez, ¿Recuerda usted donde vive? Yo con gusto le puedo ayudar a localizarle y llamarle si usted me lo permite.

 

– ¡Señorita, no tiene usted derecho a ver mis cosas! esos papeles son privados… Esa persona ya no existe.

 

– Lo siento mucho señor, pero es mi obligación revisar en las pertenencias de todos los internados por cualquier indicio que nos conduzca a la localización de sus familiares. Usted debe entender que muchos lesionados nunca salen de aquí con vida, y si sus familiares no son enterados y sus cuerpos no son reclamados; van a dar a las universidades para prácticas de disección y finalmente a la fosa común. Le repito, es nuestra obligación revisar todo.

 

– Está Bien, de todas maneras eso ya no importa… Lo siento señorita, es muy complicado…

 

– Me parece que esa carta fue escrita hace mucho tiempo y me pregunto si será aún de su interés el encontrarse con la dama; con Clara Méndez.

 

– Lo siento pero no supe más de ella, estuve en el extranjero muchos años, y ahora que regresé, me encontré que su casa fue demolida después del temblor y nadie sabe más de ella.

 

– Lo siento, es  una pena señor; Sin embargo, conozco a una persona con ese nombre y podría ser la misma. Podría confirmar y darle la información de donde encontrarla, si usted lo desea por supuesto.

 

Antón se puso pálido y abrió la boca y los ojos enormes sin mirar;

 

– ¡Como! ¡Clara! No se…  Me da mucha pena… No sé qué pensar.

 

– Si no quiere localizarle no hay problema, deme otro nombre…

 

–  ¿Pero, y si es la misma persona?

 

– Bueno, le dejo pensar y descansar para que se reponga, el doctor dice que su vista puede regresar cuando se desinflame un poco su cabeza. Mientras, descanse que el lunes le traeré noticias y ya usted me dirá. Espero que entonces ya esté mejor de salud y me diga que hacer.

 

– Me parece bien señorita, esperaré con gusto.

 

Pamela era el nombre de la joven trabajadora social del Hospital quien al revisar las pertenencias del hombre, vio el nombre de su propia tía Clara en la vieja carta que portaba el caballero, era conmovedora, y en la foto -aunque ya un poco amarillenta- se apreciaba la inocente belleza juvenil de su tía de muchacha, hacía ya algunas décadas.

 

La tía Clara en realidad vivía con ella, nunca se había casado. Había rumores familiares de un amor fallido que nunca regresó y que afectándole había sido la causa de su soltería, sin embargo gozaba de buena salud y en su faz se veían todavía las reminiscencias de pasadas glorias.

 

Pamela llega con la tía y le pregunta si conoce a un tal Antón Calero, la mujer la mira con desconfianza y le pregunta; ¿de qué hablas Pam? ¿De dónde sacaste ese nombre? Yo no conozco a nadie con ese nombre.

 

– Perdón tía no es mi intención importunarte, pero conocí a un caballero en el Hospital que dijo conocerte, traía una carta y una foto tuya donde estabas chavita y muy guapa…

 

– ¿Cómo? ¡Eso es imposible!

 

– Si un tal Antón Calero

 

– ¿Antón Calero?

 

La tía queda pasmada…

 

– ¿Cómo? No puede ser, debe haber un error, el murió hace muchos años. Bueno, es lo que dijeron…

 

– Pues al caballero que yo vi está vivito y coleando, aunque un poco magullado, pues sufrió un accidente y fue a dar la Hospital

 

– ¿Antón? ¿En el hospital? ¿Un accidente? ¡Dime que le pasó!

 

– Lo asaltaron unos tipos en la Alameda.

 

– Pobre, ¿que hacía ahí?

 

– Venía a ver a una tal Clara…

 

– ¡Ay! es mi culpa

 

– Ah Bueno, entonces si lo conoces. Mira, saqué una fotocopia de la carta y de la foto, ¿las quieres ver?

 

– Pobre, Si Pam, por favor….

 

La tía lee la carta, ve la foto y rompe a llorar,

 

– Ay no, no. Si, es él…

 

– Mientras se ahoga en sollozos, su sobrina le abraza y le apapacha.

