LOS ALUXES REGRESAN NIÑA DESAPARECIDA

 

 

Cuento por Yoxi/

 

Era una tarde calurosa y Natalia salió a pasear con su hija Ana de 5 años, sin pensar que este inocente paseo familiar se convertiría en una espantosa pesadilla para la mujer.

Llegaron al abrir el parque a la denominada Área 230 de Cancún, Quintana Roo. Se trata de un área protegida que alberga un hermoso parque con abundante vegetación tropical, veredas para recorrer, sitios para descansar, así como una misteriosa cueva y un cenote.

El sitio es visitado habitualmente por decenas de paseantes, que disfrutan del lugar por su hermoso escenario y su clima tropical, que a mediados de abril resulta ideal.

Natalia, la madre, aprovechando que estaban de vacaciones en el kínder, su marido se había ido a trabajar, y se encontraban solas, decidió romper la rutina y llevar a la niña a dar un paseo al parque. Llevaba un refrigerio en una vistosa bolsa de lona y algunos juguetes para entretener a la niña, donde resaltaban su muñeca preferida, una Barbie encuerada y despeinada y una pelota verde de plástico.

Primeramente dieron un paseo por los alrededores y al encontrar una acogedora sombra en un prado bajo un frondoso árbol cerca de una pequeña cueva, extendió su mantel de cuadros rojos y blancos sobre el prado, y se sentaron madre e hija a disfrutar la mañana.

Sacó los juguetes de la niña y las viandas, mientras la pequeña, inquieta, daba grititos de alegría, retozaba y jugueteaba con su madre que le arrojó la pelota. La niña corría para alcanzarla y la pateaba de regreso a su madre con no mucha precisión.

En una de esas lanzadas de la madre, la niña corría por la pelota y sonó su teléfono celular. Natalia lo contestó de inmediato, era su madre que le hablaba para saludarle y de paso actualizarla con los últimos chismes del barrio acaecidos desde su última charla, y así pasaron los minutos antes que se percatara que alguien le estaba arrojando piedritas por detrás, como jugando para llamar su atención. Volteó la cabeza varias veces con el teléfono pegado a la oreja pero no vio a nadie.

Hasta entonces se dio cuenta que su hija no había regresado aún con la pelota; no la vio y la empezó a llamar. Le dijo a su madre que tenía que colgar, sintiendo nuevamente cómo más piedrecitas le llovían por detrás. Pudo ver algunas sobre el mantel, eran pequeñitas, escogidas, casi iguales. Se levantó de inmediato y siguió llamando a la niña, pero no le respondía ni se veía, lo que la alarmó.

“¡Ana! ¡Ana! ¡Vuelve acá!”, le gritó. Pensó por un momento que la niña estaría jugando con ella a las escondidas y siguió llamándola en un tono divertido.

“¿Dónde está mi niña? ¡Ya te vi, ya te vi!”, dijo cuando vio la pelota que estaba entre la yerba de un arbusto. Pensó que ahí estaría escondida la niña. Se acercó sigilosamente por un lado y brincó desde ahí como para asustarla. “¡Buuuh!”, pero no la vio, y sintió que una punzada de miedo le atravesaba el estómago.

Volteó para todos lados gritando, cogió la pelota y corrió en varias direcciones buscándola y nada. Entonces, temiendo lo peor, cayó en un ataque histérico, daba gritos desgarradores que sonaban como cuando le están mal torciendo el pescuezo a un guajolote, mismos que llamaron la atención de otros paseantes.

En unos minutos había un grupo de gente tratando de ayudarle. Les decía “¡mi hija, mi hija, no está!”, y empezaron a buscarla. Llegó el guarda del parque y al enterarse del suceso avisó por radio a la policía, cuyos agentes llegaron en pocos minutos y así organizaron la búsqueda.

Se separaron en cuadrillas para barrer metro por metro todo el territorio del parque en busca de la pequeña. Buscaron en los arbustos en la cueva, en el cenote, temiendo lo peor, pero no estaba ahí tampoco. Buscaron hasta bajo las piedras sin éxito.

Llegaron también los paramédicos que atendieron a doña Natalia tomándole la presión y administrándole un sedante, ya que lloraba desconsolada. Llamaron a su marido, que dejando su trabajo vino corriendo con ella, angustiado por la funesta noticia de la desaparición.

