¿VIVES SOLITARIO O EN LA SOLEDAD?

 

Por Luis Chay Chuil/

 

Diversos puntos de vista he oído respecto a la soledad, la mayoría negativos; cierto es que no dudo de lo indeseado o pesado que debe ser sentirla, pero lo peor es dejar que anide y haga verano en la vida.

Describo brevemente la diferencia entre solitario y soledad. Lo primero es buscar aislamiento, evitar compañía o evadir lo más posible interactuar con otros, todo lo cual es resultado muchas veces de la timidez.

El segundo concepto lo entiendo como un vacío interior, hacer cosas para no estar aburrido, lleva incluso a relaciones superficiales, sin compromiso con algo o alguien. Se puede estar rodeado de gente, cosas y con miles de actividades por hacer, pero la insatisfacción, el vacío interior no desaparece.

Una muestra de eso es que a pesar de que en redes sociales se tenga “un millón de amigos” y seguidores, si se analiza se caerá en la cuenta de que poco o nada se sabe de esos a quienes tenemos como contactos, no se les conoce en verdad, se vuelven uno más del montón, se adquiere la actitud de “¿a dónde va Vicente?… a donde va la gente”.

Es un mal del que padece ya en gran parte la sociedad, ya no hay verdaderas relaciones interpersonales, unos se aprovechan de los más débiles, viven a costa de otros, los demás se convierten en un objeto al que se le desecha a la primera de cambio, la cosa es no perder los propios intereses, sin importar si se dañan los intereses de otros.

Quizá es poco consuelo saber que hay muchos otros que se sienten tan solos como usted o como yo en algunos momentos, pero no todo está perdido y se debe tener esperanza, de modo que intentaré proponer algunas formas para afrontar o evitar la soledad.

Ayudaría disminuir el tiempo en las redes sociales, pues a pesar de la cantidad de “amigos” que se puedan tener, las horas invertidas en esa forma de comunicarse son agotadoras, interfieren, limitan o, lo que es peor, sustituyen el contacto humano directo, más genuino y enriquecedor.

Cierto es que esta forma de comunicación cumple su función para mantenerse comunicado con los demás, pero hay estudios que demuestran que un uso excesivo puede conducir a sentimientos de inseguridad, competitividad y envidia. Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que es algo que no puede sucedernos.

Pueden crear sentimientos de engaño emocional, a pesar de nuestras decenas o centenares de “amigos”. ¿Dónde queda la charla distendida compartiendo un café, esos chistes privados y el guiño de complicidad que despierta la risa? Los abrazos virtuales y caritas no son sustitutos del contacto auténtico. ¿Acaso no fatiga la constante ilusión pretendida, el fingimiento, el interminable reclamo de las selfies y de las actualizaciones de estado?

Otro factor que puede servir es frecuentar a los amigos. ¿Acaso no hemos oído alguna vez que tener amigos es fortuna o contar con un buen amigo es un tesoro invaluable? Podemos abrir nuestro corazón a un amplio círculo de familiares, amigos y conocidos, pero la gratitud se acentúa cuando se encuentra y cultiva uno o pocos confidentes de verdad.

Un mejor amigo puede ser un padre, hermano o cónyuge. Es posible que no se tenga un gran grupo de amigos con los que se pueda convivir, como esos a los que se les conoce desde el colegio, pero lo cierto es que sí existe otro ser humano con el que se puede aliviar el corazón, tener confianza.

Evitar la soledad tiene opciones

La lectura también es buena para dejar a un lado la soledad. Es fabuloso sumergirse en el mar de la imaginación que despierta un buen libro. Con esta opción el tiempo a solas se convierte en algo que saborear, con cada vuelta de página la satisfacción crece. Además, si te sientes solo, ¿por qué no leer sobre grandes personajes solitarios?

Esta sugerencia se aplica también a cualquier cosa que se elija ver o escuchar. Las series oscuras y crudas o los realities vacuos no están pensados para alimentar el alma, y es probable que se sienta insatisfacción cuando terminen. Escucha buena música que eleve tus sentidos.

Además de lo anterior hay que aprender a soportar la propia compañía, así que un primer paso es conocer los propios gustos y buscar algo que se disfrute hacer con uno mismo. Muchas veces se consigue cultivar una afición o un interés que se practique a solas, si es así se habrán desarrollado estrategias para traer alegría donde la melancolía podría asentarse.

Practicar la amabilidad con los demás es buena ayuda. Sostener la puerta para alguien y decir un “por favor” o “gracias”, acompañado de un halago sincero si la ocasión lo pide, son cosas que pueden humanizar espléndidamente el día. Pequeñas cosas como esas recuerdan que se está conectado a una gran comunidad más allá de uno mismo.

Recuerdo a gente de mi pueblo, por fortuna aún se da, que va al mercado y charla, interactúa con los vecinos mientras vende o compra bienes. Todavía se conserva esta necesidad en el interior, así que decir “que tenga un buen día” a la salida del banco o reconocer lo adorable que es el bebé de una mujer en el supermercado puede abrir el camino a la calidez de los demás, que seguramente responderán con la misma cordialidad. Es difícil sentirse solo cuando se intercambia una charla positiva con cualquier persona de buen carácter.

Cuando se está con algún amigo o en una conversación telefónica, evitar el parloteo, hay que dar prioridad a escuchar al otro y a hacer preguntas. Así se logran dos cosas: salir de uno mismo, algo eficaz contra la soledad, y contribuir a que el amigo sienta ganas de llamar de nuevo.

Los amigos están donde se encuentran algunos intereses. Algunos conocen a otro en alguna clase o alguna otra actividad afín. Incluso si no se conoce a alguien con quien forjar una amistad para toda la vida, de todas formas se aprenderá algo nuevo y combatirá el aburrimiento. Al vencer al tedio se ahuyenta la melancolía.

Tu tiempo, talento o riqueza pueden marcar la diferencia en la vida de algún otro. Es imposible sentirse solo cuando se hace un gesto generoso. Ofrece tu tiempo como voluntario en alguna agrupación de beneficencia, verás que tu soledad, tus dolencias y demás fantasmas imaginarios que te acongojan son mínimos comparados con la necesidad de quienes a pesar del mal que les aqueja tienen una sonrisa diáfana y desarman emocionalmente hasta al más solitario y desamorado.

Visitar enfermos hace mucho bien, por ejemplo, a los mayores, o personas que tal vez no estén visiblemente enfermas, pero sí demasiado débiles como para valerse por sí mismas. Son gente que lucha con la soledad constantemente y se pregunta si siguen siendo importantes en la vida, aunque sin duda tienen un lugar valioso en el mundo. Así que hay que hacerles saber con palabras y acciones que tienen una razón de ser y vivir, que su dolor contribuye al bien de otros.

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