EN UN ABRIR Y CERRAR DE OJOS

 

 

Por: Rita Elena Vázquez Peña/

 

Tengo varios álbumes de fotos familiares. He tratado de organizarlos de acuerdo a los eventos y personajes. Recién estuve de vacaciones y dentro de mis quehaceres hogareños me tocó limpiar aquella repisa la cual no visito frecuentemente.

Al azar, escogí un álbum: era el de mi boda. Mi mente voló hacia aquel dulce momento, hace dieciocho años… me pude ver entrando a la iglesia del brazo de mi padre, orgullosos, felices. Al llegar al altar, mi inolvidable progenitor “me entrega” al ahora mi esposo y le dice: “cuídala mucho porque aunque tiene su carácter, es buena persona” (de esto me enteré por mi marido muchos años después). Una nueva etapa de mi vida comenzaba.

Con nostalgia, cierro aquel álbum y, aunque me falta mucho por limpiar, tomo otro y en sus páginas dimensiono el hermoso regalo de Dios al permitirme ser madre de una linda bebé, mi primera hija, de la cual hay como tres cuadernos llenos de fotos: su primera papilla, cuando conoció el mar, sus primeros pasos, etc.

Ya no me importa dejar sin limpiar la casa. Tomo los álbumes y me siento a recorrer los años que han pasado, de la linda oportunidad de volver a vivir por las evocaciones de esas fotos tan preciadas: imágenes del regalo de la vida en mi segunda hija, lo significativo de su nacimiento porque ella fue un paliativo y bálsamo para aminorar el dolor por la pérdida de mi padre.

Luego reviso otro cuadernillo y me parece vivir nuevamente la alegría con la llegada de mi amado varón, en fin, ¡tantos sentimientos encontrados desbordan esas imágenes!

Ya casi llega el mediodía y sigo observando aquellas imágenes (a medias, porque las lágrimas a veces me lo impiden). Con nostalgia acomodo aquellas reliquias en su recinto. Entro a mi realidad y retorno a mis labores, barriendo por acá, por allá; entonces, al acomodar las cosas en el cuarto de mis hijos, comparo los zapatitos, batas y ropones de aquellas fotos con los zapatos de tacón, botas, faldas y pantalones de mis peques ahora adolescentes… entonces, como una ráfaga de viento, me cae el veinte de que los años han pasado sin sentirlo, de cómo la vida transcurre en un abrir y cerrar de ojos.

Por eso, siempre recuerdo y valoro las palabras de una vieja amiga cuando me veía histérica corriendo tras mis bebés: “disfruta de tus hijos cada momento porque en un abrir y cerrar de ojos, crecen”… y sí, disfruté y sigo disfrutando de mi esposo e hijos, porque aunque es muy cierto que el tiempo fluye tan rápido en el río de la vida, también es verdad que el inmenso mar del amor de Dios me da la gran oportunidad de atesorar esos momentos como recuerdos vívidos y sentimientos plenos en el único lugar en cuya fortaleza cronos no hace mella: mi corazón.

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