TZO.

 

Cuento por Jesús Antonio Várguez Bacab.

Los amigos de Tonich tenían como mascotas perros, gatos y hasta una iguana, pero él tenía como mascota un pavo. Como no podía llamarlo “Nerón”, “Lassie” o “Solovino”, optó por llamarlo “Tzo”, palabra maya que designa al pavo.

Fue amor a primera vista entre el niño y el ave. Recordaba perfectamente el día en que su madre lo llevó a casa.  Estaba en un sabucán y apenas lo pusieron en el piso corrió y se metió bajo los pies de Tonich. El niño quedó fascinado, ni siquiera prestó atención cuando la mamá dijo que era para la cena de navidad.

Eran los primeros días de enero. Por la noche hacía, con una caja de zapatos y papel periódico, una cama para “su” mascota. Por las mañanas, antes de ir a la escuela, hacía bolitas de masa para alimentar a Tzo.

A los tres meses ya pesaba 4 kilos. Y mientras Tonich hacía la tarea en el patio, sentado sobre una piedra y con la espalda apoyada en un árbol, el pavo a su alrededor buscaba bichos y lombrices o hierba tierna. Para protegerlo de los zorros (zarigüeya) le hizo una casa con madera y alambre.

La primavera la disfrutaron ¡intensamente! Cuando las mariposas hicieron su arribo, Tonich las perseguía con una rama. Las que lograba cazar iban al buche de su mascota. Por las tardes, mientras jugaban fútbol, escuchaban el glo,glo,glo del pavo cada vez que gritaban ¡gool!

Un día se armó tremendo alboroto cuando en lo mejor del partido Tzo saltó la albarrada. El ave arremetió contra los niños con las plumas esponjadas y la cola abierta como un abanico. El cloqueo estridente los desafiaba, mientras intentaban patearlos. Cuando pudo calmarse del ataque de risa que le daba ver correr a sus amigos y el pavo detrás de ellos, Tonich cargó a Tzo y lo metió al patio.

Al llegar la época de las lluvias el niño y el pavo se entretenían jugando en los charcos.

Por ser amplio el patio de la casa. Al llegar el tiempo de los papagayos (papalotes), Tonich ocupaba las tardes elevando los suyos hechos de papel de china o bolsas del súper. El material no era tan importante.

Lo cierto es que algunas veces la cometa parecía una estrella más en la recién entrada noche, mientras Tzo dormía en una rama con el moco colgando.

Las vacaciones escolares pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Tzo cada día se veía más gordo. La escobeta le sobresalía de la pechuga más de cinco centímetros, muestra de que ya era un pavo adulto. El plumaje negro tornasol brillaba con destellos metálicos. Su paso era altivo. Tonich estaba orgulloso de su amigo.

El Día de Muertos, mientras el pequeño disfrutaba de una palanqueta y mazapanes, Tzo picoteaba un pedazo de calabaza melada.

Las casas se adornaron con luces de colores, árboles de navidad, Santa Clauses y renos inflables. Las ramadas pasaban pidiendo aguinaldo y los adultos guardaban sus monedas para repartir entre las muchas ramas que pasaban todas las noches.

Tonich, por conveniencia, fingía  que todavía creía en Santa Claus. A sus diez años ya sabía la verdad. De todas formas hizo su carta. Pidió unos patines rojos.

Amaneció el 24 de diciembre. El papá de Tonich lo levantó temprano y le dijo que irían de compras. Al niño le gustaba caminar por el centro de la ciudad. En  esas fechas todo estaba adornado. Antes de salir, fue a saludar a Tzo. El pavo lucía imponente.

Recorrieron tiendas. Admiró todos los juguetes que un niño puede desear. El mar de gente circulando demostraba que ese día era muy especial.

Regresaron pasadas las dos de la tarde. Se sentían fatigados pero eufóricos. Tonich fue corriendo al patio a saludar a Tzo. En un rincón, un montón de plumas era el mudo testigo del destino del pavo.

Son las doce de la noche. La familia de Tonich está reunida para celebrar el nacimiento del Salvador. En sus corazones reina la paz. Sobre la mesa, un delicioso pavo de más de diez kilos es la cena de navidad. Al pie del árbol navideño, unos patines rojos.

Sentado sobre una piedra, con la espalda apoyada en un árbol. Un niño llora a su amigo.

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