INCIDENTE EN IRAQ

 

 

Cuento por Yoxi/

 

Nos conocimos por motivos de trabajo, yo lo traducía en un seminario de equipo de alta tecnología que él impartía. Estábamos en una fábrica de equipo bancario al sur de la Ciudad de México y él era el experto enviado por la fábrica para impartir dicho curso, que comprendía la instalación, operación y servicio a los equipos.

Trabajamos toda la mañana y salimos juntos a tomar el lunch a un restaurante cercano, invitados por nuestros anfitriones. John era muy serio y profesional, sin embargo al departir los alimentos me pareció ver en sus ojos una rara mezcla de tristeza con algo más que me intrigó.

El venía de Pensacola, Florida. Era veterano de guerra, vivía con su esposa holgadamente y trabajaba como hobby. Jamás debí preguntarle, es una rara historia.

Nuestros anfitriones fueron muy espléndidos y nos llevaron a un restaurante de comida mexicana con mariachis y todo para impresionar al gringo. Ahí en un receso de la música, se me ocurrió preguntarle si había servido a su país en alguna guerra. Yo había conocido otros gringos más o menos de su edad y a veces tenían historias interesantes que contar, pero John, un poco seco, pero no descortés, evitó el tema.

Finalmente, cuando ya había yo claudicado en mi intento, me contestó que sí. No sé por qué se me ocurrió preguntarle a bocajarro si había matado a alguien en la guerra, “tú sabes -dije- vas disparando y a lo mejor le pegas a alguien, nada intencional, bueno es la guerra”… Y él se quedó callado.

Apenado cambié el tema y le comenté lo bonito y difícil que es tocar el guitarrón y la vihuela del mariachi; también le comenté que yo toqué la guitarra en un grupo musical, y como si no hubiera cambiado el tema, me contestó la pregunta sobre la guerra…

“Sí, maté a un hombre, pero no tuve opción, era su vida o la mía”.

“¡Ay güey!, ya déjalo así y no preguntes más -pensé para mis adentros- no sea que tú vayas a ser el próximo hombre muerto aquí”. En eso estaba cuando él, cómo librándose de un gran peso suspiró hondo y comenzó a contar su relato:

–¿Has visto esas películas donde un militar lleva un portafolio de aluminio sujetado con unas esposas a su propia muñeca? –Sí –contesté–, en algunas películas tal vez del 007…

–Pues yo era uno de esos en la vida real, estaba como oficial de servicio en Iraq, y un espía me entregó documentos comprometedores sobre los movimientos del enemigo. Yo tenía que hacerlos llegar al embajador de un país aliado, esa era mi misión”.

Y esta es la historia tal como la relató:

John estaba hospedado en un hotel de lujo de la capital, despertó crudo y desorientado, estaba consciente que tenía que cumplir una peligrosa misión, sin embargo la noche anterior el destino le alcanzó. Había sido una noche deliciosa, conoció a Gina, una hermosura de mujer… Con quien hizo clic a la primera mirada, no lo podía creer, justo cuando necesitaba de toda su atención para cumplir su peligrosa misión y salir con vida de aquel extraño país, se encontró con la criatura más bella que pudo imaginar, y no obstante su alto sentido del deber, su disciplina quedó relegada ante semejante aparición.

Pasó toda la tarde y noche con ella, comieron, bebieron, cantaron y bailaron juntos, la noche fue espléndida. Finalmente con algunas copas de más remataron en la lujosa suite que el gobierno le pagaba. Al despertar y verla a su lado tan bella y tan frágil, algo en su ser le decía que ya nunca podría apartarse de ella. Así que se ingenió con un nuevo plan, se levantó sigilosamente para no despertarla. Iría a cumplir su misión y volvería por ella, sí. Las dudas lo empezaron a atormentar, ¿y si lo mataban y no regresaba? ¿Qué tal si mejor se huía con ella y mandaba al cuerno al gobierno, al ejército y a la diplomacia?

Sin embargo, ella despertó en ese instante que sintió que él se escabullía de entre las sábanas y lo miró con una mirada que le derritió:

–Buenos días muchachote, ¿Dónde vas tan temprano?

