DESDE EL PSIQUIÁTRICO

 

 

Por Ana Leticia Menéndez Molina/

 

Con todo mi cariño para Román

 

–Papá, ya estoy en el avión, llegaré en 1:45. Te espero en el aeropuerto.

–Sí hijo, estaremos puntuales. Tu madre y yo queremos abrazarte. Bienvenido.

Guardé mi mochila en la gaveta superior y tomé mi asiento 3A en primera clase. Me acomodé, me tomé un whisky, cerré los ojos y empecé a recordar.

Así comenzó mi corta charla con mi padre, el doctor Tomás de Arredondo y de la Cabada, médico psiquiatra, fundador y director del Hospital Psiquiátrico que lleva el nombre de mi abuelo materno, Doctor Don José María Molina y Ancona, médico psiquiatra que estudió en Francia y España, destacado en su profesión con posgrado en estudios muy avanzados de la psiquiatría y reconocido hacendado en esta región.

Quien fuera propietario de La Milagrosa, hacienda henequenera y algodonera de mucho prestigio y muy valiosa en el Sureste, misma que legó a su única hija, mi madre doña María de la Concepción Molina y Ancona de Mendoza y de Arredondo. Ya casada con mi padre, donó esta inmensa propiedad con salida a las cuatro calles que la rodean para hacer ahí el primer hospital psiquiátrico.

Nosotros vivíamos en la casa principal con salida a la avenida internacional, pero nunca me dejaron pasar hasta el fondo, pues mi padre siempre me advertía del peligro de los internos.

Mi diversión era en el primer cuadro y enfrente, en el parque zoológico del Centenario.

Cuando yo terminé la escuela secundaria, me enviaron a estudiar a España y Francia, viniendo sólo para vacaciones. Y mis padres, estando solos, adaptaron la casa de máquinas para ellos.

La hacienda La Milagrosa, para mí y mis amigos, era otro mundo. Teníamos árboles frutales, un lago con peces de colores, sapos, ranas, un truck que recorría la hacienda. Para un cumpleaños me regaló mi papá un mono araña, al cual le llamé “Liso”. Al irme a estudiar lo dejé en el zoológico, y lo podía ir a visitar y platicar con él cuantas veces yo quisiera.

La Milagrosa se convirtió en el primer hospital psiquiátrico del Sureste, y mi padre su fundador y director único. Me hicieron venir a la inauguración y al nombramiento. Estaba en un curso en Ámsterdam, así que traje a unos compañeros. Mi padre me hacía que le leyera todas las noticias y todas las entrevistas de tan inolvidable momento.

No era fácil vivir en un hospital psiquiátrico, por eso me enviaron a estudiar fuera. Sería el tercer doctor psiquiatra en la familia, el sueño de mi padre y de mi abuelo. Nunca supe si realmente eso quería estudiar, a veces creo que pude ser un magnífico ingeniero o arquitecto, me gusta mucho la construcción, pero a decir verdad la psicología me fascina, me reconforta, y me gusta mucho, es un verdadero reto, el estudio de la mente nunca se acabará.

Ahora que regreso ya para quedarme, demostraré y aplicaré mucho de lo estudiado, como la regresión fetal, y todo lo que nuestra mente guarda de los primeros años de vida, esos años donde se dice que no nos damos cuenta, que no teníamos conciencia.

Demostraré que tenemos conciencia desde el vientre de nuestra madre, los avances de la medicina muestran con diferentes estudios que tenemos conciencia desde el mismo día de la concepción, que nosotros desde tres meses antes escogemos a qué familia queremos llegar. Demostraré que podemos elegir a nuestros padres y hermanos.

Me siento feliz y satisfecho, tendré mucho trabajo y llamaré a Patricia, una compañera que terminó conmigo el postgrado, y a Lynn, un compañero japonés. Tendremos que armar un grupo médico y aplicar todo lo estudiado, quiero que mi padre y mi abuelo se sientan orgullosos de mí.

Con tanto en la mente, ni sentí el viaje, ya tomaré mi equipaje, mi padre ya me espera en la entrada principal, volver a Mérida, a mi casa, a mi tierra, me hace sentir con vida.

Después de los abrazos y besos de mi madre, nos dirigimos al estacionamiento. Yo conduciría. La avenida Internacional completamente cambiada, muy amplia, y con mucho movimiento. El color de los flamboyanes es hermoso, me recuerda mi parte yucateca, ya estoy en mi tierra.

