¡SOY YO!

 

 

Por Vanessa Padmir/

 

¡Pst, pst! ¡Hey! ¡Te estoy hablando! Sí, tú que te has negado a escucharme a pesar de la infinidad de mensajes tácitos y explícitos, tú que ignoras las señales, por más sutiles o abruptas. Hoy, se me acabaron los recursos, no me queda más remedio que presentarme así, desnuda como soy.

Te grito al espejo y entiendo tu cara estupefacta, así como tu muda incredulidad. Lo sé, piensas que estás perdiendo la razón, pero no, en realidad no se puede perder lo que nunca se ha tenido. Te explico, sólo estás tomando conciencia.

¡Te conozco tan bien! Sé que ahora mismo deseas echarte agua en la cara, tomar tu teléfono y volver a tu mundo, ese que consideras real, con tus amigos virtuales y sus vidas de aparador. Así que, adelantándome, te daré la prueba inminente de mi conocimiento con tres verdades ocultas tuyas:

Has escondido tus lágrimas al mundo por miedo a mostrarte débil y ser atacado.

Te escondes detrás de un disfraz llamado ego para sentirte poderoso. Tu racionalidad es tu armadura, rechazas lo que no cabe en tu mente y juzgas todo lo que te han dicho que es malo, sin siquiera cuestionarte por qué.

No quieres recordar tu infancia, odias los parques, el desorden, lo desconocido, las sorpresas y tus amigos con hijos pequeños.

¡Qué bien! Veo que ahora tengo tu completa atención. Me urge que sepas quién soy antes de que te destruyas y me destruyas contigo.

¡Soy yo! Estoy viva, más nunca nací. Te pertenezco, sin embargo pertenezco al todo; estoy aquí y ahora, no obstante soy eterna. He transitado a lo largo de la historia, dividiéndome en todo momento; fui energía divina, la original, la única, la fuerza creadora, el poder absoluto y la luz infinita; fui polvo de estrellas, fui agua, fui materia, fui alternadamente vida y muerte.

Después de todo este camino por millones de años llegué a mi mejor versión, al pináculo de mi derrotero, llegue a ser, escuchaste bien: a ser.

Fui depositada en esta tierra, fui parte de la vida interior, de los nutrientes esenciales, del amor maternal infinito, tan basto que sólo puede pertenecer a la madre tierra. Ella, amorosamente me entregó a un fruto, fui pulpa exquisita, lista para darme en una entrega incondicional, regalarme completa a alguien con sed, en amor.

Fui parte de ese ser humano al que me entregué, tu ancestro más primitivo, le ayudé a crecer. Todo un ejército de las mías y yo, conformamos su estructura, la tornamos de infantil a adulta. Le acompañé a vivir, fui cómplice de tantas experiencias (casi las mismas que tú) y permanecí con él hasta que regresó a la tierra. Así, volví a hacer el viaje una vez más de tierra a fruto, de alimento a ser, incontables veces. ¡Entiéndelo de una vez! mi éxito es formar parte de ti. ¡Soy yo, tu célula!

No entiendo por qué peleas con tu hermano. Eres tan ciego que no ves que dañas a las células que fueron mis compañeras en otro tiempo, en otro ser, al dañarlas a ellas me daño yo, me duele que hieras a mis amadas y por ende te hieres tú. Este es nuestro cáncer.

Ya es tiempo, amado ser humano, date cuenta que lo que odias de tu hermano no es más que la información que te damos nosotras, tus células, del daño que no se resarció, de lo que tus ancestros no lograron aprender y de la tarea destinada para tu más perfecta evolución.

¡Por piedad, compréndelo ya! Obsérvame, estoy manchada de toxicidad, de todas las palabras de odio que dijiste, de todo el rencor o la culpa que te cargaste, de la venganza disfrazada de justicia y de la inconsciencia propia de ti.

Esas células que están fuera de tu cuerpo también te corresponden, su daño es tu daño, su amor es tu amor. ¡Ámame, ámanos! Es una exigencia porque te amo. Mas es una súplica porque eres tú el propietario del libre albedrío, el poder no radica en mí, yo sólo me entregué a ti incondicionalmente; la decisión siempre ha sido tuya, yo te acompaño en cualquier destino que elijas, seguiremos viviendo de odio o moriremos de amor, tu elección. ¡Soy yo! ¡Eres tú!… El mensaje está entregado.

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