CUANDO LAS VACAS HABLAN

 

 

Cuento De José Salatiel Pool/

 

“Te digo que sí, mi amigo Jacinto. Tú dirás que estoy loco, pero hay ocasiones en que hablan las vacas. Yo lo oí muy clarito. Fue en el día en que el pueblo total festejaba el retorno puntual de las almas. Aunque viéndolo bien, yo no he visto ninguna, pero dicen que vuelven para comer el aliento de lo que una vez paladearon cuando estuvieron en vida.

“Fue ese día en que oí, a la mitad de la noche, los cencerros sonantes que traían las vacas. Se oían por el poniente. Habrían de ser como veinte. No las pude contar. Pero estoy seguro de ello por el sonido que hacían sus patas al chocar con las piedras del suelo.

“Luego oí un tumulto de voces. Yo pensé que hablaban ente sí los arrieros. Pero cuando pasaron por la ventana, pude ver a las vacas. Iban solas, como arriándose a sí mismas. Conversaban la una con la otra, pareciéndose a un rosario de personas.

“Pero yo creo que eran como vacas difuntas. Porque apenas llegaron a la mitad del camino desaparecieron toditas, como si las hubiera devorado el viento.

“Tal vez no puedas creerme. Pero puedes pedirle al consuegro Matías que te cuente lo que vio y escuchó en un día como aquel que te he dicho. Pero para ahorrarte algunas mortificaciones, voy a contarte las cosas tal como él me las dijo, sin añadirle siquiera ni una pizca de mis imaginaciones.

“Me dijo que le había ganado la noche en su paraje de Santa Teresa. La luna había salido temprano y colgaba en el cielo como un globo amarillo prácticamente sobre su cabeza. Dirigió la mirada hacia donde colgaba la luna y pensó: ‘¡Buena luz para el camino!’, y montó su bicicleta enfilándose al camino blanco que se abría ante sus ojos.

“Por alguna razón, al cruzar por un nicho cercano a la orilla del camino, donde, según se había dicho, había caído un arriero sin que se hubiera sabido las causas de su fallecimiento, cruzaron por su mente los pensamientos de las ánimas y sintió un estremecimiento en el cuerpo. Algo así como un escalofrío.

“Pero no es que le dieran miedo los difuntos, sino la forma en que murieron: los que fueron llevados de ésta vida en una forma por demás apacible, de seguro habían sido buenas personas. Pero los que habían dado el último suspiro en la hiel de la amargura, de seguro ninguna buena influencia podía pegársele a uno.

“Ambos pensamientos resbalaron por sus piernas. Y pedaleó con más fuerza para alejarse lo más pronto de aquel sitio.

Antes de llegar a la curva que conduce al poblado más cercano a Santa Teresa, pudo ver a la distancia ciertos bultos blanquecinos que se acercaban en contrario hacia él. Como si fueran las nubes que se habían descolgado hasta el suelo.

“Al principio alcanzó a escuchar algo así como como un rumor, como el sonido que hacen los machetes del flamboyán cuando son empujados por el viento. Conforme se acercaban hasta él aquellas cosas blancas que parecían caminar sin caminar, como un grupo de vejigas infladas, aquel rumor cambió a un tumulto de palabras.

“Cuando los tuvo más de cerca, los bultos fueron agarrando forma. Y entonces se dio cuenta fríamente de dos cosas: No era él el que avanzaba. Sus pies estaban adormecidos sobre los pedales. Eran los bultos los que avanzaban como si no tocaran el suelo. Pero ahora no eran sólo bultos. Ahora tenían cornamentas. Eran vacas gordas como hinchadas por el viento. Sus ojos como brazas de fogón enrojecido. De sus negros hocicos salían las palabras. Hablaban entre sí como lo hacen las personas. Sólo que no pudo entender lo que decían, porque salían las palabras así como mugidos.