El tiempo pasaba y parecía que la niña se hubiera esfumado en el aire, nadie la había visto ni tampoco vieron salir ni entrar sospechosos en el parque, declaró el guarda.

La búsqueda continuó hasta que llegó la tarde y cayó la noche. Nadie podía creer lo que había pasado y ante esta situación, finalmente fueron llevados al Ministerio Público en una patrulla para levantar el acta correspondiente por la desaparición de la niña.

Ya ahí, un agente mal encarado, detrás de una vieja máquina de escribir, le pedía a Natalia que describiera con detalle los sucesos antes de la desaparición de la niña, lo cual ella relató puntualmente hasta llegar a la parte donde recordó que alguien le arrojaba piedrecitas mientras se encontraba hablando por teléfono.

Una voz detrás de ella dijo:

–Entonces fueron los aluxes.

–¿Quéeee? –contestó el marido sorprendido volteando a ver al oficial, un joven pelado a la Bronx, que con total naturalidad les dijo:

–Sí, los aluxes, así le hacen cuando están molestos porque se invade su territorio. Ya ha pasado antes, pero yo conozco a una viejecita, doña Vivianita, que les puede ayudar, pues sabe cómo hacerle para que les regresen a la niña, pero hay que hacerlo pronto.

Incrédulos todavía por lo que decía el joven oficial, pero desesperados como estaban, aceptaron ir con la susodicha, pues en el acto vislumbraron una luz de esperanza.

Llegaron con doña Vivianita, una anciana amable y jovial de más de ochenta años, a quien encontraron en su casa muy cercana al parque, y que les recibió de buena gana, pues ya había escuchado de la desaparición de la niña y en cierta forma ya les esperaba.

Les confirmó lo dicho por el policía y les explicó que era necesario hacer un ritual y ofrecerles una ofrenda a los aluxes, pidiéndoles permiso por el uso de sus tierras y que así devolverían a la niña.

Sin pensarlo más compraron a toda prisa todo lo que les pidió la doña y prepararon lo necesario para el “ritual”: veladoras, ciertas hierbas de olor, copal, frutas y regalos para los aluxes, como juguetes y chocolates, y se dirigieron al parque en plena noche.

Llegaron al lugar escoltados por el policía, comandados por la viejecita chamana. Siguiendo sus instrucciones se levantó un altar de piedras y prendieron una fogata frente a éste, pusieron la ofrenda sobre el altar y la anciana comenzó el ritual, prendiendo entre rezos en maya las veladoras y el copal.

Entonces, después de santiguarse, la anciana recitó una larga y desconocida letanía también en maya que transportó a los oyentes a tiempos remotos, antiguos. El ambiente pareció cambiar, la temperatura bajó notablemente y se dejó sentir un frío viento inexplicable para el sitio, toda una experiencia sobrenatural.

Para finalizar, la anciana tomó nuevamente el incensario de copal, lo ofreció con solemnidad a los cuatro vientos y para “amarrar” -según dijo- pidió a los padres que le siguieran recitando palabra por palabra la parte final del ensalmo, lo cual hicieron lo más fielmente posible, aunque no entendieron nada.

Acto seguido pidió a todos que se retiraran y ella permaneció un rato más rezando y haciendo unos raros ademanes con los brazos, para finalmente también retirarse del sitio, caminando de espaldas a la hoguera unos metros, haciendo reverencias. Dio la espalda al altar y salió caminando segura.

Pidió que por favor nadie permaneciera dentro del parque esa noche, para dejar que los aluxes tomaran lo suyo sin ser vistos, lo cual fue acatado, aunque, como siempre, quedó una guardia a la entrada del parque para resguardar la zona.

Al día siguiente se presentaron los padres y las autoridades al parque a las 10:00 de la mañana, hora en que se abría el lugar y se reanudó la búsqueda, encontrando a la menor casi de inmediato sana y salva, estaba dormida como si nada en el interior de la cueva -que había sido revisada minuciosamente el día anterior- y cuando le preguntaron qué había pasado, Anita sólo dijo -mientras se frotaba los ojos- que se había quedado dormida y que no recordaba nada de lo sucedido.

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