 

– Ya, ya, todo está bien tía, tranquila, ¿quieres ver al sujeto o no?

 

– No sé, solloza y sigue llorando…

 

– Ya tía, tranquila, el hombre estaba en la Alameda bajo un árbol poco antes de las siete y unos tipos lo asaltaron y lo golpearon según dice el reporte, trae una contusión cerebral que al parecer le presiona el nervio óptico, tiene una ceguera temporal, se espera que al sanar los golpes recupere la vista…

 

– ¿Antón ciego? ¡Ay no!

 

– ¿Y sabes que mas tía?

 

– ¿Qué? ¿Hay más Pam?

 

– El hombre trae consigo también un alhajero con un anillo de compromiso para la dama de la fotografía.

 

Pamela le sonríe con complicidad. La tía se suelta llorando más fuerte, berrea, moquea, se cubre la cara, mueve la cabeza negando alborotando su melena un buen rato hasta que al fin se calma. Pamela saca y le da un enorme paliacate para que se suene la nariz y se seque las lágrimas.

 

– Ya tía tranquila, van a creer los vecinos que te estoy asesinando, ya cálmate por favor…

 

La tía se enjuga las lágrimas y se suena con el paliacate.

 

– Bueno, entiendo que si estás interesada de verlo, ¿quieres que le diga algo?

El debe salir en la semana del hospital.

 

– Si, avísame cuando salga y dile que nos vamos a ver en el día, lugar y hora que acordamos.

 

Los ojos le brillan de esperanza a Clara, Pamela sonríe divertida, le da un beso y retirándose le promete tenerla informada de los avances de su Romeo.

 

El martes por la mañana Antón se siente mejor y la vista le ha vuelto poco a poco, el dolor de cabeza ha cedido y se pregunta qué pasaría con la trabajadora social, pues no ha regresado a hablar con él. En eso está cuando ve entrar una bella chica a su habitación cuyas facciones juveniles de inmediato le recuerdan a las de Clara. Se acerca y al hablarle de inmediato recuerda su voz, es la chica trabajadora social.

 

Ella le sonríe y le pregunta cómo se siente:

 

– Buenos días Don Antón, como amaneció, se ve usted mucho mejor

 

– Mejor muchas gracias, me dijeron que hoy me dan de alta y me preguntaba que había pasado con usted ya que no había venido a visitarme.

 

– Bueno, es que salí de descanso y hoy me reintegré a mi puesto

 

– Que bien, me dijo usted que checaría los datos de la Señorita Méndez, ¿Qué novedad me tiene?

 

– Pues fíjese que si, resultó ser la misma persona como le comenté; hablé con ella y resulta que es mi tía. Se puso muy contenta de saber que usted vino a verla.

 

– ¿Cómo? ¡Qué maravilloso! es usted un ángel

 

– Y me pidió que le dijera que si la desea ver. Le espera el día, el lugar y la  hora que usted sabe.

 

– Muy bien, dígale a Clara que ahí estaré sin falta

 

Antón no lo podía creer, finalmente la reunión anhelada se llevaría a cabo. Agradeció a la chica y se despidieron.

 

Jamás hubiera pensado que este desagradable incidente del asalto le llevaría a reencontrase con su amada perdida en el tiempo. Se congratuló ahora por su buena suerte y recordó el momento en que sintió muerta su esperanza. Afortunadamente  eso ya había pasado, la vida ahora se abría prometedora ante él.

 

Mientras en casa de Clara todo era algarabía, la noticia de la aparición de su prometido había corrido como reguero de pólvora entre las tías, sobrinos y nietos, aunque ella en lo personal se encontraba un poco asustada y nerviosa. Tenía serias dudas de como se sentiría al verse frente a frente nuevamente con Antón, si lo querría igual que antes. ¿Y si al verlo ya no le interesara? ¿Y si el ya no sintiera nada por ella? Sabía que él no se había  comunicado porque su padre -ya fallecido- condenó la relación, le corrió de la casa por pobre y le sentenció que se las vería con él, si lo volvía a ver cerca de su hija.  Tuvieron por eso que verse a escondidas en adelante, hasta que él le avisó que se iría a los E.U. A trabajar y juntar dinero para un día volver por ella, sin embargo, eso pasó hacía veintitantos años y no tres como había prometido. Además con el rumor de su muerte, que se  propagó por el barrio años después de su partida, se completó la razón para ya no esperarle más. Sin embargo  ella  no se casó.

