LA EVOLUCIÓN DEL HOMBRE

 

Raúl R. Dzul Paredes

 

Calculador, el Mono miró primero hacia el sol y luego checó la inclinación de su sombra. “Es hora ya”, se dijo, y caminó enseguida rumbo a un árbol de saramuyo, sembrado junto a la reja. Salta y se cuelga, con una sola mano, de una rama que invade la calle y se deja caer sin hacer el menor ruido. Como que lo ha hecho toda su vida.

–¡Ahí está! –gritan en coro sus cuates el Iguano, el Cau, el Zorro, el Chaparro, el Toloc, la Gallina y el Caballo.

Claro ninguno era nombre propio, pero eran sus propios nombres, pues después de todo nadie sabía los verdaderos.

–Apúrate Mono –lo fustiga el Wilo, en parte para fastidiarlo, sabedor que no le gusta su sobrenombre.

–Eres un maldito “pone apodos” –le devuelve el Mono a Wilo, mientras varios de aquel grupo reían divertidos–. Tú bautizas a todos, pareces cura. –Momento de gracia que el colectivo convirtió en Wilocura.

Superado ese momento mágico. Sintiéndose redimidos del peso de sus apodos, quisieron celebrarlo.

El de siempre propuso: “Juguemos hoy pesca-pesca por equipos y que el Caballo y el Cau elijan”.

Aceptada la moción, los mencionados sortean quién tendrá mano; gana el Caballo y principia: “Al Mono”.

Y se van alternando.

Concluido el proceso acuerdan: La base es la mata de zapote y a la cuenta de cinco comienza la persecución.

Inicia el conteo y salen como disparados los que serían perseguidos.

El Mono y el Cau salieron hacia el norte. El Caballo y el Wilocura toman el sur.

El Mono, no mira para atrás ni por su compañero. A mitad del camino y sin mayor oposición el Cau fue pescado. Esa maniobra le añade más tiempo para alejarse. De tal forma que lo pierden de vista. Después de un par de horas, fuera del pueblo ya no supieron de su presa.

Cansados, se sientan en una laja en medio del monte. El pueblo se percibía remoto.

Mientras el Mono, empeñado en despistar a sus perseguidores, se fue distanciando hasta que se encontró con un lugar, en cuya entrada, fijado en un poste, un letrero donde se leía: TEJÁS.

Caminó entre dos hileras de casas, de fachadas diferentes a las que conocía: con paredes de piedras y techos de tejas color granate, hombres y mujeres de piel oscura, vestidos de mezclilla azul y de hablar extraño. “Creo que es inglés”, pensó.

Atraído por un fuerte ruido descubre lo que parece una fábrica, donde transitaban sobre rieles plataformas tiradas por enormes caballos. Deambula a sus anchas, cuando sopla un viento fresco que parece entregarle la idea que se encuentra lejos del pueblo. Desea regresar rápido, pero el cansancio lo obliga a trotar lento.

Después de un tiempo que le pareció eterno, se encuentra con sus perseguidores y compañeros de equipo, que distraídos trataban de llegar a un nido de yuyas, pendiente de un árbol. Cuando notan su presencia, pintado de un semblante exhausto, le preguntan intrigados:

–¿Dónde carajos llegaste Mono?

–A Estados Unidos –responde éste.

-¿A Estados Unidos? –le cuestionaron entre incrédulos y admirados.

Pero el Mono tenía fama de no mentir. Así es que les duró poco la duda, en aras de la curiosidad.

–¿Cómo es?

–Pues de casotas con techos rojos. Un letrero de madera a la entrada que decía TEJAS. Fábricas y caballos muy grandes. Hombres negros muy altos que hablan inglés, vestidos de mezclilla. A los güeros no los vi, creo que estaban en sus casas…

–¿Trajiste o te regalaron algo?-

–No, sólo me dieron un pedazo de sandía.

Cuando llegaron a su base de partida ya todos los esperaban.

–¡Dice este Hombre que llegó a Estados Unidos! –exclamó Wilocura, entre admirado y satisfecho de ser él quien diera la noticia.

–¡Sí, que vio fábricas y negros que hablan inglés! –le secundó el Zorro.

–¡Te pasaste Hombre! –le reconviene el Chaparro.

Y de nuevo las mismas preguntas que Hombre contestaba con respuestas cortas o con monosílabos. Cuando se despidieron, muchos vieron sonreír al Mono, por primera vez. Acaso un signo visible de su evolución.

Con el sol desmayado, cada uno camina  a su casa. Donde son recibidos con reproches por salir sin permiso.

Wilocura le cuenta a su papá que el Mono, ya Hombre, había llegado a Estados Unidos corriendo. Su padre esbozó una amplia sonrisa y preguntó a su hijo:

–¿Dónde dice que llegó?

–A Tejas.

–Ah sí a Tejás. Ya lo creo. Es una desfibradora de henequén.

–¿Hay allá una fábrica en la que trabajan negros?

–Sí, varios. Vuelve a sonreír su padre y termina la plática.

Posterior a la cena, se acuestan y se duermen pronto, menos el Mono. Quiere saborear los halagos recibidos por la tarde; sin testigos, sonríe profundo, con aquella su boca que va de oreja a oreja. Luego sufre un sobresalto con la idea de que al día siguiente las cosas volvieran a la normalidad y de nuevo le apodaran el Mono. Tenía presente que antes lo conocían como el Sapo y antes de ello como la Lombriz. Bien visto su nuevo sobrenombre sonaba elegante. Tarda en dormirse.

Al día siguiente no salió a jugar, tampoco en los que siguieron… hasta acumular semanas y meses. Y nunca más.

Pero desde esa hazaña, quien lo topara le saludaba como: Hombre. Y él respondía con una enorme sonrisa, quién sabe si burlona.

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