–Es que… como te vi dormida, pues no quise despertarte, pensaba hacer una diligencia urgente y regresar por ti para irnos donde quieras. Claro, si es que estás de acuerdo. Pensaba dejarte una nota.

–Nada de eso –dijo ella–, yo voy contigo donde vayas, estaré lista en un momento.

–Bueno tal vez no sea una buena idea, balbuceó, se está haciendo tarde y voy a regresar de todos modos. No tienes porqué precipitarte, mejor descansa otro rato, te aseguro que voy a regresar… es solo un rato…

–Basta de palabrería, iré donde tú vayas.

A John se le hizo un nudo en el estómago, simuló aplomo y se encomendó a todos los ángeles que conocía.

–Está bien vamos y me esperarás en el auto, solo me tomará un momento y estaré de vuelta contigo.

Rodaron en el lujoso auto Bentley convertible unos 35 minutos hasta llegar a su destino, una casa señorial estilo Morisco, sede de la Embajada de un país aliado que se encontraba en uno de los barrios elegantes de la ciudad. (Se reservó darme más detalles, considerándolo confidencial).

–Sólo tardaré un momento Gina y después nos iremos de aquí muy lejos, a Paris, a Londres, juntos donde quieras, sólo déjame terminar con esto.

–Está bien, anda que yo aquí esperaré.

Su misión era entregar documentos confidenciales que llevaba en su portafolio de alta seguridad, al Embajador de un país aliado que le esperaba en esa casa propiedad de la Embajada. Había sido advertido que estaba siendo vigilado, que existía la posibilidad de ser descubierto y abatido por el enemigo en cualquier momento, y que sólo estaría seguro hasta entregar el portafolios con su comprometedor contenido y salir del país.

Descendió del auto que aparcó en un recodo del camino dejando a la mujer y se dirigió a su destino fingiendo naturalidad. Una vez en el atrio, caminó sigilosamente hacia una puerta lateral, la cual juzgó preferible para no llamar la atención.

Al acercarse a la puerta, su sexto sentido le reveló que algo no andaba bien y enseguida vio un enorme hombre vestido con una túnica blanca y un kafiyyeh, especie de pañoleta turbante que le cubría parte de la cabeza, quien estaba parado como esperándolo cerca de la entrada.

Sabía que el tipo no debiera estar ahí en ese momento, y para su frustración, llevaba colgada al hombro una pavorosa metralleta rusa kalashnikov.

Se congratuló de al menos haberlo visto primero pues esto le daba ventaja y, dado que era un militar de élite entrenado para matar, se preparó para el combate que seguramente iba a ser a muerte, sólo uno saldría con vida de ahí y por supuesto deseaba ser él.

Brincó el barandal del atrio como un felino escondiéndose entre unos arbustos del jardín, lo que provocó un susurro que de inmediato llamó la atención de su oponente, quien enfiló hacia el sitio donde escuchó el ruido empuñando su arma lista para disparar. Escudriñó el área como un profesional, sin embargo no pudo verlo.

Se volvió al pasillo, mientras John preparaba su ataque. Subió como un rayo por unos arbustos y por detrás de una columna. Alcanzó el otro extremo del atrio y sigilosamente esperó a que el enemigo pasara por ahí.

Al momento que lo tuvo “al brinco” saltó, cayéndole encima con las rodillas por delante sobre la espalda con todo su peso y cayeron al suelo. Fue tal el impacto que sus armas, una escuadra 45, el portafolios y la metralleta del guardia saltaron por los aires deslizándose lejos de su alcance.

John ya tenía en la mano la bayoneta lista para defenderse, pero el oponente que parecía ser un experto en artes marciales, con un giro imposible hacia atrás, le golpeó la muñeca con el antebrazo lanzando su arma por los aires y derribándolo con un golpe cruzado; quedaron inmóviles un segundo y se miraron a los ojos con ansiedad.

El oponente sonrió viendo a John desarmado, sin embargo éste, haciendo gala de honor y condición física, se levantó de un salto y cargó contra su oponente, quien le recibió primero esquivando el ataque y luego propinándole un poderoso golpe en un lado de la cabeza.

