ANILLO DE COMPROMISO

 

Cuento por Ana Leticia Menéndez Molina/

 

Al oír los disparos, el cortar cartucho de varias armas, me tiré al suelo, apreté la cajita que tenía en la mano derecha contra mi pecho, y los documentos los metí a la mochila. En este momento se trataba de salvar la vida; recuerdo que me hice el muerto, solté la mano izquierda y estiré los pies, acomodé la cabeza sobre la mochila, protegiendo los documentos, aguanté la respiración por varios minutos, recordé lo aprendido en las clases de buceo, así que imagine y practiqué como si estuviese en el mar.

 

No moví ninguna parte del cuerpo, ni pestañé, Por algún momento pensé que en realidad estaba muerto…

Los disparos dejaron de sonar, el ruido se había ido, ya no escuchaba nada del ir y venir de los que estaban corriendo; no se escuchaban los gritos de las personas y mucho menos el acelerar de los vehículos, pero no quise moverme hasta estar seguro que ya no había peligro.

 

Repasé en el silencio lo sucedido, fui abriendo los ojos lentamente, recuerdo que primero abrí el ojo izquierdo, descanse por unos segundos y abrí el ojo derecho, me mantuve quieto, sin mover ninguna parte del cuerpo, ya sintiéndome más seguro fui volteando la cara hacia la derecha, descansé por unos minutos y volteé a la izquierda, descansé y observé a la gente tirada en el suelo, como yo, pero nadie se movía. Tuve miedo y volví a cerrar los ojos, como estaba desde el tiroteo.

No era por miedo, una y otra vez me repetía, tengo que salvar la vida.

 

No recuerdo cuánto tiempo permanecí como muerto, lo que sí recuerdo es que en ese tiempo vi pasar mi vida, recordé tantas cosas, y me di cuenta que era un privilegio seguir con vida.

Volteé la cara hacia la izquierda y vi que ya no había peligro, volteé a la derecha y ya pude levantarme, al mirar a las personas en mi alrededor, todas muertas, busqué la cajita, abrí mi mochila para ver los documentos tenían un hueco, el paso de una bala, yo estaba a salvo, golpeado, me dolía la cabeza, y un poco aturdido, pringas de sangre en la manga derecha, me dolía el brazo, mucho dolor pero vivo.

 

Busqué donde refugiarme, y corrí hacia debajo del puente, había más gente muerta que mal herida.

Unos gritaban que eran los guerrilleros de la izquierda que se habían escapado y los perseguían.

 

Alguien gritó que eran ajustes de cuentas, pero no puede ser posible que la vida se detenga por estos problemas, que nuestras vidas estén en constante peligro.

 

No quise distraer mi paso, busqué cómo llegar hasta debajo del puente para restablecerme y seguir mi camino. Yo estaba bien; asustado, golpeado, pero bien. Ahora tendría que irme hasta el otro lado y encontrarme con Yoly, ella me esperaba al otro lado del puente desde las once, pero yo no sabía ni qué hora era, así que me apuré por salir de esta pesadilla.

Conforme más caminaba, más miedo sentía, casi arrastrándome por debajo del puente pude llegar hasta el otro lado. Ahí me detuve, muchas patrullas llenaban la avenida y yo no quería ser visto, no sabría qué decir si me interrogaban, yo tenía una misión por hacer.

 

Nuevamente disparos del otro lado del puente, alcancé a ver carros-tanque como los que jugábamos de niños, gente que corría sin dirección y era alcanzada por las balas y caía al suelo.

Escuché cómo el líder le gritaba a unos hombres:

–¡Suban los cadáveres a las camionetas! ¡Vámonos, rápido, rápido! ¡Súbanse, vienen los soldados con más carros-tanque!

 

Yo vi a lo lejos un falcón negro con la llanta delantera baleada, necesitaba llegar hasta ahí y meterme bajo el carro y no salir ni moverme ni respirar. Cerrar los ojos para no ver y poder descansar.

 

Mi corazón latía a todo lo que da, empecé a controlar la respiración y para darme valor le decía: calma corazón, yo respiraré para que tú puedas bombear sangre y nos calmemos. Le hablaba a mi corazón y él latía como si me entendiera, hasta que logramos estar emocionalmente restablecidos.

 

Abrí los ojos nuevamente y pude ver cómo las camionetas se alejaban del lugar, una tres o cuatro, y como unos 20 guerrilleros. Para ser sincero, más de una vez me sentí muerto, tenía el pecho muy adolorido y me sentía muy caliente, las piernas muy pesadas, y empezaba a chorrearme la sangre de la cabeza.

 

Ya un poco mejor, pero muy adolorido, crucé hasta la avenida Benito Juárez, con Perú 20, ahí estaría Yoly. Al llegar le grité y alcancé empujar la puerta. Ella estaba como esperándome recostada en un rincón. Al verme me sonrió, le mostré la cajita, cerró los ojos y me dio un sí. Me sentía feliz.

 

Con mucha dificultad alcancé a ponerle el anillo en el dedo anular de la mano izquierda. Me sonrió nuevamente, le tomé las manos y me recosté junto a ella, la abracé. Ella dejó caer su cabeza en mi hombro izquierdo, y hasta este momento me di cuenta que yo tenía el cuerpo perforado por las balas, me acomodé en su cuerpo, solté mi brazo derecho, estiré los pies y cerré los ojos.

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