ALMA EN PENA.

ALMA EN PENA

Por Sonia Mayllend

Los nietos pasaban las vacaciones de verano en casa de los abuelos. Una de esas noches los chiquillos veían en la televisión de su cuarto una película de terror: “El Regreso de los Zombis”. Uno de los niños dijo haber escuchado un ruido.
–Yo también lo oí –dijo el otro muchachito –pero pensé que era de la misma película.
–No, de verdad que yo creo que fue en la sala, si quieren vamos a ver –terció otro.

Cuando quisieron abrir la puerta, el perro empezó a gruñir y a ladrar y no los dejaba salir de la recámara. Con la pierna lo hicieron a un lado dirigiéndose, lámpara en mano, a la sala, para darse cuenta de que ahí no había nadie.
El perro se paró frente a la cocina ladrando y cuando voltearon vieron a un hombre parado. Vestía pantalón de mezclilla y camisa blanca, todo manchado de sangre sosteniendo en su mano un cuchillo.

Cuando la lámpara alumbró su cara vieron que estaba toda quemada, sin cabello. El ente comenzó a acercase a ellos y de sus gargantas salieron gritos de terror.

Sus abuelitos se levantaron y prendieron la luz.
–¿Qué pasa? ¿Por qué gritan? –y el hombre desapareció.
Como pudieron, porque casi no podían hablar por el susto, tartamudeando contaron lo que habían visto.
Los abuelitos abrazaron a la chiquillada tratando de calmarlos y para infundirles confianza les dijeron que no pasaba nada.
–Anden, vamos a dormir y mañana platicamos de esto. ¡Ah!, y dejen de ver esas películas de miedo, miren cómo los dejan.
–Sí abuelito, pero déjanos dormir en tu cama con ustedes –le dijo el más pequeño.

Por la mañana muy temprano la abuelita se fue a comprar el mandado y una vecina le dio alcance para hablarle sobre el escándalo nocturno.
–Oiga doñita, anoche escuchamos que los niños gritaban mucho y su perro ladraba rete feo y luego aulló más feo todavía. Me asusté mucho porque mi gatita no dejaba de maullar y se metió a mi cama bajo las sábanas y no quería salirse.
Doña Micaela le platicó con pelos y señales lo del susto de sus nietecitos, a lo que la vecina le dijo:
–Tengo algo muy importante que decirle, así que más tarde iré a su casa a tomar un café con galletitas.
Se despidieron con un ademán de mano y cada quien jaló por distinto camino, una al mercado y la otra a su casa.
Por la tarde y ya con la tacita de café frente a ellas, Casilda comenzó:
“Vecina, antes de que ustedes llegaran a esa casa, ahí vivió un matrimonio joven, sin hijos, y se notaba que estaban muy enamorados. Él era fontanero y ella trabajaba en una casa de gente adinerada. Ella era muy bonita y risueña. Todos los días llegaba con mandado y otros víveres y le decía a su marido que su patrona le dejaba que se llevara lo que necesitara para su comida.
“Pero un día él quiso darle la sorpresa de ir a recogerla a su trabajo y al llegar a la esquina vio que su mujer se bajaba de un auto muy lujoso y se despidió de su acompañante con un beso. Se quedó pasmado por la sorpresa y luego echó a correr a su casa para llegar antes que ella.
“Estaba todo sudoroso y rojo de ira. Tomó un cuchillo de la cocina y se fue a sentar al sillón, escondiendo la mano tras su espalda. La joven esposa entró muy sonriente, como siempre y él la saludó:
–¡Hola cariño! ¿Cómo estás?
Y la jovencita, sin percatarse de nada, con su voz cantarina le respondió:
–Cansada pero contenta de llegar a mi casa –se inclinó para darle un beso y él se paró gritando enojado.
–¡Te despediste con un beso del pelado con el que venías ¿y me saludas con otro beso a mí? ¡Eres una descarada!