“Intentó salirse del camino, pero no había otro. Así que las vacas le pasaron por en medio. Solo un viento helado y una bruma fría eran sus cuerpos. Y no sintió nada más que un fuerte escalofrío que le levantó hasta el último cabello.

“Cuando las vacas acabaron de pasarle, desaparecieron entre el monte, tal y como habían aparecido, sin dejar ni una sola huella sobre el polvo.

“Me dijo que no supo cómo llegó a su casa en San Pedro Chacabal, ni como le dijo a su mujer todo lo que le había acontecido. El asunto es que estuvo como cinco días enfermo. Le dijeron que se había salvado de morir llevado por las vacas porque no había intentado seguir sus conversaciones, pero que parte del viento frío le había entrado por la nariz, que por eso le habían dado los desvaríos y las fiebres, aunque él dijo que había sido el miedo el origen de sus males.

Ahora que si vas por el camino antiguo que conduce a Ticopó. Verás que es un camino que parece no llevar a ninguna parte. Hasta que de pronto, como saliendo de la nada, aparece el casco de la hacienda con su fachada pintada de amarillo como piedra deslavada.

En este camino que te digo, le acontecieron a mi amigo Filiberto ciertas cosas que parecieron un misterio. Muy pocos lo supieron, porque muy pocos se atrevieron a contarlo, entre esos pocos me cuento de seguro. Y si me atrevo a revelártelo es porque deseo que sepas bien a bien a qué atenerte y que puedas dilucidar serenamente tus propias conclusiones.

Pues como te iba diciendo. A este amigo le ganó la noche desgranando los elotes de su milpa. Hubiera querido desgranarlos por completo. Pero había tenido una cosecha tan completa que mientras más esfuerzo hacía, más elotes amarillos aparecían a su lado.

Solo se dio cuenta que era ya de noche, cuando la luna hinchada como una enorme burbuja le entró por sus pupilas.

-¡Ya es noche! se dirigió a sí mismo como queriendo aterrizar sus ideas nuevamente.

La luna se había alzado sobre el monte, y entrando por la puerta comenzaba a llenar de luz el corredor que le servía de granero. Apiló los costales rebosantes de maíz, apretujándolos sobre una mesa de madera. Al salir, cuando cerró la puerta, una parte de la luna se deshizo en la oscuridad del cuarto. Pero afuera, las sombras de las cosas estiradas por la luz, se enredaron con la suya cuando empezó a  andar por el camino que conduce a Ticopó.

Al llegar a la mitad del camino  me dijo que escuchó el ruido repentino del viento, como si se  hubiese enrollado en sí mismo, sacudiendo fuertemente las ramas de los árboles. Como surgiendo de la hierba, se formó ante él una manada de vacas gordas y blanquísimas que viajaban como empujadas por el remolino que salía del monte. Luego escuchó un murmullo de palabras. Quiso correr  pero tenía las piernas trabadas por el miedo

Las vacas avanzaban con  sus ojos fluorescentes. El tumulto de las voces parecía ahora como el sonido que hacen las abejas atoradas en una caja de madera.

Cuando las reses fantasmales le pasaron por en medio, pudo saber que eran ellas las que hablaban. Porque movían los hocicos y salían las palabras. Pero no pudo comprenderlas porque hablaban entre ellas. Cuando el cuerpo hecho de bruma de una de ellas le rozó sus carnes dijo que entonces entendió lo que le dijo a la otra, que viajaba a su lado.

– ¡Los humanos no comprenden, no respetan la vida que les rodea, a cuantos animales han matado sin tener necesidad, deberíamos de retribuirles todo el daño que han causado, deberíamos de darles un escarmiento!

-¡Deberíamos! Contestó la otra con el hocico abierto como alimentándose del viento.

Llevado por el miedo, recordó que había matado un par de tuzas que devoraban sus mazorcas, así como un par de Kaues que se afanaban en lo mismo. Pero fue por la necesidad. Al menos eso fue lo que él pensó. Y llevado por el delirio del momento, le contestó la conversación a la vaca que había hablado de los castigos a los humanos.

