SERENATA GUADALUPANA

SERENATA GUADALUPANA

 

Por: Rita Elena Vázquez Peña

 

Lupita era una niña muy inteligente, de tez blanca, ojos expresivos, el cabello negro ondulado y una sonrisa que conquistaba a todos. La recuerdo así, a sus escasos ocho años, pero con una mente de quince, porque tenía una imaginación desbordante y audaz. Su mamá, Jacinta, era morena, de mediana edad, pero su cuerpo y rostro reflejaban el cansancio físico en crecer y mantener, junto con su esposo, a sus seis hijos (Lupita y cinco hermanos).

 

La casa en la que Lupita y su familia habitaban era pobre pero muy cálida: en forma circular y piso de tierra, paredes de palos con barro (en el pueblo les decían casas tipo “ripio”); con un corredor que servía de cocina y un cuarto pequeño que utilizaban como baño y aunque no tenía inodoro ni regadera, era espacio suficiente para disfrutar de un refrescante baño con agua de pozo entibiada bajo el sol, en cubetas de plástico que alguna vez contuvieron pintura.

 

Lupita era muy feliz, le profesaba un gran amor a su familia y a la Virgen de Guadalupe. Jacinta le había enseñado a tocar la guitarra y cada doce de diciembre, junto con sus papás, le cantaba “Las mañanitas” a la Virgen. Era una bella tradición.

 

Los años pasaron y Lupita, con base a esfuerzo y estudios, logró prosperar. Con la ayuda de sus padres, la vida de privaciones en el pueblo se transformó en una vida agitada de la ciudad. Los hermanos crecieron y emigraron del hogar a formar el propio. Lupita se quedó con sus papás, ahora en una casa de paredes de bloques, con todos los servicios… pero aún cómoda y todo, le faltaba aquel olor a pueblo y sencillez que tenía su casita de la infancia.

Si bien al principio Jacinta no se acostumbraba o se negaba a olvidar su casita del pueblo, poco a poco fue aceptando su nueva vida, ahora no tenía que jalar agua del pozo para lavar los platos, ni lavar a mano la ropa, en fin, había ventajas que su cansado cuerpo agradecía.

 

La costumbre de cantarle a la Virgencita no se perdió, muchos años Lupita y sus padres salieron a cantarle a la Virgen de Guadalupe, incluso los vecinos los contrataban para las serenatas.

 

Sin embargo un diciembre algo sucedió, aquella mañana de lunes, Jacinta se sintió mal del estómago, ella no acostumbraba quejarse, pero el dolor era intenso, tanto, que su esposo llamó a la ambulancia. Estuvo en el hospital cinco días. Un 22 de diciembre, Jacinta cerró los ojos para siempre.

 

Lupita no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su más grande amor ya no estaría para abrazarla cuando se sintiera triste, para reconfortarla y darle ánimos cuando algo salía mal, en fin, ¡cómo se lamentaba por no decirle a su madre en cada segundo cuánto la amaba!

 

Ese diciembre fue el más triste para toda la familia. Ha sido la navidad más dolorosa que Lupita haya pasado en su vida.

 

Al año siguiente, Lupita no tuvo fuerzas para cantarle a la Virgencita, que sin duda comprendió que los recuerdos que se agolpaban en la mente de Lupita le impedían emitir voz alguna.

 

El tiempo es bálsamo. Lupita y su padre se dieron fortaleza para salir adelante, con toda seguridad con la ayuda de la Virgen, quien les permitió venerarla de nuevo en su cumpleaños. Jacinta, desde el cielo, se unió a las voces, para la serenata guadalupana.

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