“Sin pensarlo siquiera, levantó la mano que mantenía tras de sí y le asestó una puñalada en el pecho, justo al centro del corazón, la sangre salió a borbotones y ella murió al instante.
“Al ver que caía y su cabeza golpeó el piso, fue como si despertase para darse cuenta de lo que había hecho.
“Se hincó para tomarla en sus brazos. Le acariciaba el pelo y llorando gritaba: ‘¡perdóname, perdóname, no quise hacerlo!’. Desesperado y vuelto loco, tomó el soplete y comenzó a quemar la casa y con el mismo cuchillo con el que matara a su mujer, él se quitó la vida enterrándoselo en el mismito corazón”.
Doña Casilda se limpió las lágrimas con la punta de su suéter y sorbiendo la nariz atinó apenas a persignarse para continuar.
“¡Ay vecina!, sus gritos eran desgarradores y justo ayer se cumplieron 25 años de esa terrible tragedia. Las otras dos familias que vivieron antes de ustedes también vieron al autoviudo llorando y suplicando perdón y optaron por cambiarse de casa porque dicen que el olor a quemado y a muerte no se quita ni aunque pongan mil flores en la sala”.

Al otro día doña Micaela fue a la iglesia a buscar al padre Gerónimo y le platicó lo que había pasado en la casa y lo que la vecina le dijo. El padre la oyó con mucha atención y le prometió que haría un exorcismo a los 2 días.

El padre Gerónimo fue a ver al Obispo.
–Sr. Obispo, vengo a pedir permiso para realizar un exorcismo, pero antes quisiera confesarme.
–Pase al confesionario y espere ahí
Acuclillándose en su lugar, Gerónimo se santiguó al oír que la ventanita se abría.
–Ave María Purísima.
–Sin pecado concebida.
–Cuéntame tus pecados.
–Confieso que he pecado de pensamiento y obra.
–Te escucho.
–En mi juventud mis padres me dieron buenas escuelas, dinero, viajes, autos, todos los lujos. Nada me faltaba. Entre la servidumbre había una jovencita nueva, la vi simpática y se me ocurrió la idea de enamorarla. Después de todo, mis amigos hacían lo mismo y tenía que presumirles que yo también podía hacerlo.
“Al notar su inocencia, y gracias a mi tenacidad, al cabo de tres meses logré convencerla para que dejara a su marido y viviéramos juntos. La llevé a su casa para que recogiera su maleta, se bajó del auto y me dijo ‘no tardo´. Me dio un beso y me pidió que la esperara.
“Al ver que pasaban los minutos y ella tardaba, me subí al carro y regresé a mi casa. Por la mañana mi padre leía el periódico y le dijo a mi madre Genoveva, ‘¿no es esta muchacha la que trabaja aquí en la casa?’.
“Al escucharlo, un escalofrío recorrió mi espina dorsal y como presintiendo algo malo, casi le arranqué el periódico de las manos y vi la foto de Lucy. ¡Mi Lucy! Me puse pálido, mis piernas se doblaron para caer de rodillas y estrujé contra mi pecho esas hojas… terminé llorando.
“Mis padres no salían de su asombro, pues no comprendían mi actitud y les revelé mi secreto. Conforme hablaba, fue en ese preciso momento que supe que yo la amaba y que jamás volvería a amar a otra mujer.
“Ellos quisieron enviarme al extranjero para que me olvidara de todo, pero la culpa carcomía mi alma. Por ese motivo es que me ordené de sacerdote, pues la religión fue una panacea para mi dolor ya que tengo la certeza de que el sacerdocio es el camino a seguir.
“Señor Obispo, hoy se me presenta la oportunidad de expiar mi pecado de una buena vez, por ello pido su anuencia para realizar el exorcismo. Debo enfrentarlo y hablarle de mi arrepentimiento, pedirle perdón y que reciba la absolución para que descanse en paz y deje de ser ‘un alma en pena’”.

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