OJOS SEDUCTORES

 

 

Cuento por Ana Leticia Menéndez Molina/

 

Me gustaba mirarle a los ojos, unos ojos seductores, tenía una mirada dulce como la miel, me sentía atrapado en las curvas de ese cuerpo esculpido por la vanidad de un gimnasio. Siempre llegaba en su bicicleta muy puntual a las seis de la mañana para la rutina de ejercicios cardio y después tomaba entrenamiento conmigo, yo era su instructor.

 

Me gustaba cuando me decía:

–¿Leonardo podrá darme entrenamiento mañana sábado?

Invariablemente me preguntaba los viernes al salir, a lo cual yo le respondía:

–Sí señorita Ana Lucero, estaré aquí para usted.

 

En ese tiempo yo estaba de guardia en el Hospital General de Oftalmología, ya terminando mi internado y entrenaba en el gimnasio. Realmente no era instructor pero para acercarme a ella hice eso y muchas cosas más. Le ayudaba con tips de nutrición y cosas para mantenerla con bajo peso.

Cualquiera quisiera platicar y mirar sus ojos llenos de luz. Me cuesta trabajo reconocer que estaba perdidamente enamorado de ella.

 

Con una sensual belleza y encantadora sonrisa, soñadora, anarquista, de esas mujeres que te roban la mirada; piel canela, su pelo color chocolate era volado por los brincos, mojado por el sudor al escurrir tras la banda roja que detenía sus caireles tan tupidos.

 

Apenas y sabía de ella aunque hasta para eso era magistral. Conducía nuestra conversación por los caminos más agradables pero sin revelar nada en particular de sí, era enigmática, como si fuera un juego de ajedrez, yo lo sabía, pero me encantaba la adrenalina que sentía por ella. Era interesante saber hasta dónde me llevaría su plática, y para dedicarme tiempo quería decir que tenía algo que le agradaba de mí, pero nunca supe qué.

 

Recuerdo su aroma como si estuviese aquí… pero aquel sábado 1° de enero me quedé esperando en el gym, pero no vino, ni ese sábado y ni ningún otro día…

 

Terminé el internado de oftalmología y me fui a la especialidad y posteriormente a un doctorado. En todas las intervenciones y cada vez que atendía a un paciente, recordaba siempre aquellos ojos seductores de dulce mirada como la miel, que nunca volví a ver ni en ella y ni en ningún paciente. Y entre los descansos recordaba su sonrisa, era mi lucero, por largas horas escribía su nombre en mis libretas: Ana Lucero, suspiraba y me perdía…

 

Aprendí mucho, lo más moderno en cirugías, problemas visuales, diferentes tratamientos, me había hecho de mucho renombre. Hacía ver a pacientes que ya no tenían ninguna oportunidad. Realmente la ciencia y la tecnología se unían a la oftalmología para brindar luz a los ojos que se apagaban.

 

Al fin fui requerido por el IMSS como director del área de oftalmología y cirugía en Mérida, Yucatán, un gran reconocimiento y un orgulloso ascenso. Sin dudarlo acepte, yo sabía que era una oportunidad para mí y debería de esforzarme y demostrar todo lo que había aprendido, podía servir a mi gente.

Daba consulta y operaba como cualquier doctor, esa era mi pasión y me sentía feliz con los avances alcanzados.

 

Aquella semana había sido muy intensa, pero todo había salido bien, yo miraba en el horizonte recordando los años en el gimnasio, y venía a mi mente aquellos ojos seductores con dulce mirada como la miel, imposibles de olvidar.

 

Me interrumpe mi secretaria, que tenía una llamada de Pablo, mi colega, por una urgencia. Operaría a una chica que fue accidentada años atrás, pero que él no se encontraba en la ciudad y no quería suspender esta operación, ya que la paciente había esperado por años unas corneas, por lo que preguntó si yo podría hacer esta operación pues él confiaba mucho en mí.

 

–Claro, déjame leer el expediente y ponerme al tanto de todo lo necesario y te aviso.

Nada que no pudiera hacer, pero leí y acepté gustoso el caso.

 

Después de varios exámenes y de mucho trabajo, los resultados fueron negativos, no se podía hacer el trasplante.

Hicimos nuevas pruebas, exámenes de compatibilidad y ahora sí, a operar…

 

Mi colega Juan Alberto me preguntó en punto de las 6 de la mañana:

–¿Listo doctor?

–Listo –respondí al igual que mi equipo de colaboradores.

La operación fue un éxito para la paciente.

El doctor Juan Alberto le dijo:

–Abra los ojos y míreme

Ella con un tono de voz muy agradable dijo: puedo ver…

Aquel día yo le devolví la luz a esos ojos seductores, y apagué los míos.

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