¡NADIE VINO A MI CASA ESTA NAVIDAD!

 

Por Luis Chay Chuil

 

Si me preguntan cómo pasé estos días decembrinos, simplemente diré ¡bien!, a secas. Eso no quiere decir que soy un ingrato con mis amigos que amablemente me tuvieron en cuenta. Tengan ellos plena seguridad que valoro en todo lo que vale su aprecio y detalles; valga afirmarles que por ellos valió la pena la Navidad.

Dirán que el espíritu navideño no ronda mi corazón; y para ser sincero, en verdad no lo dejé envolverme. No es que sea un negativo, simplemente me parece que la época navideña hasta a los más renuentes “invade”; incluso los habituales desamorados desbordan generosidad, pero es cosa pasajera, de unos días.

Me atrevo a pensar que en muchos esa generosidad y todas las cosas buenas que puedan aflorar es cosa de dos semanas: del 24 de diciembre al 1 de enero… y con poco de esfuerzo hasta la fiesta de Reyes; después de eso todo vuelve a la realidad. Los odios y rencillas más otras actitudes negativas quitan la máscara de bondad que la “magia” navideña logró en muchos.

Describo a continuación algunas situaciones que se pretenden remediar en un momento de sensibilidad y sentimentalismo pasajeros, pero después esos “beneficiados” vuelven a sus penurias cotidianas. Personas sin hogar, adultos abandonados a su suerte, familias que todos los días se la pasan con el Jesús entre labios porque no tienen qué comer o alguna prenda para afrontar la inclemencia del tiempo.

Los 365 del año, con sus 24 horas, hay quienes tienen que conformarse con mitigar su hambre con lo que, en su opulencia, otros tiran, porque a éstos su exigente paladar o su egoísmo no les permite consumirlo, pero por guardar apariencia lo tienen, por aquello de estar a la altura de sus amigos o el qué dirán y ser aceptados en un círculo de amistad hipócrita.

Todos los días hay padres de familia trabajando más de doce horas para recibir una mísera paga que no alcanza para llevar a casa lo elemental para la más mínima nutrición que los mantenga sanos.

Por doquier hay gente sufriendo por algún padecimiento porque el salario o la “eficiencia” de las instituciones de salud no le permite tener los medicamentos más elementales para remediar esos males, pues todo el presupuesto se va a los bolsillos de dirigentes y burócratas que pareciera que les pagan para humillar a la gente que requiere sus servicios, sin siquiera pensar que son quienes cubren su salario, porque a fin de cuentas hasta al más pobre le cobran impuesto, así vaya a comprar unas cuantas tortillas para no quedar con hambre.

Invadirme del espíritu navideño me parece una falacia y algo meramente pasajero, cuando por todas partes hay mujeres que tienen que soportar la “valentía” de quienes deberían velar porque al fruto de su “amor” (los hijos) no les falte el pan de cada día. Peor aún, pensar en aquellas que tienen que hacerla de padre y madre a la vez, porque por un amor efímero tienen que cuidar de sus vástagos, porque quien las “ayudó” a tenerlos no tuvo los pantalones para afrontar la responsabilidad de criarlos.

El espíritu navideño no me mueve porque el amor, la generosidad, el afecto, y todos los valores y virtudes que saca a relucir la Navidad se quedan en simple sentimentalismo, pero después de estos días la brisa de la superficialidad, el polvo del egoísmo, la basura del egocentrismo se lo lleva todo. Vuelve el antivalor del YO, luego los demás, y a quien se cruce en su camino lo aplasta con todo lo que tenga a su alcance. Así, para mí, la Navidad no es real, ni válida.

A diario las redes sociales se llenan de cosas superfluas, hasta lo que hace en el baño se comparte en los móviles. Ya se ha perdido la decencia en muchos casos y el morbo es lo que cuenta. El colmo es que se vuelve más viral una cuestión de acoso, en todas sus vertientes (“bullying”), que unir fuerzas para erradicar ese mal o apoyar a muchos que tienen una situación apremiante a diario. “Por eso y muchas cosas más…” nadie vino a mi casa esta Navidad.

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