ANTORCHISTAS, ¿EMOCIÓN DE MOMENTO?

 

 

 

Por Luis Chay Chuil.

 

Durante estos días, y todo el mes en general, las peregrinaciones y carreras de antorchistas han estado en toda su efervescencia. Esas son muestras de religiosidad popular con las que las personas manifiestan su creencia, expresión de su cultura.

 

Hace algunos ayeres también participé en dos o tres carreras de antorchistas, pero en realidad no me llamaron más la atención, pero eso no significa que las desacredite. Cada quien tiene formas de expresar su fe en quien trasciende la mente.

 

Lo único que me llama la atención es que para algunos es emoción momentánea, pues luego de eso la vida sigue igual y no hay un visible compromiso, lo que me lleva atreverme a pensar que se está en el umbral de la superficialidad; no se distingue entre religiosidad y sincretismo, que hace confundir los conceptos y formas de actuar.

 

Aplaudo la perseverancia de quienes cada año hacen estas prácticas y su entereza para afrontar las dificultades y sacrificios que hacen, por tal razón comparto los siguientes conceptos. Los seres humanos creamos cultura. Nuestras formas de pensar, sentir y actuar, la lengua que hablamos, nuestras creencias, la comida y el arte, son algunas expresiones de eso.

 

Este conjunto de saberes y experiencias se transmite por generaciones mediante diferentes medios. Los niños aprenden de los adultos y éstos de los ancianos. Este conocimiento se da a través de lo que oyen y leen; también de lo que ven y experimentan por sí mismos en la convivencia cotidiana. Así se heredan las tradiciones.

 

Mediante la transmisión de costumbres y tradiciones las generaciones dan continuidad a los conocimientos, valores e intereses que las distinguen y las hace diferentes a otras. Conservar las tradiciones de una comunidad o de un país significa practicar las costumbres, hábitos, formas de ser y modos de comportamiento de las personas.

 

La fuerza de las costumbres y tradiciones no radica en la frecuencia con la que la gente las practique, sino en que comparta auténticamente las ideas y creencias que originaron la costumbre y la tradición.

 

Las costumbres y tradiciones pierden fuerza cuando la gente cambia sus creencias, su modo de entender el mundo y el sentido de su vida; entonces se procuran nuevas creencias y prácticas, que formarán con el tiempo otras costumbres y tradiciones.

 

Quienes se oponen a dejar atrás su cultura consideran que las costumbres y tradiciones no son prácticas sin sentido, sino respuestas y soluciones que les han ayudado a enfrentar el mundo y la vida. Ante la incertidumbre de lo nuevo, lo conocido representa y ofrece seguridad.

 

Las primeras peregrinaciones

 

Las peregrinaciones iniciaron en la Iglesia Católica antes de la paz otorgada por el emperador Constantino en el año 313, aunque aumentaron considerablemente cuando la Iglesia gozó de paz y libertad en el Imperio Romano.

 

Las más antiguas peregrinaciones cristianas tenían como destino Roma y Tierra Santa, donde están las tumbas de los mártires. Las peregrinaciones en honor a la Virgen María cobran fuerza en los siglos V-VII principalmente en Nazaret, pero fue hasta los siglos XIV-XVII cuando lograron su más alto esplendor y participación.

 

En la actualidad, la Iglesia ha encontrado en los últimos Papas el modelo de los peregrinos, recuerda que el cristiano es ante todo un peregrino y que la Iglesia es un pueblo peregrino, según se describe en dos documentos del Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes número 7 (La alegría y la esperanza) y Lumen Gentium 8 (Luz de las naciones).

 

Las peregrinaciones ofrecen la posibilidad de reencontrarse con la propia historia cristiana, la realidad transitoria en este mundo. La característica es la forma festiva y gozosa de estas muestras de fe, que recuerdan que el peregrinar hacia Dios no debe, ni puede ser lastimoso ni triste.

 

Estas muestras de religiosidad popular favorecen la práctica de los valores cristianos, estimulan un culto integral a Dios (ver, oír, cantar, escuchar, tocar, convivir, etc.). Dispone a ser agradecidos y ante todo recuerdan la común subsistencia y la necesidad de una salvación comunitaria.

 

La Iglesia no es la única que realiza peregrinaciones, también sucede entre judíos, musulmanes, budistas, etc., y los valores constantes son: purificación, renovación e iluminación.

 

Ahora, en muchas parroquias, antes del recorrido se instruye sobre el sentido de la peregrinación, se bendice a los que participan, esto con la finalidad de destacar que el Evangelio abre el camino en la vida y que la Iglesia siempre es convocada y dirigida por Dios en todo momento y circunstancia.

 

Los peregrinos durante su trayecto oran, cantan, conviven, conocen. No se trata sólo de ir a encontrar a Dios, la Virgen o los santos; no es simplemente ir a un lugar donde el peregrino sienta especialmente esa providencia, ya que esa intercesión puede darse en cualquier parte.

 

La peregrinación no concluye al llegar al santuario o meta del recorrido y de participar en los actos litúrgicos o de devoción, firmar el libro de peregrinos, adquirir algunos recuerdos como estampitas, medallas, agua bendita u otros detalles. Se trata de renovar las energías, recobrar el vigor e impulso para llevar y hacer presente a Dios al volver a casa; entusiasmar y alegrar a los miembros de la familia, de la comunidad que no pudieron asistir.

 

Así que debe ser un compromiso serio, no meramente para llamar la atención, o peor aún, hacer una faramalla.

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