-¡Yo he matado animales! Pero lo hice llevado por la necesidad. ¡Para proteger del daño que le hacían a mis maizales!

Hasta entonces las vacas hablantinas lo habían ignorado. Pero al oírlo hablar una de ellas se volvió hacia él con los ojos llameantes lo miró de fijo, y abrió su hocico de forma gigantesca, como si hubiera descoyuntado sus quijadas y lo tragó por completo. Cuando menos eso sintió, como si  resbalara por los giros de un remolino sin fondo…

Después de aquello, no se supo más de él. Anduvo perdido de sus familiares como por cinco días. Lo encontraron cerca de una cueva entre los montes de Telal,  aunque era el mismo parecía no serlo. No respondía a los llamados como si le hubieran retacado de tierra los oídos, y como si se le hubiera atorado la lengua, sus ojos parecían como llamas a punto de apagarse. Daba la impresión de que se le habían borrado los recuerdos.

Entenderás como arriero que conoce los caminos de los montes ¿Cómo  le hizo para llegar de donde estaba su milpa a donde lo encontraron ?Pero esto se quedó como un misterio.

Estuvo como cinco días con la fiebre pegada a cada parte de su cuerpo, y como se le había trabada la lengua, dejaba salir todos sus dolores con gemidos que parecían los mugidos de las reses.

Cuando fui a visitarlo, me advirtieron sus familiares que de nada serviría trabar conversación alguna, ya que habían huido de él todas las palabras, y que de seguir sin probar   alimento, de seguro estaría difunto en unos cuantos días.

Tal vez estés dilucidando ahora en tu entender, como fue entonces que me enteré de este relato.

Pues para sorpresa mía, quien sabe como pero de repente como si le hubieran cortado las amarras que lo tenían apretujado en ese mundo de sueño, se sentó en la orilla de su hamaca como saliendo del sepulcro. Le volvieron a su cuerpo todos los colores, la fiebre de repente se fue por donde vino,  se le destrabaron los recuerdos y la lengua porque me reconoció y me habló como antes de sus dolores.

Me contó las cosas que le acontecieron tal y como te las he dicho.

Pero añadiré lo que me dijo al final de su relato.

-¡Compadre! Trate de aquí en adelante no dañar las creaciones del creador,  no hay necesidad de hacerlo si podemos solucionar las cosas de otro modo,  de alguna manera lo que hacemos equivocadamente recaerá sobre nosotros. El daño que le hacemos a todo lo que nos rodea, es como si lo hiciéramos a nosotros mismos porque estamos hechos de la misma materia.

No se preocupe por mí, es el miedo lo que me ha hecho meditar en mis errores. Esa es la causa de mis padecimientos.

Después de esta visita me avisaron de que se había perdido de nuevo.  Lo buscamos por todos los rincones de su milpa, nos metimos en el monte con la esperanza de encontrarlo. Pero de nada sirvieron los esfuerzos, nunca más lo volvimos a ver.

Quienes supieron del relato dijeron que las vacas fantasmales se lo habían llevado para siempre. Que porque había tenido conversación con ellas. Por eso lo llevaron, de no haberlo hecho de seguro estaría con nosotros.

Tú que como arriero caminas por los montes,  ten cuidado por si acaso se te aparecen las vacas habladoras en algún punto de tu ruta. Si eso sucede ya sabes lo que tienes que hacer por si acaso escuchas y comprendes lo que dicen. Pero si no ten cuidado con el miedo, porque ese te acompañará a donde vayas. Y si dejas que se trepe a tu cabeza y se enrede a tus sentidos, entonces veras y escucharas las cosas que no estarán ni siquiera frente a ti. Pero si lo domas te ayudará a reflexionar en las cosas que tienes que evitar para andar seguro.

Por el camino a San Ignacio tan bien se han estado viendo cosas…Te lo digo por si acaso pasas por ahí para que tengas cuidado…. ¡Cuando hablan las vacas!

 

 

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