–Papá, ¿qué has construido de nuevo en el hospital? ¿Hiciste los arreglos que te pedí? ¿Las salas de terapia para la regresión fetal? ¿Y la sala de proyecciones para el servicio que te platiqué de Lynn y Patricia?

–Sí, doctor –me respondió mi padre–. Reímos mucho, era la primera vez que me decía así.

Realmente se sentía feliz de verme y de tenerme. Mis estudios, mis premios, lo dejaban muy feliz.

Mi padre siempre fue un hombre serio, fuerte de carácter, era su palabra la que gobernaba y mandaba, nadie le podía decir qué se haría o cómo.

Pero ahora, justo ahora, ya lo veo cansado, ya son muchos años en la dirección del psiquiátrico, espero acepte mis propuestas y mis innovaciones, todo para mejorar.

Me dirigí a la entrada principal, la casa de máquinas seguía siendo nuestra casa. Mi piedra junto al flamboyán tenía todavía mi nombre Alexandra, con mi fecha de nacimiento, 3 de mayo de 1987. Me sentí tan bien, casi todo estaba igual, excepto de unos andadores en la explanada y alcancé a ver a lo lejos, muy al final del terreno, colindando con la barda perimetral una pequeña casita en tonos de azules, también rodeada de flamboyanes y lluvias de oro, muy linda construcción, ahí al final del mundo.

–¿Quieres pasear por las crujías, los separos y las nuevas construcciones doctor?

–No padre, ahora quiero cruzar al zoológico, quizá mañana, ya no viajaré más, mi vida es esta hacienda, el hospital. Padre, estoy ansioso de comenzar a trabajar, de leer expedientes, dar soluciones y ayudar a toda esta gente, te lo prometí y lo cumplí, seré tu sucesor.

Nos volvimos a abrazar, estrechar su mano con fuerza me hacía sentirme su colega, me aceptaba, reconocía mis estudios, habilidades y mis títulos.

–Tu nombramiento como nuevo director será el jueves a las 10:00 a.m., en dos días. Tendremos mucho que hacer, ya están invitados los medios, tendremos ruedas de prensa y firma de contratos y compromisos con otras instituciones. ¿Cuándo llegarán tus compañeros de universidad?

–Desde mañana estarán aquí. Padre, quiero una junta entre nosotros y posterior una reunión con el resto de los doctores y todo el personal.

Me despedí con un beso a mi madre, un abrazo de colegas a mi padre, mientras me quitaba el saco y la corbata. Cruzaría al zoológico, quería atravesar a esos años de mi infancia, a mis paseos en lancha, recorrer en el trenecito mi vida. Tomé mi sombrero y crucé al pasado.

Ya había olvidado el sol y el calor de estas tierras del sureste. Entré por la puerta principal, sobre la 59.

Ahí seguía bañándose la misma garza, a unos cuantos pasos mi mente empezó a tener algún trastorno, sentí como si me fuera al pasado, me empecé a sentir el Alexandro de siete años, me fui directo a ver a los monos, buscaba a “Liso”, mi mono araña. Ahí seguía entre toda la familia de monos.

Recorrí el aviario, recordé a las serpientes, siempre me dieron miedo, leones, tigres, jirafas y muchos animales más.

Corrí al trenecito, ocupé mi lugar junto al maquinista, cerré los ojos y empecé a viajar en el tiempo, los olores, las emociones, las sensaciones y lo vivido no me permitieron abrir los ojos. El paso por el puente y el túnel fue la regresión total.

Llegamos a la estación y di otra vuelta, ahora con los ojos abiertos, descubrí que lo aprendido si se podrá enseñar. La mente es poderosa, fui capaz de recordar y sentir las sensaciones y las emociones de la infancia, me vi de esa edad.

Pero al bajar del trenecito y voltear al frente del hospital, pude ver a una joven mujer viniendo desde la casita del fondo corriendo y gritando. No entendía su grito, al mismo tiempo yo salía del parque por la puerta lateral y cruzaba al hospital, su grito aceleraba mi caminar.

Alcancé ver cómo los custodios, tres o cuatro, con mucha brutalidad la tomaban y la llevaban al fondo, ahora ya alcanzaba a oír su voz, esa voz, su llanto, su grito, ese grito de ¡HA REGRESADO MI HIJO, ES ALEXANDRO!

