LA ESPERANZA MUERE AL ÚLTIMO

 

 

Por Vanessa Padmir/

 

La culpa la tiene el miedo, ese ente a veces real, a veces ficticio, que aparece cuando menos te lo esperas; justo ahí, cuando bajas la guardia, cuando todo está perfecto o cuando viene el terrible caos, nunca se sabe. Pero ahí está, tan grande como tus sueños o tan chico como tu cobardía. Es un embustero hábil, cambia de lugar, tamaño y forma en cada instante.

 

Ese miedo estaba acompañándola, desnuda, con la piel de gallina y echa bolita en el piso de la regadera. El agua helada caía a fuerza de agotar el agua caliente, por el número de horas que llevaba pasmada.

 

Irónicamente ella se llamaba Esperanza, pretendía ducharse pero en realidad está muriendo de frustración o angustia, no lo sabía a ciencia cierta, entre gemidos y sollozos no era capaz de pensar con claridad. Lo que sí identificaba eran tres sensaciones: una, el peso del mundo sobre sus frágiles hombros; dos, el vacío inconmensurable dentro de su ser, y tres, el absurdo dolor de saberse completamente incompetente.

 

Era como el rey midas, pero al revés, todo lo que tocaba lo convertía en mierda, varios negocios fallidos, tres matrimonios rotos, dos abortos y una tempestad de auto-reclamos más, desde el tropezón con la cáscara de plátano, hasta la borrachera en que vomitó en medio de la mesa, pasando por su inverosímil torpeza para bailar o la tibieza que tiene para exigir lo que le corresponde.

 

Ahora, todo contaba en la lista de fracasos para restregarse en la cara lo inepta que era. Así es el miedo de canalla, no se conforma con aparecerse a cada paso, además tiene el tino de tocar la herida hasta hundir su reputísimo dedo en el fondo de la entraña.

 

En cada recuerdo Esperanza encontraba una posibilidad más de enlistar otro descalabro, hasta lograr una macabra colección de sufrimientos, que la obligaban a permanecer echada en la estrecha regadera.

 

Curiosamente era una agonía en silencio. Esperanza emanaba una simpatía encantadora, quién la conocía juraba que era capaz de comerse al mundo en un sólo bocado, que su sonrisa iluminaba a kilómetros y que su fortaleza la tornaba invencible. No sólo era bella por fuera, también tenía un corazón generoso, la energía luminosa y la chispa natural propia de una mujer inteligente. Había logrado vencer el miedo a hablar en público, a usar un bikini y a hacer negocios con tiburones-empresarios. ¿Cómo era posible entonces que el miedo allanara a una mujer de tal descripción?

 

Pues simple, así como a ti y a mí, el miedo nos invade para recordarnos nuestra endeble humanidad, más porque el miedo viene acompañado de posibilidades, una de ellas es la valentía misma que nos recuerda nuestra infinita potencialidad, siempre y cuando recordemos quiénes somos en verdad: un milagro.

 

La esperanza muere al último, pero no muere en realidad, sólo muta en su perene existencia. Aún en la más profunda oscuridad puede aparecer una chispa, un solo grano de arena que vuelque la balanza o bien esa gota mágica de agua que derrama el vaso.

 

A fuerza de tanto llanto, la gota llegó. Esperanza se cansó de llorar y al respirar se percibió con fuerza, no sabía a ciencia cierta qué, pero algo había cambiado: quizás desahogarse, rendirse o tocar fondo… “Total, del suelo no pasa” se dijo para sus adentros y con una catártica risa se acordó que ya estaba tirada sobré él.

 

Master Coach en Desarrollo Humano

 

Blog, cápsulas, radio, medios

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