Antón daba vueltas en el cuarto de hotel, su mente daba saltos al pasado y a un diferente futuro que ahora no podía creer ni poner en orden todavía.

Recordó como fue la última vez que se vieron Clara y él en el parque de la Alameda, él le informó de su decisión de irse a trabajar fuera pero ella  desolada por la noticia lloraba incontenible y le rogó que no lo hiciera.

 

– Te lo prometo mi amor, voy a trabajar muy duro para ser un hombre rico como lo quiere tu papá para que me acepte, te juro que entonces vendré por ti.

 

Ella no se quería desprender de él, que finalmente se despegó poco a poco de ella como de un pulpo que no quisiera soltar a su presa; le regaló su mejor sonrisa, aunque tenía un nudo en la garganta, dio la media vuelta y siguió su camino.

 

La vida de Antón en E.U. no fue fácil, llegó de mojado y fue enrolado por unos polleros en un grupo de trabajadores en la pizca del algodón en Louisiana, las jornadas eran largas, tediosas, inhumanas y la comida mala. Pero el soportó todo hasta el fin de la cosecha con la esperanza de volver por su Clara. De ahí, debido a su docilidad, los jefes lo contrataban cuando se terminaba el trabajo en un sitio y se dirigían a otro. Así fue subiendo hacia el norte del territorio americano con diferentes contratos hasta llegar a la frontera con Canadá. Tenía claro su objetivo y se dedicó a trabajar y portarse bien.

 

Sin embargo un día hubo una riña en la barraca donde dormía, una disputa  entre indocumentados a golpes con un capataz negro, que resultó muerto a puñaladas esa noche. Detuvieron a varios, a él entre ellos y los metieron a la cárcel,  como él no sabía inglés, no supo en realidad lo que pasaba, pero estuvo detenido sin juicio por más de ocho años, hasta que una organización de derechos humanos revisó su caso y lo pudo liberar, solo para ser deportado a México.

 

Así se encontró de nuevo en su país, sin dinero y hecho todavía un don nadie.

 

Con esfuerzos temerarios consiguió ingresar nuevamente a los E.U. como mojado y reinició su camino esta vez con mayor experiencia y dominando el Inglés, que aprendió en la cárcel, y con el mismo propósito de juntar dinero  para regresar por Clara algún día. Sin embargo, con el tiempo la ilusión se le iba diluyendo, aunque le siguió impulsando hacia adelante.

 

Esta vez trabajó más duro y con la experiencia anterior se movió en ámbitos de mayor jerarquía y hasta obtuvo su tarjeta de residencia. Muchas veces el amor tocó a su puerta pero el recuerdo de la muchacha que amaba y que le esperaba en México le mantuvo firme.

 

Finalmente un día, ya con un respetable patrimonio y entre emociones encontradas decidió volver.

 

Al llegar a la Ciudad de México se dirigió al barrio donde ella vivía, solo para constatar que la casa fue derruida después del terremoto de 1985 y por más que indagó su paradero, no la pudo localizar.

 

Decepcionado como se encontraba se sintió muy desolado  y decidió que al no  encontrarla se quitaría la vida; ya nada le importaba. Era un extranjero ahora a ambos lados de la frontera y un desconocido para el mismo. Así que, pensando en Clara perdida para siempre, buscaba la oportunidad de llevar a cabo su plan de acabar con su vida. Pero antes, decidió despedir a su modo sus ilusiones y asistir por última vez al sitio en la Alameda donde solía reunirse con Clara y donde la vio por última vez, un jueves a las 7:00 de la noche.

 

Se ubicó bajo el árbol que iluminado ahora por una elegante farola,  permanece a un lado de una fuente, con vistas al Palacio de Bellas Artes.

