EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

 

 

 

Cuento por Vanessa Padmir/

 

Parecía un día cualquiera, abrí los ojos maldiciendo al despertador, que de nuevo tenía el mal gusto de anunciar su fatal sentencia: ¡era lunes!

Me puse el traje de pípila y cargué la pesada loza que era mi vida. Salí al trabajo cruzando los dedos para que pronto fuera la hora de comer. Yo, Alicia María Dolores de la Fuente Pérez, era la abogada más reconocida en esa mísera empresa de seguros. Ahí todos me adoraban de frente mientras querían clavarme las dagas en la espalda… ¡Qué bueno que tenía la loza! ¡Qué ironía!

Es patético admitirlo, pero lo único que me causaba placer en esa lujosa oficina era la pecaminosa gula de deleitarme con cuánta botana se me ocurriera. Ocasionalmente salía de mi refugio obligada a vigilar a mis subordinados de otros pisos, que sin duda sucumbían ante mi amenazadora presencia. Asumí que así sería en esa ocasión, sin embargo la vida me tomó por completa sorpresa al cruzarme con él.

“¡Maldito elevador carajo!”, exclamé furiosa. Nunca he sido claustrofóbica, pero saberme atrapada, imposibilitada o dependiente de algún naco de mantenimiento me provocaba ansiedad. “¡Maldita suerte!”, refunfuñé. Presionaba el botón de auxilio mientras los segundos duraban una eternidad. Me costaba trabajo respirar, me abandonaba la razón y me estaba desvaneciendo.

Dicen que todos tenemos una cita impostergable con el destino. La mía sucedió en ese diminuto elevador. ¡Sí! ahí estaba él. Ya no recordaba desde cuándo lo había rechazado, quizás desde que era niña o tal vez cuando me di por vencida… Simplemente me harte de verlo con insondable asco.

Por primera vez escuché su voz,  pensé que me había vuelto loca, pero lo oía claro:

–Sígueme por favor –dijo.

–¿Adónde vamos? –pregunté frenética.

–Al país de las maravillas –respondió.

–¡No mames, me llamo Alicia! –me burlé incrédula.

–¡Quiero que aprendas Alicia!

Su seriedad quebró mi impertinente sarcasmo. Le hice caso sin más remedio. Guardé silencio y contemplé intrigada. Visualicé una niña rubia y regordeta, caprichosa por vocación, berrinchuda por elección e intolerante sin razón.

Fue entonces que todo cambió y comencé a recordar; yo era la única hija de doña Lola, madre luchona y simultánea mujer abnegada. Ella vivía en la secreta pesadumbre de ser “la casa chica” de mi padre. Él fue mi completo proveedor, todo cuanto deseara, por más ridículo que fuera, lo obtuve sin mover un dedo. ¡Yo lo tuve todo! Los dos me amaron. Sí, a su manera, pero me amaron.

Sentí inmenso dolor al ver esa escena sin saber bien por qué; no pude evitar cerrar los ojos. Una vez más quise salir corriendo.

–¡Sáquenme de aquí ineptos! –vociferé en el interfón.

–Espera, aún no conoces las maravillas –susurró él en mi oído.

Resignada completamente, abrí los ojos y comprendí: no lo tuve todo, me faltaron límites. Mis padres nunca pudieron decirme no, su propia culpa se los impedía y yo, aún a 30 años de distancia, seguía inconscientemente el patrón de permitirme todo, incluso hacerme daño. En cada persona que agredí, pedí a gritos tácitos que esos “no” aparecieran ¿De quién? ¿Qué importa? pero nadie pudo hacerme ese regalo, lo sé, me tenían miedo.

Regresó la luz, se retiró la oscuridad (literal y figurado), se abrieron las puertas y lloré desconsolada ante el desconcierto de mis espectadores. Nadie supo lo que había pasado en ese elevador, sólo tomé un segundo para echarle una última mirada a él, mi espejo, gesticulé emocionada “¡gracias!”.

Tomar consciencia es maravilloso, parece fácil porque la verdad es evidente ante los espectadores, pero nunca para el protagonista, quien sin un espejo es incapaz de mirarse.

Comencé a tomar sesiones de coaching y las respuestas fueron cayendo con diáfana belleza, las caminatas matutinas me regalaban la emoción de saberme libre. Me he tomado el tiempo de ofrecer disculpas, no siempre entiendo las razones, pero al parecer los demás las entienden perfecto, eso me da el delicioso alimento de cariño que sí me llena, tanto que he dejado por completo las botanas.

Es increíble cómo pequeños cambios crean magia. Antes no creía en los milagros, ahora creo que son cosa de todos los días. La vida misma es un milagro en sí. Estoy aprendiendo a amarme, cada día soy más ligera, cada día lo amo más, sí a él, mi espejo, y ese amor me sobra para que en silencio mi mundo reciba las maravillas que cada día recibo, aunque sea lunes. Al fin y al cabo yo soy Alicia en el país de las maravillas.

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