EN ESTA VIDA NO

 

 

Por Ana Leticia Menéndez Molina/

 

Todo es perfecto, excepto que tú ya no estás. Les dejo comida a los gatos tuyos pero ahora míos. Les platico de ti, de lo que hacías, de lo que te gustaba, y ellos me escuchan en silencio, como si me quisieran responder, o más bien están atentos a lo que les cuento de ti, los entiendo y me entristece el que ya no te puedan ver ni oír.

La gatita negra entra y da varias vueltas en nuestra recamara, se sube a la cama, y va directo a tu buró, da varias vueltas, pero no se acomoda, baja y se sigue metiendo a tus pantuflas blancas, percibe tu aroma y cree que vendrás en cualquier momento.

Los otros dos gatitos se quedan en el tapete de tu lado de nuestra cama, ellos ya se dieron cuenta que no regresarás. Estamos en la recamara y de pronto suena el timbre.

Me dirijo a la puerta.

–Hola vecina, soy Hugo, el del 405.

–Hola Hugo, soy Lizet –sonrió y me asomo como mostrando el número de mi apartamento–. Soy la del 406 –y le sonrió nuevamente–. ¿En qué te puedo ayudar?

–¿Sólo pasé a saludarle vecina. ¿Te puedo llamar por tu nombre?

–Claro, hasta donde sé, le costó a mi mama cien pesos en el registro civil y como treinta mil en la fiesta de mi bautizo –y vuelvo a sonreírle–.

Y seguimos platicando muy animados en el quicio de la puerta, sin entrar, ahí una charla breve. Él me cuenta un poco de su vida y yo sólo escucho sin contar nada de la mía.

Hugo es un hombre atractivo, su pelo entrecano le da personalidad, sus ojos negros me recuerdan a los tuyos, ese mirar tan profundo, frente ancha, como si supiera mucho, como si almacenara mucha información, y a lo mejor sí, porque es administrador en el planetario.

Me siento atraída por él, realmente me fascina y presiento que también le soy atractiva, porque lo veo interesado, cómo me mira y su plática interminable. Nos pasamos mucho tiempo componiendo el mundo, sonreímos y seguimos platicando. Siento como si me esperara en las escaleras, o en la salita de estar, para juntos subir al cuarto piso y platicar en el camino, al fin que el edificio tiene áreas comunes donde poder convivir, y este mes la luna llena será el domingo 12, y esos días de luna llena me ponen muy nerviosa y perversa.

Ya son varias veces que cenamos en el jardín, y nos quedamos hasta muy tarde; al final se retira y se despide robándome un beso, el primero de muchos muy apasionados, ya imagino para dónde va esta relación. Él platica mucho y no observa nada de mis movimientos ni de mis actitudes. Ese será su problema, no mío. Yo ya sé mucho de él, y ya conozco sus debilidades. Él no sabe nada de mí, o no hasta ahora. Me he comportado muy discreta, complaciente, sensual, veo que eso le gusta, la debilidad de todos los hombres.

Miré el reloj, tomé mi abrigo y salí hacia la escuela. Siento una ráfaga de aire fresco que hace que me cubra más, como si el tiempo fuera a cambiar. Siento olor a lluvia, como una de esas tardes cuando salíamos a caminar y luego tomábamos chocolate caliente con conchas rellenas de queso.

En todo el camino pensé en ti, en lo bien que la pasábamos y en lo felices que fuimos.

Pero bueno, hoy justo tiene un año que te fuiste. No supe ya nada de ti.

Hay calles cerradas porque están componiendo el asfalto, así que dejo mi carro a unas cuadras, entro a la escuela y me pongo el chip para dar clases. Los alumnos son los mismos, con sus mismas inquietudes, y en cada uno veo algo tuyo.

No sé si sea bueno o malo, pero así es.

Escucho tu sonrisa, siento el aroma de tu perfume, incluso siento el olor de tu café capuchino con crema.

Comienza la clase.

Mi mente está en blanco, dejo de escuchar a los alumnos y te escucho a ti. Pero ahora caigo con que tú tenías el mismo timbre de voz del nuevo vecino. Así que eso hace que te recuerde, y que me fije más en él. Ambos con las mismas inquietudes, muy parecidos en varias cosas. El timbre de la salida me regresa a la realidad.

Llegaré haciendo ruido para ver si Hugo sale o si pasa, como cazándolo para que nos veamos ahí en el balcón o en cualquier parte de la terraza.

Empecé a pensar estrategias para que saliera o nos encontráramos en las escaleras o en la mesa del jardín, donde suelo salir para escribir, a pensar o a recordarte.

Le haré saber de alguna forma que ahí me puede encontrar, estoy segura que sí, lo siento interesado, pero va muy de prisa y sabes que son cosas que no me gustan.

Al pasar los días me fui encontrando cada vez más con Hugo. Todo me gusta de él, y me voy dando cuenta que tiene muchos ademanes tuyos, arrastra un poco el pie derecho, son muchos detalles muy parecidos o iguales, no sé si me estoy sugestionando, pero lo tomaré con calma. Al fin ya estamos enamorándonos y él sin saber mucho de mí.

Hoy me bajé al cuarto de triques a revisar cosas en el baúl, y vi los escritos del periódico. En todos se habló de nuestro caso, la forma en que te ataqué y te clavé el cuchillo. Todavía lo conservo con tu sangre, nadie lo encontrará. El caso se cerró, no hay cargo alguno, al fin me deshice de ti.

Nunca podré contar realmente cuál fue el problema, pero ya ni a quien le importe. Tú muerto y yo viva, disfrutando de todo. Paso como bajo perfil, la maestra pobretona sin nombre, sin levantar sospecha alguna, sólo salgo para ir a dar clase y una que otra noche al bar. Ahí hay mucha gente que quiere contar sus historias y muy poca gente para escuchar.

–¡Hola vecina!

–¡¡Hola Hugo!!

Ya empieza nuestra relación, muy interesante, apasionada, llena de intrigas, como me gusta, todo va tomando forma. Hugo cada vez más interesado, ya comiendo de mi mano.

–Hola Hugo ¿quieres pasar?

–Sí claro. Traje pan, las conchas que te gustan.

–Me sorprendió, porque yo nunca le dije que me gustaban las conchas.

La relación ya comenzó y estamos muy contentos. Él muy apasionado, pero yo no aguanto más, tendrá que ser hoy, veo el calendario y es domingo 12, luna llena, el edificio en calma, muy pocos vecinos y no está el conserje. El detonante son las conchas, ese sabor a dulce, el aroma que tienen a canela pero también está la luna.

Le pedí a Hugo que pase y se ponga cómodo. Yo salí con mi bata gris, muy linda y olorosa. Esa bata tiene algo que atrapa. Hugo, ya en la cama, me platica no sé qué cosas, y de momento deja de hablar, ya tiene el cuchillo clavado en el mismo lugar donde te lo clavé a ti. En esta vida no seré tuya y en ninguna otra.

Descubrí que era igual a ti.

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