 

Era su cita final con Clara y con la vida, llegó temprano, esperó pacientemente la hora indicada. Miró el segundero de su fino reloj Cartier  y empezaron a sonar las campanadas; Mientras, buscaba ansioso entre los rostros de las mujeres que pasaban su fantasía; Si acaso su Clara  llegara, por ahí… Cuando fue atacado.

 

Regresó de sus cavilaciones  y en ese momento se arrodilló y agradeció a Dios  por el maravilloso milagro de la vida. El destino estaba mucho más allá de lo que un pobre mortal pudiera creer o imaginar.

 

Con estos pensamientos dándole vuelta en la cabeza, se recostó y se quedó dormido, el día siguiente sería un jueves y vería a Clara.

 

Se levantó muy temprano, se dirigió a la delegación de policía a declarar y firmar el acta por el robo de su reloj, el cual, afortunadamente le devolvieron. Y el día se le fue como agua hasta que se acercó la hora.

 

Todo arreglado y perfumado decidió estar media hora antes para observar la llegada de Clara, sus ojos la buscaban en todas partes, hasta que finalmente la vio llegar, con la chica trabajadora social de la Clínica, quien le señaló a la distancia y se retiró a una banca del parque dejándola sola. Clara se acercó lentamente a él y a unos metros se detuvo, se vieron frente a frente y titubearon, Clara bajó la vista y quedó inmóvil, Antón entonces avanzó firme hacia ella con los brazos abiertos, y ella al verlo venir, alzó los brazos y caminó hacia el dándose el anhelado abrazo de su vida.

 

Juntos abrazados se dirigieron a una banca, unas personas que estaban sentadas al ver la escena se levantaron y les cedieron el lugar, se miraron largamente, Antón tenía un mechón de pelo que le cayó al rostro y ella se lo acomodó con delicadeza.

 

– Hola Clara, que bella estás… Tenemos mucho de qué hablar.

 

– Déjalo ahora, solo quiero que estemos juntos un rato, callados.

 

Se abrazaron en silencio, después de un rato, se volvieron a ver a los ojos y ella le dice:

 

– Déjame hablar primero, hay algo que pasó después que te fuiste

 

El un poco alarmado, pensó que ya algo andaba mal.

 

– No importa lo que sea, dímelo que yo te seguiré amando…

 

– Es una historia larga, lo supe después de tu partida; Quedé embarazada de ti y nueve meses después nació una niña, nuestra hija. Como mi familia quería guardar las apariencias y dado que yo estaba soltera, se ocultó mi embarazo y cuando nació la niña, mis padres la registraron como hija de una tía. Creció conmigo como mi hermana menor, es una niña muy dulce, pero ella no sabe que yo soy su madre y me dice tía.

 

– ¿La chica del hospital es nuestra hija?

 

– Si, se llama Pamela

 

– Que barbaridad, yo fui muy descortés con ella…

 

– No te preocupes, le caíste muy bien, creo que la sangre llama…

 

Ríen un poco y Clara continúa:

 

Mi padre y mi madre murieron hace tiempo, por una parte, que Bueno que no viniste el día de nuestra cita, mi padre supo, estaba preparado y muy molesto contigo; no perdía oportunidad para amenazar con matarte si volvías por mí.

 

– Que barbaridad, ¡él era capitán del ejército! Me hubiera metido un balazo de 45 en la cabeza. Bueno Clara, es mi turno y tengo algo que decirte y algo que darte también, si lo aceptas…

 

Sacó del bolsillo de su saco un pequeño alhajero y lo abrió,  era un bello anillo de compromiso, se arrodilló frente a ella y se lo ofreció con estas palabras:

 

– Clara Méndez, ¿Aceptarías casarte conmigo?

 

Ella rompe en llanto y le contesta asintiendo con la cabeza

 

– Si, Antón Calero ¡Acepto!

 

La gente alrededor que los miraba aplaudió; Pamela al ver la escena feliz, corrió a reunirse con ellos.

 

Y el reloj de Catedral tocó siete campanadas…

 

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