Nadie sabe que soy Alexandro, todos me dicen Alejandro, me movió todo mi ser, mis emociones más escondidas, las más guardadas en el fondo de mi memoria.

Esa joven mujer, con las greñas sobre la cara, descalza, débil, me llamaba hijo, me decía mi verdadero nombre: Alexandro.

Me detuve al verla, esa cara, sus ojos mirando al vacío, el jaleo de los custodios, el gritar de esa mujer, el movimiento, ver llegar a mi padre y gritarle, jalonearla con tal enojo, todo tan rápido, tan deshumanizador, hizo que me guardara detrás del flamboyán y observar.

Pero al tener la situación ya dominada por mi padre y despedir a los custodios, me fui acercando. Con mucho cuidado, sin ser visto, fui siguiéndolos, ella gritaba mi nombre Alexandro. “¡Es él, mi Alexandro!”, gritaba una y otra vez.

La voz ruda y seca de mi padre, esa voz tan fuerte. Al fin los alcancé. Él le reclamó y le ordenó que se callase, que la encadenaría y le aplicaría las inyecciones del olvido “que tanto miedo les tienes si no te callas”, al tiempo que yo entré sin ser visto.

–Cállate Marita, prometiste callar para que Alexandro viviera. Es él, será el nuevo director y mandará en este hospital, pero yo creo que mejor acabo contigo, lo debí de haber hecho ese 3 de mayo de 1987. Tú prometiste callar.

–Padre –le dijo Marita –nunca he estado loca, sé todo lo que me has hecho, pero nadie me va a creer, nunca me creyó mi pobre madre, déjame morir, mátame ya, padre, pero permite que abrace a nuestro hijo, yo era una niña –lloraba Marita abrazando a mi padre.

“¡Tú abusabas de mí y yo con tan sólo 11 o 12 años, y Alexandro es nuestro hijo! ¡¡¡Padre!!!” ,le gritaba una y otra vez.

En ese momento mi padre tenía ya la jeringa con algún medicamento para ponerle y callarla, pero lo tomé del cuello con la mano derecha y le clavé la rodilla con tal fuerza que lo boté. Le quité la jeringa y sin querer y con tales movimientos que él mismo se la clavó en la vena del cuello, la yugular, con toda su fuerza.

Yo, sin comprender, pero con todo mi odio y mi resentimiento, todo el coraje que tenía guardado y que en este momento me salió, lo inmovilicé. Casi sin aire me dijo que él odiaba a Marita su única hija, él quería un varón. Cerré mis ojos y oyendo su voz, recordé aquella plática entre mi abuelo, mi verdadero padre, y mi Marita, mi madre.

Marita me recibió en su seno al nacer, recuerdo que me dijo “sólo yo te diré Alexandro”, ahora recuerdo la voz de mi abuelo haciéndole prometer que para que yo viviera ella se dejaría desaparecer en el psiquiátrico. Mi abuelo era realmente mi padre, mi verdadera madre su hija única, loca sin estarlo, loca por mí.

Nos abrazamos y sin decirnos palabras, sentí ese amor, ese amor loco de una madre por su hijo. Recordé sus ojos verdes aceituna, como los míos, la apreté contra mi pecho, era tan sólo 11 años mayor que yo, con tantos años de sufrimiento. De encierro y de abandono total.

Mil veces le dije “madre te amo, te sacaré de esta locura, tendrás las mejores terapias, yo te ayudaré”.

Y con esos ojos tan bellos me miró y me dijo: “No estoy loca, lo estuve porque creí haberte perdido, pero ya estás en mis brazos”.

Comprendí muchas cosas, recordé tantas más. “No te abandonaré madre, nos recuperaremos juntos y muy pronto saldremos de todo esto”.

Ordené una camilla para llevar a mi abuelo a uno de los separos, y mañana ver qué tan grave está y poder medicarlo o internarlo. No sé, más bien no conozco qué contenía la jeringa.

A mi madre le recogí el cabello, la abracé y la miré a los ojos, esa mirada de chiquilla que encontró algo que había buscado por años. La llevé a otro pabellón, las cosas cambiarían, tendría que ver qué tan dañada estaba.

Nuestras vidas habían cambiado desde el psiquiátrico.

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