John aturdido contraatacó con una serie de golpes y patadas al cuerpo del guerrero, sin embargo éste los esquivó y dando un salto acrobático de depurada técnica, dio un giro propinándole certera patada de revés en la cara que le derribó sin conocimiento. El oponente sonrió al verlo tendido en el piso y se dirigió rápidamente a coger su arma que yacía a unos metros, la empuñó y le apuntó. John recobró el conocimiento sólo para constatar su delicada situación.

Se oyeron varios disparos, John pensó que ese era su final y hasta le pareció sentir las balas atravesando su cuerpo. “Se siente como caliente, no te duele, se afloja el cuerpo y sólo te empiezas a quedar dormido”, comentó, ya lo habían herido otra vez en combate.

Miraba con terror su fin sin poderlo evitar, cerró los ojos, oyó los disparos como cañonazos, sin embargo no pasó nada. ¡Él seguía ahí! Abrió los ojos y vio caer de bruces frente a él a su oponente. Fue entonces que vio a Gina que había salido de la nada con un arma que llevaba en su bolso y le había disparado por la espalda a su agresor.

Ella se aproximó a él mirándole alarmada; él se levantó medio mareado e incrédulo aún, la miró con agradecimiento y la abrazó. Al siguiente segundo recordó por qué estaban ahí, levantó la pistola, el portafolio y corrieron juntos hacia la puerta morisca.

–Santo cielo Gina, ¿qué haces aquí?

–Pasaba solamente y no iba a permitir que ese idiota me privara de tu persona, lo siento…  ¿Por qué no me dijiste? ¡Vámonos ya de aquí! –urgió ella.

Cruzaron el umbral que daba a una elegante sala; él desesperadamente buscaba con la vista al destinatario de su encargo, cuando oyó una especie de gruñidos ininteligibles que provenían de debajo de una mesa de centro frente a un enorme sillón persa.

Se trataba del canciller que yacía en el suelo atado y amordazado, que trataba de llamar su atención. Al instante le liberó y le entregó el portafolio. Éste, en silencio, les indicó con el brazo que le siguieran. Se acercó a un enorme librero que corría de pared a pared, metió la mano entre los libros y se accionó un interruptor oculto, que lentamente abrió un pasadizo detrás de la pared. Les indicó entrar, volvió a accionar el interruptor y corrió hacia ellos antes que el librero terminara de cerrarse  tras ellos.

–Cumplí entregando el portafolio –dijo– huimos juntos y logramos salir ilesos de ese país. Gina resultó ser una agente encubierta entrenada para matar, que venía por mi cabeza, me vigilaba y me tuvo a su merced esa noche, sin embargo el amor hizo de las suyas y ahora es mi esposa.

“¡Ah!, pero no terminó todo ahí, falta el hombre muerto. En el hotel nos esperaba otro agente de su país, que secretamente la vigilaba. Cuando regresamos ahí, cada quién se dirigió a su cuarto por sus maletas para irnos. Recogí mis cosas y me dirigí a la habitación de Gina.

Al salir al pasillo vi al hombre que venía por ella. Retrocedí y me escondí… vi que llevaba un arma con silenciador y me entró miedo por ella. Con mi bayoneta empuñada, le alcancé y ataqué por la espalda, clavándole la bayoneta en los riñones, esto lo paralizó unos segundos y lo obligó a enderezarse hacia atrás, lo cual aproveché para cruzar el brazo por el cuello, levantarle la cabeza y con la bayoneta lo degollé. Sé que no sintió nada, eso es lo que nos dicen durante el entrenamiento, no se dan cuenta ni sienten nada, y lo mejor, no hacen ruido, pero no lo puedo olvidar.

“Él era un hombre que valía tanto como yo, pero iba por mi Gina y no lo podía permitir. En esa misión, por amor casi pierdo la vida, encontré el amor y salvé otra vida, pero tuve que matar a un hombre. Ahora vamos a seguir con la clase”.

Nos dirigimos un poco más relajados al salón y me prometí no volver a hacer jamás preguntas estúpidas o indiscretas a nadie.

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